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domingo, 26 de febrero de 2012

¡Como no te protejas!

Siguiendo con el artículo anterior, “Las brujas (protecciones)”, me contó mi abuela que el mismo efecto que la ruda hacía el saúco ("sabuco" decía ella). Bastaba tener una vara en casa para que la bruja no pudiera entrar ni aun de visita.
En casa se escobaba la puerta principal de la casa para alejar a los espíritus. Al entrar y salir de la cocina había que decir "Ave María Purísima". Si a los críos se nos olvidaba se nos decía: "sal a la puerta y vuelve a entrar".
En el cajón de la mesa, al irse a dormir, tenía que haber pan para las almas del Purgatorio.
No era bueno escupir en el fuego, traía mala suerte.
Defienden también de las brujas las cabezas de mochuelo.
También, el colocar una tijera debajo de la almohada y hacer un círculo y clavar un cuchillo en el centro. Recordar lo que comenté sobre la adivinación de las brujas…
Muchas protecciones ¿verdad?
Para saber si estaban las bruxas, naturalmente que se tenían métodos adivinatorios. Os repasaré algunos:
 Parece que hay plantas que experimentan la proximidad de las brujas. Cualquiera cogida en el momento de la media noche del día de San Juan y colgada en la cabecera de la cama o en la buhardilla, cuando una bruja llama a la puerta de una casa o bien entra en ella y por allí se mueve, tal hierba señala su presencia. Se decía que así fueron descubiertas muchas brujas que se ignoraba lo fueran.
 También cuando en el campo se mueven las hierbas sin causa justificada aparente, es indicio de que ven una bruja O conocen que pasa por allí cerca.
 En Chalamera había una mujer con fama de bruja: por ejemplo no podía estar en Misa de Gallo porque se ponía muy mala, En otra casa había una mujer enferma y la bruja fue a visitada. Tenían la Capilleta de la Purísima y ella dijo: "Por visita te valga, que yo no puedo entrar". Y no entró.
 Pero sin protecciones, ocurría lo que ocurría:
 Una señora que actualmente vive en Huesca y que me confió los graves problemas que siempre ha tenido con las brujas fue a ver a un curandero de Monzón y le dio un remedio que ella utiliza profusamente: es poner unos platitos con sal por la casa. La sal se pone en el plato formando una cruz.
 Las casas embrujadas, sin embargo, superabundan en el Alto Aragón. En Bara, casa de Sánchez todos decían que estaba embrujada: la gente estaba en el patio y mientras, arriba, las porgaderas bailaban solas.
 También se movían objetos y además se quemaban cosas en otra casa de Baells hace muy pocos años. No debo decir qué casa.
Me contaba José L., de Fañanás que en Casa Azara, de Arbaniés ("mi abuelo estuvo sirviendo allí, me decía. Un día le desaparecieron unos calcetines blancos de la maleta, sin abrirla")
Protecciones en puertas.
(Foto cedida por Álvaro Larraz)
En Búbal, en casa del Royo, de pronto en la cocina aparecía el tapón de la mejor cuba que tenían en la bodega. El albéitar (veterinario) de Biescas no se lo creyó, pero un día que estaba él también allí, en la cocina aparecieron de repente las herraduras de su yegua (información de Encarnación P., de Hoz).

En Santolaria, en casa del Piquero "se murió la abuela y cuando se hacía de noches trucaban animaladas y al padre y a la madre les esgarrapaban (les arañaban, les escarbaban) en la almada y encendían el candil y no había nadie. Le pusieron nueve judías en un plato en una mesa. Que si hacían nueve misas se paraba de trucar. Hicieron las nueve misas y se quitó todo" (Información de L. A, de Santa Eulalia la Mayor).

En Secastilla, hacia 1945 "en una casa pasaban cosas raras, se oían ruidos, les cambiaban las vajillas de sitio, les echaban las almendras por las escaleras. Se asustaron y se marcharon a vivir a otra casa" (Información señora de Reula).
 En Siétamo decían que estaban embrujadas otras dos casas cuyo nombre no me está permitido decir.
En Ayera fue especialmente famosa hace unos cuarenta años casa Ciria. Hay mucha gente que recuerda las cosas raras que decían que pasaban, por ejemplo que las mulas de la cuadra aparecían aparejadas, con la collera y todo. Se las quitaban y volvían a aparecer igual.
En una casa de Morillo de Monclús se oían ruidos por la falsa. Cuando subían a ver qué ocurría siempre veían un caballo blanco que era como alado. Estaba dando vueltas alrededor de la falsa y no lo podían coger. Lo relacionaban con la muerte.
En Zaidín en una casa la mujer subió al granero a por patatas y bajó asustadísima. Subió el marido y en la pared se veía una sombra que comprendió que era de una bruja y le pegó una cuchillada clavando el cuchillo en la pared. Al día siguiente la bruja amaneció con el brazo herido. (informe de Marisol G).
 "Entre Las Almunias y Pedruel hay una caseta que la llaman "el Palacio". La gente siempre tenía miedo de pasar por allí. Un día mi padre pasó y oyó ruidos en la casa. Tiró para su casa y se acostó. Oía como chemecos abajo. Se levantó a ver qué era y en la puerta de casa había un bicho muy raro que quería entrar por la gatera pero no podía. Luego mi padre se acostó y ya no oyó nada." (información de Nicolás A, de Lecina).
En Tamarite en una casa se oían siempre ruidos extraños tanto por encima del suelo como por debajo del techo y estaban amedrentados. Un día el hombre de la casa clavó un cuchillo en el suelo, justo donde se oían los golpes. La bruja que vivía debajo amaneció herida.
En Chalamera contaban cosas raras que pasaban en una casa. Una noche se fue la mujer a casa de una vecina dejando a una hija pequeña en la cuna y al regresar encontró la cuna con la pequeña en la cuadra, metida entre las vacas sin que a la niña le pasara nada. Otro día, en la artesa de amasar el pan estaba el cedazo encima de las cernederas, cerniendo a todo cerner (separar el grano de la harina), sin que ninguna mano lo moviera. (informe de Pilar Vi…, Chalamera).
"En casa Machemalo de Arén, las luces se encendían solas. Se lo dijeron al cura que bendijo la casa". (informe de Pascual).
Y podríamos multiplicar los ejemplos…

lunes, 13 de febrero de 2012

Las brujas (protecciones)

