Datos personales

Mi foto
ZARAGOZA, ARAGÓN, Spain
Creigo en Aragón ye Nazión

domingo, 13 de abril de 2014

Tambores de Semana Santa

¿Entrará mi Huesca en la ruta de los tambores? Un poco lejos nos cae del Bajo Aragón, pero su influencia es bastante clara. La ruta del tambor la forman nueve pueblos: Albalate del Arzobispo, Alcañiz, Alcorisa, Andorra, Calanda, Híjar, La Puebla de Híjar, Samper de Calanda y Gurrea de Gaén.
Pero actualmente, otros, algunos bastante alejados, van  entrando en la ruta; que yo sepa: Alagón, Caspe, Chiprana, Fuentes de Ebro, la Puebla de Alfindén, Zuera, Teruel y Zaragoza. ¿Por qué no ha de entrar Huesca que tanto los está promocionando?
Todos tienen en común el rezar con el tambor. Cada pueblo tiene sus sonares distintos, para el que los conoce, claro. Se distingue cuando toca una cuadrilla de la Puebla, de Calanda o de Alcañiz. Y los toques tienen sus propios nombres populares: la Palillera, Las imágenes, Correata, Cuatrero, el Agachadico, el Din-don, El uno, dos, tres... pero no es una mezcla confusa: la acertada combinación de todos ellos forman una verdadera sinfonía.
Los tambores no se tocan durante el año. Les parecería una profanación. Únicamente durante la Cuaresma ensayan sus toques. Se van a las afueras del pueblo para no incomodar a la gente y siempre en pandillas. Mucho más durante los días santos. Un amigo alcañizano me explicaba:
“Todos somos iguales; iguales, vamos vestidos de la misma forma y todos hacemos lo mismo, tocar; y tocando, rezar”.
Ahora celebran el gran Concurso de Tambores y Bombos. A muchos tocadores esto les repele. Dicen que los tambores no se pueden quedar en un mero acto folclórico: son para rezar, no para competir.
Yo tengo miedo de que nosotros nos quedemos únicamente en eso si no captamos el espíritu del Bajo Aragón y nos dedicamos a los tambores sólo porque hace bonito. Por el resto de Aragón nunca ha sido una tradición. Tampoco eso parece ser un inconveniente: las tradiciones empiezan un día y si valen la pena continúan; si no, ellas solas desaparecen como una moda más.
Sí me duele comprobar que los tambores están absorbiendo de tal forma la Semana Santa que no quedan gentes para llevar pasos y otros muchos componentes porque nadie los asume. Lo importante parece ser tocar el tambor.
No quiero desanimar a nuestras bandas, ni mucho menos. Todo lo contrario. Sólo pediría a sus animadores que ayuden a nuestros jóvenes a dar un sentido a sus conciertos, por lo menos en la procesión.
Reconozco que soy adicto a la Semana Santa del Bajo Aragón, sencillamente porque allí he visto que se vive como en ningún otro sitio. Preguntaba yo a un abuelico que llevaba cerca de sesenta años tocando en la procesión: “¿Y usted qué piensa cuando toca?” Él me miró extrañado como si pensase “éste no entiende nada de nada”. Al final me contestó sencillamente: ¡Rezo!
Otro me decía:
-El tocar se lleva en la sangre, por eso suena distinto. En otros sitios tal vez tengan más técnica -yo lo dudo-, pero nosotros somos más músicos porque tocamos con más sentimiento. Él mismo me recitaba esta quintilla del poeta popular José María Ferrer:
Tú eres tambor, la garganta
honda con que te canta
desde su misma raíz
el alma de este Alcañiz
doliente en Semana Santa.
El bombo y el tambor son el dolor, el homenaje a la Pasión. Un trueno formidable e inacabable a la muerte de Jesús, que empieza con la rompida y acaba sin interrupción veintiséis horas después. La rompida, en Calanda, por ejemplo, es algo increíble que es preciso ver alguna vez en la vida. ¡Esa plaza Mayor con más de mil doscientos bombos y tambores en un silencio angustioso esperando que den las doce de la noche! Nerviosismo en los rostros ante el acontecimiento que se avecina y luego, a la señal del alcalde, el más increíble estruendo, que parece que el mundo se viene abajo. Durante media hora parece que la plaza va a estallar. Luego, las cuadrillas se van desperdigando por las calles del pueblo, llevando el ruido, el lamento y la oración a todos los rincones del lugar.
 
Al turista le llaman la atención las marcas de sangre en los parches y los nudillos de los tocadores despellejados. Uno de Híjar me decía: “El arte del bombo es herir la piel parda, castigarlo para que saque buena voz”.
¡Y ya lo creo que sacan buena voz! Los que más furia ponen en tocar son, como es lógico, los jóvenes. A veces se ve un bombo con diez manchas ensangrentadas en el parche, una por cada año que han salido a tocar.
Algunos chavales, me contaron, al estrenar un parche se hieren porque así creen que toca mejor. Se compenetra mejor el tocador con su bombo. A través de la sangre, el instrumento y el intérprete se mezclan de algún modo. Uno me comentaba: “Yo, con mi tambor, es como si él y yo fuéramos la misma cosa”.
Eso es lo maravilloso. El sentimiento que llegan a imprimir a los tambores. Nunca mejor dicho que hacen hablar al instrumento: hablar y cantar, y llorar.
El trueno de Semana Santa del Bajo Aragón lo cantan quince mil tambores y bombos de los nueve pueblos que forman la Ruta. Sólo Alcañiz hace sonar mil ochocientos.
Sí, es preciso vivir la Semana Santa bajo aragonesa. No es lo mismo que ver una pandilla de ellos en un concurso, fuera de contexto, fuera de su sitio, intentando llamar la atención de unos curiosos o compitiendo por un diploma. El tambor es otra cosa y ellos lo saben. ¡Ojala se lo hagan comprender así a los chavales de nuestras bandas!
¡Ojalá calen los tambores, pero no como un mero folclore, sino como expresión de un pueblo que sabe vivir y llorar con el lamento de sus tambores!


