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martes, 25 de septiembre de 2012

Redoladas

Los lugares de las redoladas siempre en nuestra tierra, han estado de greña. Aparte de los motes que se han regalado, las bromas, pesadas o suaves, como queramos denominarlas, en muchos lugares son recordadas como de si de una batalla de guerra, se tratara:
Es tradicional la sorna continua que hay entre Tardienta y Almudévar, aunque no sé cómo no la cortan los primeros, ya que siempre salen perdiendo. Será por aquello de la fama de brutos que llevan los segundos. El antiguo campo de fútbol de la Corona de Almudevar, ha presenciado centenares de encuentros, en el sentido más amplio de la palabra, entre los dos pueblos.
Bueno, lo de ese campo, también tenía su gracia. Recuerdo las casetas-vestuarios, con sus carteles respectivos: “Locales”, “visitantes”, “árbitros”. Pues bien, debajo de la palabra “árbitros”, alguien había añadido: “Heridos, 38. Muertos, 14, Desaparecidos, 24”
Este debía ser el primer gol psicológico al juez del encuentro (éste y la cercanía del canal, que se le recordaba muchas veces a lo largo del partido), porque lo cierto es que el Almudévar rara vez perdía en casa por entonces.
A resultas de uno de estos partidos, los de Tardienta llegaron una noche -con alevosía y nocturnidad, como se ve- y derribaron toda la flamante tapia de caña-pita que rodeaba el campo precisamente en vísperas de un encuentro con perspectivas de buena taquilla.
Los “saputos” (Almudevar), tragaron saliva, pero no dijeron nada. Esperaron pacientemente el momento oportuno que, según cuentan, se presentó el día en que iba a jugar en Tardienta, nada menos que la Unión Deportiva Huesca a beneficio de algo o alguien.
Pero el partido no se pudo jugar, después de vendidas las localidades con varios días de anticipación. Los saputos habían devuelto la “nocturnidad” acompañados de cinco tractores y -como suena-, les habían labrado el campo.
Almudebar
Esas bromas inocentes y no tan inocentes con que se obsequian de un pueblo a otro, parece que abundan en casi todo Aragón.
Cada pueblo pone de vuelta y media a sus vecinos resaltando sus defectos, reales o imaginarios. De ahí la cantidad de apodos y coplas con que se obsequian los unos a los otros.Los de Esposa -que no tenían molino- comentaban a propósito de otro pueblo: -“aquella tocina s'ha moríu de asco al ver o molino d'Aisa».
De un pueblecillo del Sobrarbe, me contaban en el pueblo de al lado, que eran tan espabilados, que cuando se recibió un impreso pidiendo datos de población, movimiento demográfico, clima, etc., no habían entendido esta palabra y habían contestado: -“En este Municipio no tenemos clima, pero si es preciso encargaremos uno a Barbastro”
Ellos me lo desmintieron y a su vez me contaron de los otros, que recibieron un oficio anunciando una posible convulsión sísmica y que intentasen localizar el epicentro, a lo que contestaron al cabo de tres días: -“Localizado y detenido Epicentro y nueve sospechosos más”
Más tarde me enteré de que era el mismo secretario el que atendía a los dos pueblos.
A veces los insultos se reparten a pares. El recurso de la rima se aprovecha con muchísima frecuencia para incordiar a los vecinos:
Ontiñena, tripa llena, si no de pan, de arena.
Albalatillo en cada casa un pillo.
Almuniente, buen pueblo, pero mala gente.
No siempre se meten con los habitantes, que muchas veces no tienen la culpa de su geografía, sino con el pueblo con auténtico desprecio del lugar: -“Serraduy, el diaplle s'en fui”. O bien: -“Tella, Tella, iDios me libre de ella!”
Cuanto más vecinos, más pedradas. Me acuerdo ahora de una anécdota ocurrida hace algunos años entre los vecinos de Lascellas y los de Ponzano.
Siempre estaban de picadillo. Y uno de los motivos era, a ver cuál de ellos plantaba un mallo mayor en la plaza del pueblo para la Pascua. Los de Lascellas pusieron uno, capaz de impresionar a cualquiera que no fuera de Ponzano, y además lo pintaron primorosamente.
Tres mocetones de Ponzano se fueron sigilosamente por la noche, se lo arrancaron y se lo llevaron para su pueblo. Luego aún les cantaban: -“El mallito de Lascellas, pintaron de colorete; y en la plaza de Ponzano, se divierten lo mocetes”.
Y aseguran que lo habían advertido, que el día de antes, clavaron en el mallo un papeler que decía en verso: -“Estate quieto, madero, te han de venir a buscar, Mariano, Bosque y Albero”.
Los comentarios duraron años. En Ponzano tienen una fuente muy raquítica y en cambio en Lascellas están la mar de ufanos de su estupenda y abundante fuente. Y esto me obliga a otra digresión, y a perdonar si incomodo.
Resulta que no tenían nada o muy poco de agua, cuando se presentó un buen día un peregrino, con acento francés, a quien acompañaba un perrico. Se trataba nada menos que de San Antonio Abad, que venía entonces de Ponzano. Allí había pedido San Antón de beber, cosa que llevaron muy a mal los vecinos, creyendo que los insultaba por su escasez y lo echaron a cajas destempladas del pueblo.
Llegó a Lascellas y pidió agua y por supuesto le dieron, aunque tenían el mismo problema que en Ponzano. –“Aunque fuera vino”, le dijeron. La fuente empezó entonces a manar con fuerza. El Santo les aseguró:
-En aquel pueblo nunca tendrán agua. Aquí nunca os faltará.
-¿Y cómo lo sabe usted?, le preguntaron.
-¿Veis este animal?
-Sí, un perrico muy majo.
-No es perro, que es un cerdo.
Efectivamente, el perrico se había convertido en tocino y así lo representa por todas estas tierras la iconografía de San Antón.
Con motivo del robo del mallo de Lascellas, las mujeres de Ponzano les decían a sus vecinas:
-“¡Ay, si la fuente se volviera mallo…!”
Y hemos entrado en otro aspecto o capítulo del humor altoaragonés: el del picadillo de pueblo a pueblo…
Otro ratico seguiremos.

 


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