El día 29 de enero en este blog, (Brujería “Mal de ojo”), había dejado a mi abuela haciendo los últimos exorcismos del día. Era indefectible y todas las noches. Primero retiraba los tizones y catizos hacia atrás, hacia la tizonera; luego apilaba todo el rescoldo -el "calibo"- y lo cubría con ceniza para que se conservara hasta la mañana siguiente, con lo que se ahorraría un misto. Y luego- y aquí está el exorcismo- trazaba una cruz sobre la ceniza en la badileta: es decir, "santiguaba el calibo". Si se temía algo especial (alguna aparición, alguna tronada) dejaba la badila y las tenazas cruzadas encima del rescoldo o bien sólo las tenazas pero abiertas del todo, formando una cruz.
La costumbre de santiguar el fogón también se extendía a otras cosas, sobre todo al pan. Antes de empezar un pan, con la misma punta del cuchillo se trazaba una cruz sobre él.
Esta costumbre, extendidísima por todo Aragón, era hasta proverbial. Recuerdo haber oído en muchos lugares esta expresión: "Era una casa fuerte: se hacían hasta ocho cruces a la semana", es decir se empezaban ocho panes. Era uno de los baremos para medir la riqueza de la casa; eso y "los pares de mulas" que tenían.
El pan, está claro, era sagrado. Si se te caía un trozo al suelo, lo cogías y lo besabas. No se podía dejar boca arriba, es decir con la parte redondeada apoyada sobre la mesa, porque sufría la Virgen.
Pero estaba hablando de la protección contra las brujas. Las ventanas no parecían ser lugar apetecible para ellas. Sólo las vi defender cuando había tormentas con pedrisco. Existía la creencia de que eran las brujas quienes provocaban las tempestades y dirigían los rayos.
Pero estoy comentando las faenas de la abuela y dejaré para otra ocasión las tronadas. Hay mucho que contar de ellas.
Cuando había tormentas también encendíamos las velas de la Candelaria o algunas que hubieran estado ardiendo en el Monumento del Jueves Santo.
Lo que también se protegía a conciencia en las casas era la puerta de entrada. En el pueblo había muchos amuletos por las puertas y todavía pueden verse en la mayoría de los pueblos de la montaña. Lo que pasa es que a veces, la gente no conoce exactamente su papel y creen que están como adornos o como trofeos de caza.
"Gardincha" en una casa de Guaso (Sobrarbe)
Foto cedida por Carlos Ibán
Los más abundantes son una pata de jabalí o de crapa clavada en la madera. En otras prefieren colgar una garra de ave rapaz -águila, búho, azor, gavilán, etc.
Por supuesto, también se coloca una herradura. Dicen que la herradura defiende muy bien porque un herrero engañó al Diablo.
En algunas puertas se pueden ver unas flores de gardinchas (cardos), imagen muy clara del sol, que se opone fuertemente a la brujería.
Aunque el más curioso amuleto que podréis observar son unas mazorcas de maíz colgadas en la puerta. Cuando la bruja llega a la casa, antes de entrar en ella tiene que contar todos los granos de las panochas.
Eso es complicadísimo y más siendo de noche. La bruja se equivoca, se pone nerviosa, pierde la cuenta y tiene que volver a empezar... al final se aburre, se desespera y se marcha a otra casa.
Esto de contar y liarse lo encontramos también en el sur de Francia, en el valle de Aspe. Para defender al niño recién nacido lo acostaban en un cedazo y la bruja debía contar nueve veces los agujeros del cedazo. No lo conseguía jamás antes del canto del gallo que la hacía huir.
Otras "esconjuraciones" curiosas que he podido recoger:
En Fraga, para proteger la casa colocan nueve piedras en forma de cruz dentro de un cubo con agua, en la puerta de la casa.
Antiguamente se ponían velas encendidas cabeza abajo. Para la gente esto les suponía tranquilidad respecto a las brujas y sus conjuros.
Para sacar el mal y las brujas de la casa, se tenía que brasear en una cazuela de barro, ruda, lavanda o romero. Todas estas hierbas se tenían que recoger al amanecer o al anochecer. Cuando las plantas ya estaban braseadas se tenía que ir por la casa andando hacia atrás. De esta manera las brujas no actuaban.
Se frotaban los gatos que se consideraban brujos con sal para sacarles los malos espíritus. Se ponía sal debajo de la cama para sacar de allí a las brujas. Todos estos remedios están documentados en Escuer.
No eran ésas las únicas defensas de la casa. Una ramita de ruda era además un remedio fabuloso. Ya lo dice el refrán, "con aceite y ruda, no entrarás mala bruja".
¿Porqué tantas protecciones? Os contaré otro día lo que ocurría si no se hacían. Entramos en unos temas, en los que alguno se asuste, pero, amigos son nuestras tradiciones y me propongo pasaros lo que tengo recogido.

sábado, 4 de febrero de 2012

Cinco de febrero: Un día de “Aguedetas”

Me sorprendieron las palabras de mi madre:
-Mañana es Santa Águeda y mandamos las mujeres. Tú y tu padre os tenéis que encargar de la casa.
-¿Y que hacéis vosotras mañana?
-Mandar. No hacemos nada. Divertirnos y no trabajar, lo que hacen los hombres todos los días del año.
Por la mañana cuando me levanté, baje a la cocina, sabiendo que nadie me prepararía el desayuno. Seguro que las mujeres seguían durmiendo. Pero no. Habían marchado a la iglesia, al campanario y ahora estaban bandeando las campanas anunciando la fiesta.
Me extrañó porque se habían acostado muy tarde –y algunas ni siquiera eso- porque se habían quedado horas y horas junto a la hoguera, cantando y bebiendo, supongo, porque allí no permitieron que se acercara ningún varón.
Si hubiera habido alguno, despistado o temerario, lo habrían cogido ellas por su cuenta y lo habrían desnudado para “contarle las viejas”, verdadera humillación para cualquier hombre o muchacho.
El contar las viejas, consistía en coger al hombre que se acercara, bajarle los pantalones y darle fuertes tirones en su miembro entre todas, y como decía algún abuelo: -“Te la dejaban inservible para una buena temporada”.
A mí, desde luego, no se me ocurrió, ni de lejos, acercarme por allí. Había escuchado que en algún lugar, hasta los embadurnaban de azulete para que todo el mundo supiese que lo habían cogido.
Algún atrevido, desde una distancia prudencial y confiando en su agilidad, te contaba que muchas de ellas se vestían de hombre, y hasta fumaban, en medio de las risas de todas las demás.
Se ve que había un verdadero desmadre y todo les estaba permitido ese día.
Por la mañana, después de tocar las campanas habían acudido al ayuntamiento. Allí las esperaba el alcalde que entregaba su vara de mando a la mujer que habían elegido como alcaldesa y que inmediatamente ordenaba que se proclamara un bando por todas las esquinas del lugar, prohibiendo a los hombres salir de casa ni asomarse a las ventanas hasta que no hubieran fregado, escobado, hecho las camas y atendido a los niños, todas las faenas que normalmente ellas hacían.
En la misa ellas fueron las que hicieron de monaguillo, cosa inimaginable en aquellos tiempos.
Luego no faltaría la procesión, que por ejemplo en Escatrón se llamaban “procesión de los panes benditos”. En todas ellas solo participaban mujeres, vestidas de fiesta y con un pan en la cabeza.
Escatrón "Procesión de los panes benditos"
(Fondo documental Rivera baja)
Yo creía que se irían a comer todas juntas, porque vi a los hombres haciendo la comida, pero no. Cada una se fue a su casa. Nunca se sentaban a la mesa pero ese día sí y fueron los hombres los que las sirvieron. Y mientras ellos se disponían a fregar la vajilla después del postre, ellas marcharon al bar donde se reunieron para charrar y echar su partida de guiñote. Si se acercaba algún hombre que ya había acabado con sus tareas domésticas, eran las mujeres las que le invitaban.
Después seguía la juerga con carreras de mujeres, merienda y baile. La carrera nos divertía mucho, pues todas corrían con un cántaro en la cabeza.
Recuerdo también “la tamborrada”, con un bombo que siempre llevaba la moza más aguerrida. Iban por todo el pueblo y lo ponían patas arriba. Aquí si que les acompañaban dos zagales, uno a cada lado, que llevaban parches de recambio por si se rompía alguno. Ellos no podían tocarlo. Si lo hacían los apaleaban sin piedad. Y esto lo recuerdo muy bien, porque yo parece que siempre estaba en la lista.
Luego venía la chocolatada que no faltaba en ningún sitio ese día, naturalmente con tortas especiales de ese día. La confianza que tenían en los hombres pronto se comprobaba, pues las tortas era lo único que ese día hacían las mujeres.
Recuerdo de mi yaya, una cantinela que muchas veces recitaba:
“O chicolate sobrebuén, ta que faga goyo, cuatro cosas sigua estar: expeso, dulze, calién, i de mans de muller”.
“El chocolate excelente, para que cause placer, cuatro cosas debe ser, espeso, dulce, caliente y de manos de mujer”.
Luego en el baile, eran las mujeres las que sacaban a bailar a los hombres. ¡Qué sufrir con los pizcos!
 Las mujeres acercaban a sus bailadores a las paredes, donde las abuelas se que se sentaban pegadas a ellas los pellizcaban en salva sean las partes, o lo que era peor, les clavaban unas agujas grandes…
A mi me encantaba esa fiesta tan merecida, pero me daba mucha pena pensar que al día siguiente todo volvería a la normalidad y las pobres mujeres retornarían a su pesado trabajo diario.