miércoles, 19 de marzo de 2014

La primavera “La estación del amor”

Repasando las costumbres primaverales de nuestros aragoneses, comprobamos que existían tradiciones amatorias y de galanteo y costumbres de cortesía por toda esta tierra. En la primavera sonaban rituales amatorios como albadas, rondas, sobremesas, buenos provechos… y se hallaban muy arraigados en los distintos valles de nuestra geografía.
Existió un curioso sortilegio de amor. En la época de la pubertad, las mozas iban a los campos de labranza y recogían una yerba de hoja jugosa a la que llamaban “hoja marroja” o “coleta” y con ella hacían augurios de amor.
Las mozas tomaban una hoja y la masticaban parsimoniosamente y después la ensalivaban y la pegaban a la piel de su brazo al tiempo que pronunciaban una formulilla supersticiosa: “¡Hoja marroja si tengo novio que me salga una rosa y si no una ampolla no muy dolorosa!” Al pegar la hoja en la piel casi siempre provocaba una mancha roya y algunas veces un tumor doloroso, lo cual era signo de que no hallarían novio en ese año. Era pues una apuesta por el amor.
El cuclillo era un ave a la que las aragonesas requerían para establecer vaticinios de amor. El –coculo- (cuclillo) señalaba la primavera y por eso decían: “¡Si el tres de abril no canta el coculo u esta muerto u está pa morir!”
Coculo (Cuclillo)
 
Las muchachas cuando escuchaban al pájaro cantar, escuchaban con mucha atención las veces que repetía el “cucú, cucú”. Unas determinaban cada “cucú, cucú” como años que tardarían en encontrar novio y otras mas impacientes por meses.
La práctica amatoria de enramar a las mozas era una de las más generalizadas en el folklore pirenaico y en ella se establecía una señal del apogeo primaveral.
Con esta ceremonia de “Las enramadas” honraban los mozos a los poderes vivificantes de la primavera.
Por Pascua Florida los mozos engalanaban con guirnaldas vegetales, recogidas entre la flora más hermosa y fragante, los balcones y tejados de las casas donde residían mozas solteras.
Estos actos de galantería formaban parte de un ritual muy antiguo en el que se rendía culto a la naturaleza y a la lujuria de la vegetación que encarnaba la fertilidad del mocerío.
En nuestras costumbres la fecundidad era un bien adorado.
Los mozos además de engalanar las casas donde vivían las mozas, hacían arcos florales en el atrio de las iglesias y en los arcos de las fuentes públicas. Era pues un culto latente al poder de las aguas y los vegetales.
La práctica de engalanar las casas de las mozas la hacían los mozos en el silencio de la noche. Los mozos subían con prudencia  a los tejados y colocaban las enramadas, aunque esto provocaba mucho malestar en los amos ancianos que les roñaban las tripas –estaban enojados- porque los mozos con su peso les estropeaban las losas del tejado.
Las mozas para premiar ese empeño amatorio de los mozos les donaban huevos (siempre han representado la resurrección) y los mozos los trucaban (cambiaban) al tendero por un cordero.
Los huevos los recogían en la mañana de Pascua Florida en la tradicional ronda que se hacía.
El cordero era guisado en la casa que ese año estuviera señalada como sede de la casa de gasto. Cada año era una distinta.
En estas enramadas si algún mozo estaba enamorado, distinguía a la moza con regalos como caramelos que prendían de las ramas y tenía que hacerlo con picardía y mucha discreción, por que el resto del mocerío si se daba cuenta de ese detalle, solía cebarse con esos símbolos del amor.
Todo este ceremonial, estaba reglamentado con normativas muy estrictas, tanto en el orden jerárquico como en el funcionamiento de la sociedad de mozos. Los mozos entrantes, tenían el deber de ir a hacer acopio de las ramas y flores con las que después los mozos engalanarían a las mozas. Todas estas tareas cortejadoras, se hacían con buen implaz (de buena gana).
Hoy la envejecida sociedad aragonesa solamente tiene enramadas por las pupilas nostálgicas de los biellos (viejos) como yo. ¡Que pena!


lunes, 3 de febrero de 2014

San BIas

El santo obispo armenio BIas fue martirizado en el año 316, siendo su piel desgarrada por sus verdugos con peines de hierro. Por esa razón es el patrón de los cardadores, pero es universalmente conocido por ser el abogado de los males de garganta.
En esa jornada se bendicen los alimentos y el pienso de las caballerías, que se guarda para cuando están enfermos.
Antaño, en muchos lugares, la imagen del Santo era muy visitada; infinidad de mujeres acudían a la iglesia o ermita, con sus pequeñuelos para pedir protección celestial a sus gargantas, llevando toda clase de presentes y golosinas. Para los críos era el mejor día por las cosas sabrosas y bendecidas que podían comer.
 
En muchos lugares, las fiestas de invierno han sido desplazadas por las de verano y en el día del titular se organizan las fiestas pequeñas con celebración religiosa, guiñote, comida y poco más.
 