miércoles, 1 de febrero de 2012

La Candelera (Hogueras de mujeres)

El día dos de febrero era un importante momento de celebración para algunos pueblos de la antigüedad, asentados en territorios que comprendían, entre otros, el después llamado Aragón.
 Febrero es el momento en el que el sol comienza de nuevo a recuperar su fuerza para calentar la tierra, los días se van haciendo más largos, las semillas germinan en el interior de la tierra y las ovejas están ya en condiciones para la lactancia de los futuros cordericos.
Es el mes en el que despierta la fertilidad en la Naturaleza, preparándose para su explosión en la primavera. Y para hacerlo sagrado había una diosa, la diosa madre por excelencia, la Tierra, protegía a las mujeres jóvenes y a los rebaños, importantísimos para las sociedades ganaderas y transhumantes, y se simbolizaba con una antorcha encendida.
El fuego sagrado era una llamada al sol, para que después del período invernal, calentara con fuerza la tierra. Era también protectora de los bardos y sanadora, y a ella se consagraban los pozos sagrados. La fiesta se celebraba encendiendo hogueras en colinas y pueyos, se fabricaban cirios con grasa de animales y los hombres de las aldeas hacían con paja unas muñecas que luego ofrecían a las mujeres. Estas las introducían en las casas y acostaban las figuras en canastos de paja al lado del fuego del hogar.
Para los pueblos de nuestra tierra, la fiesta era en honor de los espíritus de todas las mujeres antepasadas de cada familia. En esta fiesta, en las casas se encendían todas las luces y se prendían multitud de velas. Las almas de las mujeres regresaban entonces del mundo de los muertos para proteger a sus familias vivas y asegurar la continuidad de la estirpe.
El mes de febrero, lo definían como: “el curto y fiero, el que mató a su padre en el podadero y a su madre en el lavadero”.
Aunque en los lugares la situación del tiempo era mucho más extrema, manifestándose en copiosas nevadas y el clima era mucho más frío, el aragonés había adquirido un conocimiento certero y esperanzador, observando  que estos días el sol se fortalecía gradualmente y el invierno, a pesar de su dureza en este mes, ya tenía signos de terminar.
Febrero, el curto y fiero...
“Pa la Candelera la mayor nevera, pa san Blas un palmo más, pa santa Aguedeta hasta la bragueta y pa san Vicente hasta la frente”
Todas estas festividades de comienzo de febrero resultaban claves en la vieja mentalidad del campesino pirenaico, pues el comienzo del mes era un periodo sagrado en los ciclos reproductores.
En este tiempo la naturaleza se desaletargaba, comenzaba a moverse y apocaba al terrible invierno.
La flora y la fauna, se iban desperezando, como decía un refrán muy explicativo:
“Pa santa Aguedeta todos los bichos del monte levantan la cabeza”.
Con las hogueras y luminarias de la Candelaria, se vencía, la pertinaz tiniebla invernal. Este día se bendecían las velas y en cada casa se hacía acopio de ellas pues tenían muchas propiedades maravillosas. Especialmente servían para preservar a las personas, las fincas y las casas de pedregadas. Estas pues se usaban para alejar las tronadas peligrosas, colocándolas junto a imágenes de devoción familiar, y en las ventanas que estaban orientadas hacia donde “bruía” bramaba la tempestad.
También en este día se recogía bruxeta, ramas de boj, y se colocaban en el centro de los campos para proteger la próxima cosecha.
Brigida el día 1, Candelera el día 2 y la Águeda el 5, era una célebre triada de advocaciones femeninas, mujeres mitológicas desposadas con la cercana plenitud de la primavera. Las mujeres aragonesas celebraban las tres fiestas que remataban con la fiesta que más ha conservado la tradición como es Santa Águeda.
El día que mandan las mujeres. Sería el título que colocaría para estos dos días en que vamos a celebrar esta fiesta. Pero no me gusta. Las mujeres mandan siempre. A lo mejor es algo que colea de un tiempo muy lejano de matriarcado, pero no está la cosa muy clara. Tendríamos que saber interpretar correctamente algunas reliquias que nos quedan y necesitaríamos mucho tiempo para ello. Y además yo no soy historiador. Se lo dejo a ellos.
En primer lugar, el rito de la cobada. Porque esta práctica, que conocen nuestros abuelos del pirineo, se la atribuyen al otro lado de la frontera, al Bearne, vas al Bearne y también la conocen pero se la adjudican a los vascos. Los vascos aseguran que eran los navarros y éstos que los aragoneses. No hay quien se aclare y es que nadie quiere reconocer la cobada como suya.
Y no es para menos. Consistía en que al dar a luz una mujer, inmediatamente, tenía que continuar las faenas habituales de la casa como si nada hubiera alterado su vida. En cambio, era el marido quien se metía en la cama. A él se le prestaban todos los cuidados, se le llevaba el caldico, se le mimaba como si hubiera sido él el que hubiera parido.
Los etnólogos han querido ver con esta costumbre un rasgo de matriarcado con el que el hombre adquiría protagonismo y se desquitaba del poder femenino.
Pero hay más. En las casas montañesas, de puertas afuera, era el hombre el amo de la casa: el que firmaba los papeles ante la compra o venta de una finca, la trasacción de una mula, el trato de un ganado. Sí, él firmaba porque era el jefe de la familia. Pero todo el mundo sabía que, en realidad, quien decidía todas esas operaciones era la mujer que, eso sí. Permanecía astutamente en la penumbra.
La mujer era la que desempeñaba también el papel sacerdotal en la familia. Era la que dirigía el rosario familiar, la que organizaba el cabo de año de un difunto, la que hacía las ofrendas, la que se preocupaba de colocar todas las protecciones para evitar que espíritus malignos pudieran hacer daño tanto a la casa como a sus habitantes.
Con estos datos habría que examinar el día de Santa Águeda. ¿Se trata de buscar la liberación de la mujer? ¿O ha quedado como reminiscencia de que en un tiempo pasado era ella la que mandaba?


domingo, 29 de enero de 2012

Brujería “mal de ojo”

Os contaba el día 8 de diciembre en este blog “Continuamos con el parto (El mal de ojo)”, que a un recién nacido, había que protegerlo del “mal de ojo”. Se le colocaban “evangelios”, “detentes”, “escapularios”, para defenderlos contra ese mal.
Se tenía mucho cuidado de defenderlos, de las personas con ojos claros.
Todavía existe la creencia de que las personas con los ojos claros son más propensas para ejercer este mal de ojo. La explicación de esta idea hay que remontarla a tiempos muy antiguos de la civilización islámica, concretamente a la época de las Cruzadas. Los árabes pensaron muchas veces que los ojos azules de los hombres del norte de Europa que integraban las Cruzadas tenían un notorio poder maligno.
 Entre las enfermedades populares en nuestros antiguos aragoneses, sobresale el mal de ojo que siempre fue la "enfermedad cultural" más relevante dentro de nuestras tradiciones. Podían causarlo las personas que tenían "fuerza de vista" y era debido principalmente a una mirada de envidia -una mala envidia- que causaba la enfermedad.
 Siempre comentaban y cuidaban mucho el que personas que señalaran y mantuvieran la mirada en el chico recién nacido, con exclamaciones de “es un chico precioso”, había que desconfiar. Podía  haber envidia y entonces lo fascinaban.
Pero ya comentamos, que también se puede dar mal de ojo a los mayores.
En Tamarite dicen que había una mujer muy guapa. Y empezaron a decir que había robado y la querían hacer perder. No sé qué embrujos le dijeron que la pobre empezó a consumirse.
Pero a los animales y las cosas, ¿cómo lo pueden hacer?
Espantabruxas
Pues de la misma manera. Un montañés de Sahún contaba que en su pueblo llegó un señor a su casa a vender un cerdo. Su madre no se lo quería comprar porque en su casa eran bruxones. Pero se fue a buscarlo y se lo trajo. Tenían una cerda con siete crías y se murieron todas y la cerda ya no pudo criar más.
Su padre le pidió a un amigo que le trajese un cerdo padre de la feria de Castejón y le contó lo que le había pasado. El se lo trajo y le dijo: "Mira, cuando venga el mosen, que le eche el responso a la cerda". Un día que pasaba el cura por allí le pidieron que le echase el responso a la cerda. Se lo echó y ya no volvió a pasar más. Me lo contaron en casa Castán.
 Pero os puedo pasar más ejemplos:
En Alberuela de Laliena una vieja pordiosera llegó a casa de (omito el nombre) y les pidió que la dejaran dormir en la cuadra. Una mula se le comió el pan que llevaba. Ella dijo: "la tengo que matar". Y la mula se murió en dos días. Contado por mi informador Joaquín X, de Alberuela de Laliena.

Hace muchos años oí en la plaza de un pueblo de Sobrarbe que no nombraré, grandes gritos y acudí a ver qué ocurría. Había una vaca muerta en el suelo y junto a ella, un hombre gritaba:" iYa sé cuála ye a mala bruxa que me l´ha matau y l'en de fer pagar!" Después me enteré que la mujer a la que decían bruxa, era familia mía.

Escuché a una familia, convencida de lo que decía: "hace bastantes años fueron embrujados todos los animales de su casa; cerdos, cabras, bueyes y burros se negaron a comer y comenzaron a dar vueltas y vueltas, muriendo algunos de ellos. Se atribuyó a un embrujamiento".
 Y puedo contaros otros casos más como el de un pueblo, cerca de Sabiñánigo: Una bruja se casó y pasó por varias casas del pueblo para invitarlos. En una casa no quisieron abrirle y aquella tarde se murieron todas las vacas.

Ángel x, de Casa Castro, de Huerto me contaba que en su casa sólo podían tener tres mulas. En cuanto tenían cuatro, la bruja les mataba una. Lo escuchó contar muchas veces a su padre.
 Insistiendo sobre la envidia y mala voluntad, valga también este comentario que también tengo recogido en su momento:
"En San Esteban de Litera se morían las caballerías de una forma extraña y en algunos lugares los objetos cambiaban de lugar o se mutaban por otros. Todos estos hechos sucedían en épocas determinadas: Cuando existían enfrentamientos entre familias era uno de esos momentos".
Un sacerdote amigo mío me comentaba que los Redorta, de Oriñena también han vivido la experiencia de la brujería. Se les morían las vacas y lo atribuían a un "maldau".
El les dijo que fueran al veterinario pues le pidieron la bendición o el exorcismo.
 Colungo lleva fama de ser uno de los pueblos con mayor historia popular de brujas. Un médico que ejerció allí me contó que un día le llamaron de una casa porque a un bebé recién nacido le había salido un eczema en una oreja y según decían era porque la bruja le había tocado en ella. Actualmente dicen que hay una bruxa y un bruxón en el pueblo y la gente les tiene miedo.
Y casos y casos…