Antaño, el "llavero" era el mozo encargado de guardar las colaciones “plegas”. Los mozos habían recorrido las casas recogiendo unas grandes roscas, que llevaban colgadas al hombro, tortas de molde y chullas, que clavaban en un espedo (asador para carne). Todo ello era guardado en la "casa del gasto", donde se organizaba una merienda. Las mujeres llevaban las tortas, roscones y magdalenas a la misa para bendecirlas. Cuando los mozos iban a buscar a las mozas para ir al baile, éstas les obsequiaban con alguno de estos dulces.
También compraban dos o tres chotos para correrlos por las calles, con esquillas, siendo luego sacrificados para la comida popular.
En otros lugares, como El Pueyo de Araguás, en tierras del Sobrarbe, tenía lugar la fiesta mayor. Los mozos recorrían las casas recogiendo viandas, que luego serían consumidas en una hoguera encendida en la plaza.
En todas las casas se les invitaba a vino y torta. Los festejos duraban dos días además de la víspera, siendo amenizadas por los músicos de Tierrantona o los de Labuerda.
En muchos pueblos de Aragón,  se organizaban bailes y los quintos repartían torta. Antaño estas fiestas duraban hasta cuatro días. En los años cincuenta las bandas de música local actuaban en el baile y recorrían la población tocando alegres pasacalles. Destacaban el concurso de jota, la quema de fuegos artificiales y los partidos de pelota. El último día era tradicional por la montaña, "la ronda de chotos" con esquilón o "cañón" al cuello. Después los sacrificaban para realizar una "lifara".
En Angüés es la fiesta pequeña y destacan los bailes y la comida de hermandad. A comienzos de siglo en estas fiestas había misas solemnes con sermón (el día 3, al patrón y el 4, a San Úrbez –patrón de la montaña-), albadas, rondas, bailes y corridas de pollos para la gente moza. Los  Ayuntamientos tenían por costumbre obsequiar con ranchos a los pobres del pueblo y forasteros durante dos días y el tercero repartía limosnas.
 
Actualmente en la mayoría de nuestros pueblos, ya no se disputan corridas de pollos y de burros con la albarda suelta. Sin embargo las bodegas siguen siendo los lugares de reunión de las cuadrillas; allí beben, cantan y preparan las rondas por las calles del lugar.
El día de san Blas, y actualmente en muchas fiestas de la provincia de Teruel,  los despertadores pasaban por las calles con faroles y en sus cantos de aurora invitaban al vecindario a participar en el Santo Rosario. Y las cantas de estos “despertadores”, siempre tenían su gracia:
Tras la misa, en la procesión, los quintos eran los encargados de portar la peana del Santo y preparar la ronda que pasaba por las casas recogiendo "cocas" finas con azafrán y azúcar.
Para este acto se escogía la mula más hermosa del pueblo y se engalanaba y adornaba. Uno de los quintos montaba en ella y recorría todas las calles repartiendo caramelos y otros dulces entre las mozas rondadas y los zagales que seguían la comitiva. En una bandeja, en la que se había colocado una enorme naranja con varias monedas de oro como si fueran patas, prestadas por las casas señoriales, se iban acumulando los billetes y monedas que servirían para pagar la fiesta.
En estas fiestas por la montaña, las primeras de febrero, las mujeres adquirían un gran protagonismo, organizando algunos actos, como la "ronda de la mula", en la que una mujer vestida con sus mejores galas recorría la población montada en una mula enjaezada con adornos y cascabeles.
Estas fiestas se denominaban cívico-religiosas, a diferencia de las de verano en honor de la Virgen, que se las da el nombre de religioso - cívicas. Durante casi una semana se desarrollaban festejos. La denominación de los seis primeros días de mes era: víspera, Candelaria, San BIas, San Urbez, Santa Águeda y Santa Aguedeta.
Durante estos días se colocaba en la plaza el madero del gallo, que desde tiempo inmemorial se conservaba en el Ayuntamiento.
El alguacil, ayudado por los mozos sería el encargado de colocarlo.
Antes se colgaba un gallo, luego un jamón y lo ganaba el que trepaba hasta el final del madero, que estaba totalmente enjabonado.
 
Siempre quedan recuerdos de unas fiestas de San BIas, que se festejaban con hogueras, en las que se asaba carne y abundaban los dulces y el vino.