Con los ejemplos que expongo, y muchos más que podría contaros, en nuestras casas se colocaban remedios para la protección de la misma y defensa de los moradores. De esa forma se trataba de evitar que ni el mal de ojo,  embrujamientos, ni malas artes pudieran hacer nada en el interior de ella.
Distintos espantabruxas
Cuando por la noche en casa nos íbamos a dormir, comenzaba el trabajo de la abuela.
Abajo había quedado la abuela recogiendo la cocina con mamá y dando los últimos toques a los conjuros.
No es que los hiciera por que hubiera algún peligro, sino que ya era costumbre en casa, y supongo que en todas las casas por aquel entonces.
Muchas veces agradezco haber nacido en unos tiempos en los que pude ser testigo de muchas de las cosas que os cuento.
Como el símbolo de la familia era el hogar, allí se centraba el ritual. Muchas veces he pensado en cosas que viví entonces y que a fuerza de corrientes ya no me llamaban la atención. Por ejemplo el cremallo. En Aragón llamamos cremallos, a los llares, a esa cadena de gruesos eslabones que cuelga de una viga empotrada en la chimenea y en la que se cuelgan los calderos.
En nuestra mitología tenía su importancia. Representaba el condumio diario, tanto de personas como de animales y todos dependíamos de los cremallos.
Nada tiene que extrañar que en las ceremonias de agregación de los animales domésticos tuvieran su papel. En casa, si nos regalaban un gato lo primero que hacía mi abuela era darle una vuelta alrededor del cremallo. En el valle de Plan al gato le untaban las uñas con aceite y luego se las restregaban contra los eslabones. Estos eran sólidos y estables, capaces de aguantar pesos inmensos.
En Puyarruego al gato le daban tres vueltas alrededor del cremallo en vez de una En Ansó y por el Sobrarbe, -es donde lo tengo recogido-, cuando se compra un cerdo o una caballería en vez de hacerlo entrar en casa de cara, lo hacen entrar de espaldas y dicen que esto evita desgracias. En Laspaules, a los gatos y polluelos, para que no se marchen de casa les hacen dar nueve vueltas alrededor del cremallo diciendo:
"De casa te irás, a casa volverás"
En la Almunia de San Juan eran más drásticos. Cuando por primera vez llegaba el gato a casa, como rito de agregación se le despuntaba la cola y ya nunca se iba. Como si sintiera que algo suyo quedaba allí. Se hacía a la entrada de la casa.
En Esplús, para familiarizar al perro se ponen un trozo de pan en el sobaco y se lo dan al perro. Si se lo come te seguirá a todas partes.
Pero estaba hablando del cremallo. Eslabones fuertes, pues tenía que aguantar grandes pesos. Esa misma estabilidad estaba reñida con cualquier balanceo. Si al descolgar un caldero el cremallo quedaba balanceándose, inmediatamente se lo detenía. Así se evitaba -entre otras cosas- que las ovejas se volvieran modorras. En la brujería tenían su importancia, como diré en otro momento, ya que la entrada favorita de la bruja parecía ser la chimenea, como también era su salida después de untarse con el ungüento.
Naturalmente, la chimenea y el hogar se defendían de modo especial contra las brujas. Empezando por arriba y terminando por el fogaril.
En lo alto de la chimenea, puede verse todavía en muchos pueblos una especie de cruz. En realidad no se trata de cruces sino de unos moñacos bastante feos, con los brazos abiertos como quien quiere impedir el paso: son los “espantabruxas”. Abundan en el Alto Aragón. Quien quiera verlos, preciosos y variados, que vaya a nuestro pirineo.
Otras veces no son al estilo de cruces, sino de bolas redondas. Que tampoco son bolas sino cabezas, también feísimas por lo regular. Y en la zona de la Sierra de Guara -ahora estoy pensando en Lecina- solían colocar como espantabruxas, cántaros o vasijas similares de alfarería, sin duda por el papel purificador que de siempre ha simbolizado el agua.
Ya dentro de la casa, en la campana de la chimenea se colocaba el "motilón" o "motilonot". Era un muñeco de barro sin cocer, de fabricación casera, tal vez un trasunto de los dioses lares, que defendía la entrada de las brujas en sitio tan peligroso.
He dicho que había dejado a mi abuela haciendo los últimos exorcismos del día. Me he parado en el cremallo, y sin comenzar la faena…
Pero tiene mucho trabajo todavía… y otro día seguiremos observando su faena…



domingo, 22 de enero de 2012

Día de matacía

No sé, pero en el mes de enero me vienen los recuerdos de mi niñez con bastante claridad. Cuando hoy las matacías están desaparecidas, y los mataderos son los encargados de hacerlas, se perdió una de las tradiciones que significaba el sustento de todo un año para una casa aragonesa.
De mis memorias:
A todo cerdo le llega su San Antón, dice nuestro refrán y también a aquél. Lo recuerdo perfectamente, aunque la matacía no fue el día de ningún santo “capuchón”. Para nuestras gentes los santos capuchones de enero son los que traen el agua y vienen todos seguidos: San Antón, San Babil, San Pablo y San Sebastián. Por el Sobrarbe y La litera, existía la semana “ d’os barbudos” y dentro de ella caen San Mauro, la Conversión de San Pablo y San Antonio Abad y se creía que los niños que nacían en esa semana serían muy peludos.
El tocino era enorme y pesaría sus buenas doce arrobas. Ya se notaba que era de dos agostos. La arroba aragonesa equivalía a algo más de doce kilos y medio. En Huesca, concretamente, 12,636 kg. Al hablar del peso de los cerdos, todavía se sigue pesando en arrobas.
Todo se había hecho como Dios manda desde que lo trajeron a casa. Por supuesto, lo habíamos metido en la pocilga marcha atrás, tapándole la cabeza con un capazo y tirando del rabo, aun sin saber que estábamos cumpliendo con ello un curiosísimo rito de agregación: el tocino tendría que salir bueno. Como era macho, tampoco había preocupación, pues ya se sabe que con una tocina hay que tener mucho más cuidado de si está “berroda”, es decir en celo, o no, porque si se mata en esas condiciones no sale buena, aunque también es verdad que para que dejara de estar en celo bastaba con echarle unos perdigones en la comida.
Desde mucho antes de amanecer, ya había trajín por toda la casa. Las mujeres habían cocido el arroz para el mondongo y estaban calentando el agua para escaldar. Los hombres habían limpiado el “bazión” y comprobaban que todo estaba a punto, la cazoleta, la “garroneta”, los “pozales”… El gancho y los cuchillos ya los traería el matachín que debía estar a punto de llegar. Los críos, como era nuestra obligación, estorbábamos en todas partes, bulliciosos y emocionados. Disputábamos sobre quién se llevaría la vejiga (la “bichiga”) decíamos nosotros en aragonés y, para jugar con ella a modo de pelotón. Ya habíamos convencido a la abuela de que no se la reservara para guardar manteca y como no hacíamos como los de Lanaja que la guardan hinchada hasta Navidad para reventarla en la misa de gallo al alzar a Dios, nos prometíamos disfrutarla de inmediato.
Por fin llegó el tío Anselmo, de casa Cacho, que hacía de matachín. Ahora se matan los cerdos utilizando hasta el hidráulico del tractor para colgar de una pata y cabeza abajo al animal y degollarlo sin más, Con dos hombres basta para matarlo. Entonces, no. Aquel día en casa, además de papá, el abuelo y el matarife, había dos hombres más, que no recuerdo quiénes eran pero que tenían mucha fuerza o al menos a mí me lo parecía.
El abuelo abrió la puerta de la zolle y le enseñaba al cochino una remolacha, mientras que el matachín se escondía detrás y ocultaba el gancho a su espalda. El tocino, que no sé si se sospechaba algo, tardó en asomar. Lo hizo con timidez y volviendo sus ojillos a todas partes.
Cuando tenía medio cuerpo fuera y al levantar la cabeza en busca de la remolacha que el abuelo mantenía en alto, el matarife le clavó en la garganta el gancho y empezó a tirar fuerte de él. En seguida otros dos hombres le agarraron uno de cada oreja y en cuanto hubo salido, los otros dos lo empujaron con fuerza hacia el corral.
A nosotros nos impresionaban los gruñidos lastimeros del bicho y, sobre todo, la sangre. La vacía estaba vuelta hacia abajo y allí arrastraron al cerdo acostándolo encima bien sujeto entre todos. Nosotros, en nuestro afán de ayudar lo cogíamos por el rabo. El matachín le dio un corte certero en la yugular y la sangre comenzó a salir a chorro. Dos mujeres, que habían arrimado los pozales la recogían para hacer el mondongo.
El animal se revolvía inútilmente entre sus verdugos y por fin dejó de garrear: estaba muerto. Inmediatamente dieron vuelta a la vacía, lo capuzaron dentro y le iban echando el agua hirviendo por encima y con las cazoletas le afeitaban todo el cuerpo, llevándose tiras de piel.
Los críos no perdíamos detalle impresionados por la exactitud de los cortes que daba el matarife, que debía saber lo suyo de anatomía. Como estaba previsto, a Chuaquiné, que era la primera vez que veía matar, le gastaron la broma de la sal. Le pidieron que trajese un puñado de sal y la pusiese con cuidado en el culo del cerdo, y cuando lo estaba haciendo, con un empujón en la nuca lo amorraron contra él.
Con la garroneta, un palo de boj, que metieron entre las rajas que abrió el matachín en las patas traseras, junto al tendón de los pies, hicieron como una percha y lo izaron hasta dejado colgado de una viga. Allí lo abrieron en canal y empezaron a troceado.
En cestas cubiertas de trapos blanquísimos iban las mujeres recogiendo todos los tajos y desaparecían con ellos hacia la cocina en la que ardía un hermoso fuego. También en el corral se había encendido una fogata y alguien puso a la brasa la cola y la barrena, los primeros bocados que se comían los hombres ayudados con el porrón.
Las mujeres, por su parte, en la cocina, se comían la mejor pizca del animal, ésa que por la montaña llamamos "marido non beigas" y también ellas se liquidaban el bocado de la "labadera", aunque repartieron para todos un trocico de la pizca de la "moza" y guardaron el resto para longaniza.
El "marido non beigas" para algunos es el solomillo, para otros, una chuletica de junto a la rabadilla. En Monzón le dicen "marido no comas". La "pizca de la moza" está entre los dos lomos y las costillas, junto a la nuca del animal. Lleva fama de ser la mejor. La "labadera" sale entre los intestinos aunque no pertenece a ellos. No es el páncreas, que le decimos "mielsa". No he podido identificada: me dicen que "es blanquecina y se parece a las “garandoletas” o lechecillas", que nosotros llamamos "mollejas". Al intestino cular lo llaman por la Alta Ribagorza "el bispe" (el obispo) así como al delgado le dicen "la casera". En la Sotonera con el intestino cular hacen el "morcillón" y se celebra una pequeña fiesta familiar para comérselo. En la zona que linda con la provincia de Zaragoza lo llaman "morcón".
Acabado de trocear el tocino, y una vez que todos habíamos almorzado, las mujeres comenzaron a mondonguear…