martes, 28 de enero de 2014

San Valero

Hace más de treinta años, me empeñé en conocer el porqué San Valero es el patrono de Zaragoza, que se celebra el día 29 de enero. Ardua tarea para quien no está muy ducho en recorrer bibliotecas y lugares, pero como estamos en esas fechas del patrono, os paso la información más destacada y procuraré hacerlo de la forma más sencilla para quien pueda interesarse por este personaje…
Nació en Zaragoza, descendiente de una importante familia, y fue elegido obispo de dicha ciudad en el año 290. Como su lengua era balbuciente eligió al oscense San Vicente como su diácono para que predicara en su nombre.
En el año 303 fue llevado a Valencia junto con el diácono oscense a la presencia de Daciano, martirizando a Vicente y desterrando a Valero.
En el camino hacia Valencia, según la tradición, dejaron testimonio de su paso haciendo brotar agua milagrosamente. Así, existen las fuentes de San Valero en Cariñena, o la de San Vicente en La Puebla de Valverde.
En el destierro del Santo quedan lugares que dan testimonio de su paso. En Castelnou (Teruel) se burlaron de él. Sin embargo fue bien acogido en Daymús, antiguo lugar con castillo, junto a Velilla de Cinca, donde descansaría unos días. En Albalate de Cinca también existe una partida de tierra denominada los “Sanvaleros”. Es posible que pasase por este lugar. De allí continúa hacia Enate, donde había sido desterrado. Desde aquí acude a Estada y Estadilla a predicar la doctrina cristiana. A su muerte en el año 315 sus restos fueron sepultados en la iglesia del castillo de Estada.
Valero es el primer obispo zaragozano documentado con certeza. Tras la invasión musulmana quedaron olvidadas las reliquias del Santo, pero en el año 1050, según la tradición, Arnulfo, obispo de Roda, tuvo una revelación y encontró dichas reliquias, mandándolas trasladar a la catedral de Roda.
Desde allí algunas de sus reliquias (primero un brazo, luego la cabeza) llegaron a Zaragoza. Es el patrono principal de Zaragoza y su fiesta religiosa se desarrolla principalmente en su capilla barroca de La Seo, donde se conserva el busto relicario con su efigie, que fue regalada a la Catedral por Benedicto XIII, el Papa Luna.
Al Santo se le conoce con los atributos de "ventolero" y "rosconero". Sin duda el viento propicio en estos días, especialmente en Zaragoza y en el corredor del Ebro, es lo que le dio ese atributo. Lo de rosconero ha sido una tradición gastronómica de Zaragoza y otras poblaciones aragonesas (Estada).
Los roscones de San Valero se venden en pastelerías de la capital zaragozana y en plena vía pública durante este día. San Valero sin roscones sería tanto como Santa Águeda sin farinetas, San José sin virutas, San Antón sin panecillos, Todos Santos sin huesos ni buñuelos, o la Navidad sin turrones.
Pero su fiesta no se celebra solo en Zaragoza. Los lugares donde pasó y dejó recuerdos de su estancia, también celebran este día.
En el hoy desaparecido poblado romano medieval de Daymús, junto a la carretera que conduce a Fraga, se conserva la ermita dedicada al Santo, donde acuden las gentes de Velilla de Cinca, para San Valero y para San Valeret, el 17 de febrero.
El 29 de enero, a primeras horas de la mañana, se cantan las coplillas por la población. Después, parte la procesión desde la parroquial de San Lorenzo, hasta la ermita de San Valero.
En la ermita hay misa, canto de gozos, reparto de pan bendito, sardina, caracoles y vino.
Los festejos duraban tres días con actos variados. Unas semanas más tarde llegaba San Valeret.
El origen de esta fiesta está en la acción de gracias por haberse librado la población de la peste por intercesión del Santo, a finales del siglo XVI.
Se iba a la ermita y destacaban, además, los bailes de disfraces; no hay que olvidar que nos encontramos en fechas carnavalescas.
A esta ermita acudían en procesión de rogativas las poblaciones de la comarca. En el Concejo de Fraga del 25 de mayo de 1599 se reconoce la costumbre que tenía la ciudad desde tiempo inmemorial de acudir anualmente para implorar las lluvias a dos procesiones solemnes: San Salvador, y San Valero.
El Santo estuvo desterrado en Enate durante casi doce años. En este día (29 de enero) se le recuerda con la celebración religiosa y algún acto festivo (tiro al plato y baile). En la iglesia del castillo de Estada fue enterrado. En la plaza de este castillo existe una silla labrada, donde según la tradición predicaba el Santo Obispo.
El pueblo de Estada erigió una ermita al Santo en las proximidades de este castillo y pasó a ser el patrón de la población, junto con Santa María Magdalena.
Las fiestas en su honor comenzaban la víspera. Al atardecer, se iba a recibir a los músicos a la carretera y, luego, había ronda al alcalde, al cura y a las mozas.
El día del Santo hay misa en la ermita. Ya no pasan los mayordomos por las casas recogiendo las tortas que se insertaban en una espada.
Esta torta se denominaba "roscón de San Valero", se cocían cuarenta o cincuenta roscones para invitar a los visitantes.
El segundo día de la fiesta era el de San Valeret, y en este día, los mozos se comían las tortas con gran algarabía, mientras repasaban las cuentas.
En tierras ribagorzanas su devoción está extendida por Roda, Aneto y los despoblados de San Valero y Arués.
Roda distribuía a lo largo del año diversas celebraciones en honor de diversos santos. Entre ellas destacaban las de tres aragoneses: San Vicente, San Ramón y San Valero.
La hermandad entre Roda y Zaragoza se remonta al año 1711, en que la iglesia de Zaragoza recibe la cabeza y un brazo del Santo.
Aneto, en el valle de Barrabés, en los límites con tierras leridanas, festejaba al Santo en esta fecha.
Algunos años los actos llegaron a prolongarse durante una semana, con comidas, bailes y celebración religiosa el día del patrón.
Cerca del Coll de Fadás, en el municipio de Bisaurri, está el despoblado de San Valero, que es el único lugar de Aragón que lleva el nombre del Santo Obispo zaragozano.
También el despoblado Arués, en la Ribagorza, junto a Perrarua, honraba en su fiesta pequeña al Santo, mientras que la mayor era para la Virgen de agosto.
En algunas poblaciones como Valfarta, se encienden hogueras en su honor. Antaño con lo obtenido en la caza de esos días se preparaba una sartenada. Ahora se sigue realizando la sartenada, pero la carne ya no proviene del deporte cinegético.


domingo, 26 de enero de 2014

Los olivos “as oliberas”

El olivo es un árbol que simboliza la luz y la paz y el aragonés utilizó sus ramas como talismanes para proteger mágicamente los sembrados del pedrisco.
En las culturas mediterráneas se le consideraba sagrado y era objeto de adoración. La cultura griega personificaba en el olivo a la ciencia y la sabiduría, por lo cual se lo consideraba habitáculo y contrafigura de la diosa filosófica Minerva.
En el Altoaragón la recolección olivarera era ardua y cruda y empleaba numerosa mano de obra. Los  propietarios de grandes campos olivareros, los años que las cosechas eran óptimas, concluían en fechas tan tardías como el mes de abril. Y eso que la peonada trabajaba a destajo.
Los propietarios acaudalados monopolizaban los molinos aceiteros, y les correspondía proceder al acto de untar el molino o efectuar la primera molturación para engrasar el molino y que el funcionamiento fuese apto. El molinero contratado agasajaba a los que se reunían para la molienda con el tradicional pan tostado impregnado del primer aceite. Las familias que no tenían derecho o acciones en el molino debían satisfacer –con aceite o a trueque- a los amos de las casas que ostentaban el monopolio molinero.
Algunas aldeas tenían una fuerte dependencia económica de este cultivo. Este era el caso de la localidad de Bierge, en la tierra de Alquézar. En esa población la abundancia o carestía de muestra -inflorescencia- (flor), suponía en cierta medida la miseria o la abundancia. Una mazada refleja la supeditación del bienestar comunal a la cosecha de olivas.
Dice así la mazada: "Un anciano le preguntaba a un mozo... ¿de dónde eres?.. y el mozo, con orgullo, casi insolente le respondía... ¡de Bierge y con muestra! (eso lo decía cuando la recolección olivarera había sido abundante). Pero si el año había resultado malo, el mismo mozo respondía en tono acongojado y patético... ¡de Bierge y sin muestra!" Una recolección olivarera próspera hacía alegre y orgulloso al vecindario y una cosecha mísera transformaba el carácter de la vecindad y producía el abatimiento personal.
Todo el somontano de la sierra de Guara era muy olivarero.
Una vieja superstición, difundida en muchas de las aldeas somontanesas, perduró en la cultura oral. Según una tradición el día de la Virgen de Marzo se daba una circunstancia naturalista esencial: s'empreñaban las oliveras. Era el veinticinco de marzo, el equinoccio primaveral. San José y la Virgen de Marzo bien pudieran ser advocaciones substitutorias de antiguas divinidades vinculadas a la fecundidad de la naturaleza generatriz, como Atis y Cibeles, a quienes se rendía culto en los grandes festivales primaverales romanos. La versatilidad litúrgica de las tradiciones campesinas y la mentalidad que subyace en la espiritualidad de esos ceremoniales nos hacen pensar que proceden de épocas remotas del pensamiento humano.
Por tierras de Ayerbe y en otros pueblos somontaneses los campesinos pensaban que la luz debía mantenerse invicta ante las lúgubres tinieblas, sobre todo en la noche equinoccial de la Virgen de Marzo. Las lamparetas, bien llenas de aceite, debían mantenerse toda esa noche mágica encendidas, pues si se amortaba la lumbre la cosecha aceitera sería raquítica. Los niños de los lugares, en la amanecida, corrían atropelladamente a la parroquial y por el ojo de la cerradura comprobaban si el fuego de las lamparetas no se había extinguido durante la noche. Si la llama vivía, era sinónimo de un año de gran cantidad de cadillo, la marca del fruto del olivo. Los campesinos y los niños lo proclamaban alborozados..."¡este año cargarán las oliberas!" Otro requisito mágico, era que además de la llama de la lámpara de la iglesia, esa noche debía alentar aire de bochorno. Este culto a la luz está explicitado en la costumbre de algunas casas poderosas en patrimonio olivarero.
En Santolaria de Galligo -tierra de Ayerbe- los dueños de casa "Rubial" y los de algunas otras casas, mantenían lámparas encendidas en esa noche mágica y normalmente las colocaban en los alféizares de los ventanales domésticos.
En todos los lugares olivareros, lámpara del Santísimo ardía todo el año de continuo, gracias a la aportación de aceite de todo el vecindario en común. Esta presencia solemne de solidaridad vecinal en la perpetuación del rito de la luz, pone de manifiesto que a ese rito se lo consideraba trascendental y que beneficiaría al común. Era, como casi todas las celebraciones mágico-religiosas, un acto de corporativismo y de compromiso de todos los habitantes. La causa de este ceremonial no era otra, más que aportar abundante aceite para que éste, por magia simpática, atrajese al aceite imprescindible de la cosecha que estaba en ciernes. El cristianismo entreveró sus liturgias con las precedentes en un ejercicio de dogmatismo interesado. En nuestros lugares, los vecinos el día de la Virgen de Marzo acudían a las parroquias donde recibía culto la Virgen. A redolino -turno- donaban aceite para mantener encendida la lámpara y se decía... "esta semana les toca alumbrar a los de casa tal..." Las casas menos pudientes colaboraban en el ceremonial con donaciones más restringidas, aportando un puchered de aceite.
Además existía una tradición ritual gastronómica en el día de la Virgen de Marzo. También tiene componentes paganos a pesar de la explícita cristiandad de la festividad. Allí aflora un pensamiento de índole gentil, de religiosidad pagana y también el pensamiento mágico de cariz compensatorio: si en la comida de homenaje a la Virgen se gastaba mucho aceite y se hacía de forma espontánea el azar premiaría esa generosidad con una cosecha óptima, con tanta olivada que habría aceite pa dar y vender y para llevar a la feria. A la Virgen de Marzo –abogada de la prosperidad- se le ofrendaban los crispillos y en algunas aldeas también se hacían  con carácter ritual y privativo de esa festividad, huevos duros en ensalada. La preparación de esos platos típicos y su consumo tenían implicaciones mágicas. Nuestros ancianos, creían que si comían crispillos los olivos tendrían abundante muestra. Si además se hacían en el día señalado de la Virgen de Marzo, el año en el olivo sería especialmente fructuoso y se incrementaría la productividad. Los crispillos tenían como ingredientes hojas de borraja aderezadas con huevo batido y azúcar. En todas las aldeas prevalecía la sugestión de que se debía gastar firme -mucho- aceite al hacer los crispillos y eso a pesar del carácter ahorrador de los montañeses. Y debían hacerlo porque eran dulces propiciatorios de la proliferación de la cosecha y porque estaban vinculados a la divinidad. La lógica popular estableció estos tipos de asociaciones de carácter pagano. Por el somontano de Guara, también hacían unos postres rituales llamados rosquetas, de configuración circular, en cuya masa se mezclaban huevos batidos, azúcar y harina.
En prácticamente todos los lugares, el vecindario cumplía devotamente con un rito sacramental. El domingo de Ramos hacían hermosos ramos de olivo y los llevaban a bendecir a la parroquial y lo hacían con el propósito de que se empreñaran las oliveras, es decir que tuvieran ese año gran fertilidad. La recolección olivarera era el recurso básico en muchos de nuestros pueblos. En el Altoaragón a los árboles fructuosos se les confiere género femenino y hablan de la inflorescencia como si hablaran del embarazo de una mujer.
Para festejar el fin de la recolección se efectuaban en las aldeas de tradición olivarera unas ceremonias de gracias llamadas popularmente “la acabanza”. También decían “rematadura”. El último día de recolección las cuadrillas de oliveros (compuestas por los miembros de la casa propietaria y también por peones llamados despectivamente xarigueros, voz que parece emanar del término medieval "exarico"), entraban con gran alegría en los pueblos. Adornaban las escalas-escaleras de coger olivas con los ramos más grandes del propio olivo, en un acto que originariamente tendría un sentido ritual pagano; es decir, de adoración al poder fecundante de los árboles productivos y a los espíritus de la vegetación. Con los tochos -palos- de majar los olivos hacían un soniquete que los recolectores llamaban “repicáu”. Cada casa que terminaba la recolección preparaba un ágape celebratorio y hacía el sabroso ajaceite. Amos y xarigueros recorrían las calles con regocijo y estruendo y llevaban alzada  la escala con el ramo, que parecía el símbolo de la prosperidad.
La escalera con el ramo votivo la llevaba siempre el mozo más guarán-de mejor complexión- que la trasladaba hasta la iglesia y entregaba el ramo al mosén para que lo bendijera.
La “rematadura” concluía con grandes juergas y con comidas ceremoniales que casi llegaban a la gula. La casa propietaria preparaba una gran lifara –comida suculenta- en el monte y hacían el ajaceite. Preparaban una cazuela con ajos y aceite puro y abundancia de patatas, principales ingredientes del ajaceite. Era tradicional sacrificar una res, guisándose los hígados y también comían sardinetas. Era una comida suculenta, de distinción sobre la dieta alimentaria ordinaria.
Las casas más pudientes, preparaban una “acabanza” de gran importancia. En esa casa los años de “olibada”, se juntaban cuadrillas de hasta treinta peones. Al volver del monte un mozo llevaba un camal -rama gruesa- de olibera sin atochar-majar- escogido por su hermosura para representar los regocijos del fin de la recolección. Otro jornalero llevaba un botico -odre- de binada -vino de poco grado- y otros dos operarios llevaban una cazuela con aceite el uno y una cazuela con patatas el otro y así recorrían las calles de la aldea y en cada corro de gente que hallaban, se detenían y convidaban con generosidad.
Otro peón llevaba un saco con panes y los iba repartiendo y así todos componían una representación de la abundancia. Y el ajaceite, símbolo encarnador de esa abundancia también participaba del simbolismo mágico de carácter pagano.
 