domingo, 15 de enero de 2012

San Antón

Comienza el año con el espíritu festivo caracterizado por las matacías, las romerías, las hogueras, las esquilladas y cencerros; fiestas, tradiciones y manifestaciones populares en las que participan vecinos y vecinas de todas las edades y que culmina con la celebración del Carnaval. San Antón convierte la noche del 16 al 17 de enero en una fiesta de hogueras y trucos que salpican numerosas localidades de Aragón.
Quizás la celebración más diferente sea la del valle de Chistau (Pirineo aragonés), donde los jóvenes despiertan a todo el valle con el estruendoso sonar de trucos y esquillas.
Esta peculiar tradición, conocida como “Os trucos de la Bal d´Chistau”, rescatada en los últimos años, cuenta con la participación de alrededor de un centenar de habitantes de las localidades del valle. Los "trucos" o esquillas, simbolizaban antiguamente el poderío de los ganaderos del valle, distinguiéndose la importancia de la cabaña por la intensidad del ruido de los trucos. Al dejar de practicarse la trashumancia y trasladar el ganado en camiones desapareció el sonido de los "trucos" hasta hace pocos años, en que se decidió recuperar la fiestas. Debido a la gran acogida que tuvo se volvieron a desempolvar los cuartizos, las esquilas y todo tipo de cencerros para despertar el sonido que indicaba la llegada del ganado desde la "tierra baja". La fiesta se traslada de un pueblo otro hasta recorrer todo el valle.
Bal d´Chistau (Sobrarbe)
Los zagales de Saravillo, Gistaín, San Juan de Plan, Plan, Sin, Tella y Serveto recorren los montes de la redolada, sumando, en cada una de las localidades del valle, nuevos "trucos" a la comitiva, produciendo fuerte ruido con las esquillas y trucos cuyo sonido, según cuenta la tradición, servirá para ahuyentar a los malos espíritus.
En mi lugar, la fiesta empezaba la víspera por la noche, con las hogueras. ¡Qué de trajín preparando las hogueras!
Se solían encender una en cada plaza.
Los del barrio alto éramos más y por eso nuestra hoguera sería más grande. Era de las cosas que nos llenaba de orgullo a los “barrioalteros”.
En mi pueblo, la gente iba amontonando leña y más leña para prepararla. Toda la madera era buena. Bueno, toda, no, porque por ejemplo no se quemarían “buchas”. El boj seco se ha quedado así porque ha sido picado por una víbora. Si se quema su humo puede ser letal para quien lo respire.
Mi tío no estaba de acuerdo con esa creencia. Y no tenía ningún empacho en utilizar “luceros” para alumbrarse. En el pueblo, cuando por casualidad había un incendio en el “buchicar”, quedaban los matojos de boj en una semicombustión. Las ramicas negras y socarradas eran los luceros y daban una luz vivísima. ¡Cuántas veces se encendían en casa para ver si hervían las judías en el puchero! Y si caía en ellas un carboncillo del boj, decían que luego sabían mejor.
En invierno, todas las casas tenían abundante leña. Suministrarse de ellas era una de las tareas del labrador en una época que no requería grandes labores en el campo. Su tarea era sacar piedras de las tierras de labor. Por supuesto a mano. Las cargaban en los esportones y las apilaban en las márgenes. Otra faena era limpiar las acequias del “buro” y maleza que las iba cegando. Otra, hacer “fencejos” de esparto que luego se necesitarían en el verano. Uno en el campo siempre tiene algo que hacer.
Pero lo más importante era recoger leña: de la poda de las almendreras, los “fajuelos” o sarmientos secos de las viñas, los “raigones” de las carrascas que sacaban a pico, los pinos secos, las aliagas...
Todo, o casi todo, era bueno para quemar y se acarreaba al corral. Allí se colocaba en fajos sobre la tapia, formando el “recautillo”, o bien en la “jarmentera” (leñera), una especie de hórreo sobre pilares en el que se almacenaba toda la leña y debajo de la cual se ponía el ganado.
La gente del campo sabe mucho de árboles. Yo nunca imaginé, por ejemplo, el sexo de los árboles: hay dos clases de pinos: el pino negro, al que, curiosamente, llaman masto y el pino royo, al que consideran hembra. No he podido saber por qué. Quizás por la forma. Tal vez por la abundancia de piñas. No lo sé. Nadie lo sabía en el pueblo pero así lo han dicho desde siempre. Las hembras tienen menos “escorcha”, o sea corteza. La escorcha la usábamos los niños para hacemos barquicos y las gentes mayores la desmenuzaban y su polvillo era bueno para cicatrizar heridas.
En el pueblo decían que el ciprés es el árbol de la muerte. En los cementerios cuentas las piñas redondas que llevan y se puede saber el número de muertos enterrados a sus pies.
La sombra de la higuera es maléfica. Pero la peor es la de la noguera. En cambio, la sombra del pino es benéfica, lo mismo que la del roble.
Algunos árboles aparecen benditos. La Virgen de Pineta se apareció sobre un pino; la Virgen del Romeral, en Puy de Cinca, se apareció a una pastora sobre un romero; la de Arcos -de Costeán-, en una encina; la del Pueyo de Barbastro, sobre un almendro.
Leñera de "Casa Cavero" Mediano (Sobrarbe)
Todavía se decían más cosas de plantas. El helecho, que aquí le decimos “feleguera”, trae buena suerte, por eso las chicas dormían con un ramico en la cabecera de la cama y los hombres, cuando salían de viaje o acudían a las ferias, se metían una rameta en el bolsillo, lo que evitaba que les robasen por el camino o les engañasen en la feria.