 
 
 


miércoles, 15 de enero de 2014

Coplas de picadillo.

Por ahí corren coplas y más coplas alusivas a los apodos, los defectos, los sucedidos en tal o tal pueblo. A veces tienen autor conocido, como es el caso del Gaitero de Santolaria o de Mariano Belsué. Otras veces son atribuidas a ellos o, simplemente, anónimas.
Relacionar todas las que tengo recogidas,  daría de sí para muchas horas. Me conformo con traer aquí un sencillo muestrario procurando presentar los estilos más diversos y las alusiones a todas las zonas del Alto Aragón.
Siguiendo con la rima -que ya hemos comentado antes- recordemos lo que se dice de algunos pueblos:
“En Lanaja, comen paja con la punta la navaja”.
“Navateros de Laspuña, matan piojos con la uña”.
“Chen de Benás, chen de Barrabás, patas, gola y nada más.
La comida, o su escasez que ha sido más abundante, ha dado motivo a muchas coplas y dichos. Escogemos éstos:
“Si a Capella vas en fiesta, mira bien quién te convida, que a la corta o a la larga, tú pagarás la comida”.
Un amigo mío decía que los aragoneses somos “pobretes pero alegretes”, es decir, que las hemos pasado canutas en todo momento -o casi todo- de nuestra historia, y sin embargo nos hemos reído de nuestra propia sombra. Es curioso observar cuántas coplas y apodos se enlazan con el hambre.
Se puede seguir su trayectoria por diversos circuitos de la provincia. A la entrada de los Monegros ya nos deja una pista:
“De Tardienta salió el hambre y por Torralba pasó, en Senés entró en misa y en Almuniente paró; en Torres hizo escritura y en Barbués la hipotecó”.
Este sería el circuito de la tierra baja, rozando los Monegros y entrando en ellos, que también por la montaña encontramos otro que nos describe esta copla:
“En Tella nació el hambre, por Cortalaviña pasó, en Hospital tomó descanso y en Lafortunada se acabó”.
Aunque vaya a saber si acabó o no. El nombre de Lafortunada es una corrupción muy reciente como tantos de nuestra toponimia: el verdadero nombre del pueblo es «La Infortunada», relacionado con una leyenda que no viene al caso. Lo cierto es, además, que en la misma montaña se notan rebrotes de hambre:
“Si vas ta Plan, llévate pan, que agua del río ya t'en darán”.
Y subiendo por el río Ara, dicen que: “En Fiscal, servilletas blancas y poco pan”.
Los menús, según nos explican las coplas, parece que eran de lo más variado:
“En Torrelisa, mataron una burra lisa y en San Lorién, en quereban también, y en Araguás, les tocó de la coda ta atrás”.
Y ya que nos sale lo de repartir, cuentan que en Torrelabad mataron un burro para todo el pueblo, un año de hambre. El reparto lo hicieron para todas las casas del pueblo, y además con inspiración poética, como puede comprobarse en la lista que recojo:
Mediano "bufanabos" 1936 Sobrarbe
 