En la “gabardera” o “gabarrera”, que es el rosal silvestre, nunca cae un rayo: jamás se ha dado el caso, y ni siquiera en el árbol que esté pegado a él.
Yo le daba vueltas en la cabeza a la cantidad de cosas que saben en los pueblos. Al conocimiento que tienen de la naturaleza. Uno de la ciudad dice “un árbol", "un pájaro"…
El hombre del campo, no: dice un olmo, un nogal, una sabina. Nunca "un árbol"; o bien una cardelina, un lucano, un esparbel..., todos están individualizados, porque los conocen desde muy lejos. Y luego, la aplicación práctica que saca de todo. Más de un vez me habían llamado la atención las tejas de madera. Hasta se las había visto fabricar al señor Donato. No es que fuera su oficio. Bueno, sí: era uno de los muchísimos oficios que conoce un pastor.
Se trataba de unas tablillas de madera que suplían las losas de pizarra o las de piedra que pesaban demasiado y podían a la larga escachar el tejado. Él las llamaba “rechas”.
Mientras las fabricaba me iba explicando:
"Se cortan a ceprén con el cutre, que es esta especie de cuchilla. El tejado, normalmente, se hace así en la montaña: encima de los maderos se ponen las “rechas” y encima de ella, tasca y, sobre la tasca, las losas de piedra o, si se prefiere, otras rechas”.
"Hay que coger buenas maderas, cuadradas a quinta por los cuatro lados y con todo el coral (nudo de la madera). No se conoce casi la "quera", es decir, la carcoma, que nunca llega al coral. El coral es la médula del árbol. Detrás de él está el ”bafaro”, más suave: porque el coral es fuerte como el hierro. Para cuando lo necesites, está en los pacos, en la umbrías, es donde se cría mejor madera."
Pero no tengo arreglo… Estoy comentando la fiesta de San Antón y mis pensamientos marchan por otros vericuetos…
A perdonar.
Aquella noche yo no quise cenar, porque estaba seguro de que en las hogueras asarían patatas y longanizas y porque, además, no quería perder el tiempo. Prefería estar en la plaza cuando encendieran el fuego...
...estruendoso sonar de trucos y esquillas...
Pero en cada lugar de nuestra tierra se hacían de distinta forma.
En Ainzón encendían hogueras en todos los barrios. Las saltaban, disparaban trabucos y tocaban zambombas cantando:
"San Antón cuando era viejo
le cortaron el pellejo,
le hicieron un tambor,
toca, toca, San Antón".
En Lalueza encendían “hogueretas” en la puerta de cada casa.
En Fraga, únicamente hacían fogatas las casas que tenían animales de "pie redondo" y las hogueras eran tanto mayores cuantos más animales tenían. Los mozos organizaban rondas con los animales engalanados y en las casas los obsequiaban para hacer una merienda.

Con las hogueras se homenajeaba al sol y se pedía su calor con dos connotaciones muy curiosas; fertilidad para las cosechas, calor y abundancia además de sentido de purificación; y, por otra parte, se quería participar de su calor internamente y por eso se ingería vino en abundancia para calentarse por dentro.
San Antón era el patrón de los blanqueadores de telas, de los cordeleros y los sogueros. Pero, sobre todo, de los animales, caballerías, bueyes, tocinos: los embutidos hechos en este día se conservan mejor y son más sabrosos. Ese día los animales no trabajaban y ni siquiera les ponían los arneses. En Abiego, en casa Montañés, un hombre labró el día de San Antón y enrejó dos bueyes (se les partieron los tendones).
Los pastores eligen este día para poner las esquilas al ganado. Tal vez estén relacionadas con esta práctica las cencerradas que se hacen en el Sobrarbe. Los niños, sobre todo, van haciendo sonar las esquilas por calles y caminos. Lo hacen para expulsar los viejos espíritus que tal vez vayan por los campos.
En Puyarruego, Fanlo, Tella, Sarvisé… los pequeños aprovechan además la “esquillada” para recoger comida que luego asan en la hoguera.
En la Ribagorza, eran los mozos los que hacían la “plega” después de la misa, por todas las casas, y luego se subastaba. El importe de lo que se recogía se entregaba luego al sacerdote para el gasto del culto.
Además, llevaban la sal del ganado a la iglesia para que la bendijera el cura.
Pero todo eso sería al día siguiente. Esa noche lo importante eran las hogueras. Se encendían al obscurecer en medio de gran algarabía y con ellas ardiendo amanecía el día de San Antón.
Por fin encendieron la hoguera. Además de la madera y las aliagas que se habían recogido a vecinal en el monte para ese efecto, todas las familias habían aportado leña de la que tenían reservada para sus casas, además de enseres inservibles, porque así el Santo las protegería todo el año. En muchos lugares, se pedía al santo larga vida, ya que él vivió ciento cinco años.
Las llamas subían altísimas. Entre otras razones para que las vieran los de la plaza baja, pues había verdadera emulación en este tema como en tantos otros.
Todo el mundo cantaba y bailaba a su alrededor y algunos rezaban en voz alta.
Luego se daban más vueltas, todos en corro y enganchados uno detrás de otro, corriendo en dirección de las agujas del reloj, es decir, teniendo siempre el fuego a su derecha.
Ya bien entrada la noche, la hoguera había bajado y los mozos empezaron a saltarla, primero por una esquina y luego, los más atrevidos, por encima de toda ella entre los aplausos y ovaciones de todos y, a veces, las risas si no lo conseguían.
Había una brasada preciosa y pronto se empezaron a asar patatas, chorizo, longanizas y aparecieron las botas de vino.
Ya de madrugada empezaron a traer las caballerías del pueblo para que San Antón las bendijera. Ese día tendrían ración especial de ordio. Venían engalanadas, pero sin albarda ni baste, porque en su fiesta no se les podían poner aparejos. Únicamente llevaban las cabezanas de lujo, con sus tachuelas doradas y, además, con flores en las orejas…
Pensé que, en cuanto tuviera ocasión, tendría que ir a visitar al guarnicionero para que me explicase cosas de los aparejos, y, puesto a indagar oficios, también el bastero.
A algunas mulas les ponían cascabeles en la cabezana y otras hasta lucían en los lomos prendas de personas. “Estas vueltas y desfiles de los animales se hacían en todos los pueblos con diferentes variantes. Así: En Ainzón se les hacía dar una vuelta alrededor de la hoguera. En Trasobares les daban tres vueltas alrededor de un pilón y se rezaban tres padrenuestros. En Tarazona había un "pairón" (un pilar) de San Antonio en la plaza de los Melones y los labradores daban tres vueltas, a su alrededor con las caballerías. Luego se abría un hoyo y si los animales, después del rito de las tres vueltas, lo salvaban, quedarían libres de desgracias todo el año. Si no, invocaban al santo y ponían una estampa en la cuadra”