“A casa Mazorra, le va tocá la coda; a Barrabés, tot, o no res; a Sanmartín, el carbazín; a Mat, la mitad; a Casero, el trasero; a casa Francheta, la barrigueta; a casa Garoz, un troz; a Castillóns... los... (bueno, los órganos genitales masculinos, pero en verso). Y a Pepepuy, alza la coda y fui”.
Y seguimos el recorrido:
“De Peralta de Alcofea, las mujeres lamineras”.
“En Laperdiguera venden coles; en la Cuadrada zanahorias y en ese lugar de Torres calabazas y cebollas”.
“En Lanaja comen paja; en Alcubierre salvau; en Lalueza farinetas y en Sariñena pescau”.
La situación no es muy halagüeña en muchos lugares, como se ve, aunque la más trágica la hemos descubierto en Santoréns, si le hacemos caso al dicho:
“Santoréns, pocs y doléns; aigua a la porta y merda a les dens”.
(Modestia aparte, que diría alguno).Y la verdades que con demasiada frecuencia no es difícil adivinar en qué pueblo se ha inventado la copla. Observad:
“En Barbastro están los nenes, en Naval los puchereros, en Salas los niños guapos y en Pozán los embusteros”.
Creo que sí, que se nota bastante bien. Y para variar y contentar a todos seguimos por otro rincón diferente de la provincia.
Una simpática chavala de Sallent, que me informó de muchas cosas, había oído a su abuela, y me los repitió a mí, los siguientes versos tensinos:
“Fafumáus en Piedrafita, bien habladitos en Búbal, principio de Partacués; Cascanueces en Saqués, Burlones en Tramacastilla, loqueros en Sandiniés, Partacueses en Escarrilla. Bufarrios son los de Hoz, os de O Pueyo vinatés, Malcalzaus en Panticosa; capezutos en Lanuza, mestizos los de Sallent y jibaus los de Lartosa”.
… y la chavala se ponía una miajeta colorada, al decir lo de “jibaus”, síntoma que nos permite a nosotros -y a vosotros, -claro-, traducir al estilo moderno de Cela el calificativo, por supuesto más usado por el pueblo. Pero yo lo recojo como lo oí, y además, un servidor de siempre ha sido de los “destacados”, es decir, de los que no echan tacos...
Por la Hoya de Huesca circulan estos otros dichos, según parece originales del Gaitero de Santolaria, aunque otros se los atribuyen a Mariano de Belsué:
“En Cuarte calzoncilleros, porque de Estopa los hacen, en Banariés malos vinos porque lo causa el terraje”.
“En Huerrios canta el cucullo, porque dicen las verdades y a la hora de pasar cuentas, se pierden las amistades”.
 
Nos salimos de las cercanías de Huesca y seguimos un poco por todos los sitios de la provincia. Y ahora sí que no tenemos ninguna pista de quiénes puedan ser los autores de los versos. De padres desconocidos, al menos para mí. A ver si alguno me lo aclara, aunque un poco mejor que el chaval de Sahún:
El zagaler fue a Vilanova a hacer un encargo. Su padre le había explicado que allí ya le conocían, y el chico le aclaraba al dueño de la casa:
-“¿Usted no conoce a mi padre? ¡Pues yo hijo suyo!”.
Bueno, a lo que vamos:
.“Las mujeres de Peralta, cuando van a la ribera, debajo del delantal, llevan la chocolatera”.
“De Fomillos a Permisán las gallinas se ne van: de Permisán a Fomillos los tocinos”.
Detrás de cada dicho o de cada apodo, habría que adivinar alguna historia más o menos antigua que les dio origen; porque lo cierto es que ellos ríen la mar de a gusto cuando escuchan estas coplas. Reconozco no saber el origen ni tan siquiera de la mitad. De los que conozco, prometo contaros viejas historias, que nos servirán para sonreír, en un mundo cada vez más necesitado de alegrías.


miércoles, 25 de diciembre de 2013

¿Navidad? ¡Feliz año nuevo!