He oído decir que en otros pueblos de Aragón se hacían representaciones muy curiosas en esta fiesta:
En Fuencalderas, la “Sociedad de San Antonio Abad” obligaba a bendecir los animales cada seis meses: para San Antón y San Antonio de Padua (13 de junio) a las caballerías las inspeccionaba el veterinario y la junta de la sociedad. Luego daban dos vueltas por el pueblo ricamente ataviadas.
En Tramacastilla de Teruel se hacía también hoguera la víspera. Los animales se llevaban a la iglesia y daban vueltas alrededor de ella mientras rezaban los padrenuestros que cada uno tenía a bien rezar, uno en cada vuelta.
En general, en todo Aragón los animales dan tres vueltas alrededor de la ermita o de un "peirot" del Santo.
"La costumbre de llevar a los animales a los santuarios dando tres vueltas en su derredor arranca de la romanización durante las fiestas llamadas “Consualia”, fiestas que iban precedidas del paseo de caballos, asnos, mulas, perros, etc., y toda clase de animales domésticos bellamente enjaezados y adornados con fines preservativos de males. Tanto Torrente de Cinca como Zaidín tuvieron cofradías del santo que organizaban la fiesta; el prior era conocido como el "Rey de los porqueros" (Els tres tombs), iban acompañados de música, volteo de campanas, cantos de antiguas coplillas, por desgracia perdidas, mientras el párroco asperjaba las bestias y el dueño musitaba la siguiente jaculatoria: "San Antón, San Antón me lo bendiga".
En Yebra, la víspera de la fiesta, al anochecer se hacía una carrera con las mulas engalanadas que consistía en dar tres vueltas al pueblo.
En Tamarite de Litera se hacía la plega del "Rey de Espadas". Vestían unas mulas con todo esplendor. Una de ellas la montaba un joven disfrazado de rey que llevaba una espada muy larga en la mano. Iban de casa en casa recogiendo tortas al son de una canción. Únicamente visitaban las casas que tenían animal de pie redondo. Ensartaban las tortas en la espada y consideraban un éxito cuando al final de la plega podían llevar la espada llena de tortas. Terminada la recogida, la pandilla que la había hecho, se comía todas las tortas en medio de mucha gresca y jolgorio.
En muchos lugares, se hacían representaciones teatrales de las tentaciones de San Antonio. En el Bajo Aragón, se plantaba en medio de la plaza una barraca de palos y ramaje que representaba la cabaña del santo; en el interior, el ermitaño, el diablo, etc.
En Tarazona no era el 17 sino el 15 de enero cuando celebraban la "Fiesta de los Asnos".
Intento recordar la fiesta de San Antón en mi lugar, que seguramente os recodará casi la misma en muchos de vuestros pueblos:
“La celebraban los mozos del pueblo y de la parte religiosa se encargaba una casa fuerte del lugar. Se hacía a sorteo el día de reyes. Había una misa cantada y sermón a cargo del predicador invitado. El día de Reyes, tras una reunión en la que nombraban dos mayordomos con sus correspondientes ayudantes para encargarse de la organización de los festejos, iban todos los chicos al Ayuntamiento a pedir permiso para celebrar la fiesta. De allí venían a nuestra casa y a otras. Al llegar, uno de los mayordomos dejaba encima de la mesa una botella de anís. Nosotros ya teníamos preparada otra de coñac y bandejas con tortas y galletas; esto era lo ritual de todos los años.
En algún otro pueblo realizaban este día un releo o subasta que en otros lugares se hacía por Pascua o por San Miguel.
El día de la fiesta, al amanecer, cantaban las coplillas por todo el pueblo, tocaban una campanilla y se detenía el grupo cantando una copla. Recuerdo la siguiente:
"Hoy celebran la fiesta los mozos
con mucha alegría al gran San Antón
y por eso cantamos gozosos
por todas las calles de la población" .
Luego salía el rosario de “La Aurora” y a las doce se celebraba la misa con asistencia del Ayuntamiento, que llegaba a la iglesia acompañado de los mozos y orquesta, pasando al banco colocado en el presbiterio. Los mayordomos llevaban unas espadas adornadas con cintas de colores, cuantas más mejor. Se ponían en la grada del presbiterio uno a cada lado del altar. Cuando salía el predicador de la sacristía le acompañaban hasta el púlpito y al terminar iban de nuevo a buscarle para acompañarle a la sacristía.
En el ofertorio se pasaba a besar una imagen del santo. Después de besar se cogía un trozo de pan bendito que una chica tenía en un cesto cubierto con paño blanco. Se bendecían tres panes, dos para el pueblo y uno más pequeño para el sacerdote.
Al salir de la iglesia iban los que querían al salón de la fiesta donde había tortas y bebidas, invitación de los chicos del pueblo.
Luego se celebraba una carrera pedestre desde el ayuntamiento hasta el dolmen, dando cinco vueltas con un primer premio de dos hermosos pollos. La carrera estaba presidida por las autoridades y acompañada de la orquesta.
Más tarde pasaban los mozos con una bandeja por todas las casas a recoger la cantidad de dinero que cada vecino les daba para contribuir al gasto de los festejos".

En muchos lugares, el día de San Antón, hacen una subasta o releo al que se denomina “tranza”, de chorizos, corderos, palomos, etc. Con lo que sacan se pagan las fiestas y el culto al Santo.
Son muchos los refranes que todavía se guardan sobre San Antón:
-“En pasando San Antón, carnestolendas son”.
-“San Antón saca los viejos del rincón”.
-“A todo tocino le llega su San Antón”.
-“Pa San Antón, ninguna niebla llega a las dos”.
-“Pa enero, San Sebastián el primero, aunque en fechas se anticipe, como varón, San Antón”.
-“Pa San Antón, los huevos a trompón”.
-“Pa San Antón de enero, mitá pajar mitá granero y la buena gobernadora, el cochín entero”.
-“Pa San Antonio de chiné, a mitá palIé, a mitá grané, y cada güella con su cordé”.
-“Pa San Antón marche la boira del mono”.