Para el hombre primitivo, era algo extraño e inexplicable, además de terrible, observar el momento crucial y agónico en el que el sol menguaba día a día y ver como la noche se iba apoderando progresivamente del día y la luz, conforme se acercaba el solsticio de invierno la noche del 24 de diciembre.
Esto traía ritos y sacrificios al sol, para que no se escondiera y desapareciese, y el sol agradecido, comenzaba a alargar los días y acortar las noches desde ese momento.
La iglesia al comprobar que estos ritos no era capaz de suprimirlos del pueblo, trasladó y superpuso el nacimiento de Jesús a este día.
Así como los festivales públicos del fuego de San Juan, eran comunales y participaba toda la comunidad del mismo conjuntamente, (es el solsticio de verano), los que se hacían en el solsticio de invierno, eran de carácter privado y solo familiar, en los que únicamente participaban los miembros que convivían juntos en la misma casa.
Al leño navideño, nuestra tronca de navidad, se le atribuía más familiaridad con la superstición y magia que con la religión, aunque siempre se intentó trasformarlo en un rito religioso, como veremos en la bendición de la tronca.
Por ejemplo a este leño le atribuían dones de fertilidad. Se pensaba que se tendrían tantos corderos, terneros, o cerdos, como brasas saltasen del tronco.
También eran fertilidad para los campos, pues sus cenizas servían en otros ceremoniales para el crecimiento de las mieses.
Igualmente tenía poderes este fuego para proteger de las tormentas.
Esta noche también los fuegos se encendían con propósitos expulsatorios, pues esa noche, la más larga del año, los espíritus sombríos de los muertos circulaban con total libertad.
El empeño cristiano para imponer sus nuevas creencias, aculturó severamente la primitiva mentalidad mágica, reinterpretando las viejas creencias que regían la espiritualidad de nuestras gentes hasta entonces.
Así, la fe popular cristiana fue transformando el carácter de estos ritos, como si solo fuera una leyenda.
Se llegó a entender que los fuegos que se encendían esa noche navideña, se debían a que en un tiempo muy impreciso, en muchas casas se había ofrecido hospitalidad a la sagrada familia y además con el calor ayudaban a la virgen María a secar los pañales del niño.
Por supuesto, se hacían belenes en las casas. Lo del árbol de Navidad es mucho más moderno y copia de los países europeos del norte. Aquí, se hacían belenes con todo el cariño e imaginación posible. Nos contaban que cuando nació Dios, nació en un pesebre, y había una mula y una vaca. La vaca lo laminaba y la mula echaba coces. Por eso la mula no pare y la carne de vaca se come y la de la mula no.
 
La noche del 24 de diciembre era muy especial, una noche en que todos los malos espíritus campaban a sus anchas y aprovechando la larga noche estaban en plena libertad para cometes sus maldades.
Para la persona que quería hacerse bruja o brujo, era la noche apropiada.
En Plan, la aspirante a bruja tenía que matar unos días antes un gato negro. Todo negro. Arrancarle los ojos y guardárselos hasta el día de nochebuena. El día 24 de diciembre, a media noche marchaba con el paquetico a la Peña de las Brujas, que está al otro lado del río, ella sola y, al oír las campanadas de las doce, destapar los ojos del gato. Tenía que aguantar durante una hora todo lo que veía, o todo lo que creía ver… Cuando volvía a casa se encontraba en ella el libré verde o libro de San Cipriano, imprescindible para realizar de allí en adelante su nuevo oficio de bruja.
Pero las que ya lo eran, esa noche ponían en práctica todas sus maldades. Durante la misa del gallo, en que todos los habitantes del lugar se encontraban en la iglesia, era el momento más apropiado para cometer esas maldades.
Lo más normal era la muerte de la mejor caballería de la cuadra o el ganado, que a la salida de la misa, se encontraban los moradores de la casa. Casos hay muchos para contar, y cada caso que aparecía sembraba el miedo por toda la redolada.
De ahí que en muchas casas que temían alguna venganza de las brujas, esa noche multiplicaban sus conjuros, hasta llegar a montar guardia uno de los habitantes en la casa, mientras los demás cumplían con el rito del gallo.
Muchos son los casos de escuchar gran estruendo en los establos y el vigilante entrar en ellos y encontrarse con un dantesco espectáculo: Un animal, (muchas veces felinos), mordiendo a las caballerías en el cuello para desangrarlas, era el habitual, aunque no faltaban lobos, y se llegó a presenciar también osos asesinando animales. En casos de que el guardián que había quedado en casa, llegaba a tiempo y con palos y lo que tuviera a mano las defendiera, escapando ese dañino ser, al día siguiente encontraban en la casa una desagradable sorpresa.
En muchísimos casos aparecía la abuela de la casa con un brazo roto, coja, o cualquier otra lesión. Enseguida se sabía quien era la bruja.
Pero los niños de cuna tenían esa noche una particular maldición. Cuando se regresaba de la misa del gallo, se le podía encontrar sobre el tejado. A esto, si se le tenía gran temor. Nunca que yo recuerde, se los dejaban solos a esa hora.
La misa de gallo, era un rito obligatorio, que cumplía todo el lugar. Si alguien quedaba en alguna casa, tendría motivos muy fundados, como quedarse de protector con algún chicorron, o de los animales de la cuadra.
Esta noche también en la misa, pasaría todo el pueblo a comulgar sin romper el ayuno, que por entonces la iglesia imponía. Como el ayuno era desde las doce de la noche del día anterior…
Alguno veías pasar no muy derecho… y es que la bebida de la cena, había hecho sus efectos.
También te aseguraban que en la Noche Buena las vacas que son pardas se ponen de rodillas en la cuadra, durante la misa del gallo. “Vas a la cuadra y las ves”.
¿Algunas costumbres curiosas de la misa de gallo? Sí. Por ejemplo, los pastores acudían a misa con cordericos llenos de adornos, cintas de colores y esquilas. También en otros sitios, ofrecían un cabrito negro, que luego se quedaba el cura. Los chavales, llevábamos a misa las “bichigas” (las vejigas del tocino, hinchadas a manera de globo) y en el momento de la consagración, “cuando nacía Dios”, se explotaban con gran estruendo y algaraza.
El pasar a adorar al niño que colocaban en el altar, también era motivo de constantes charradas entre la gente, con las advertencias y solicitudes del mosen, pidiendo silencio. Pero es que esa noche, no todos iban lo suficientemente sobrios, y se hacían notar en la forma de cantar.
Una cosa muy curiosa que se hacía en muchos lugares: Antes de ir a misa la abuela ponía dentro de una cesta cantidades de golosinas, como vino poncho, castañas, higos, turrón de guirlache, empanadico… Encima de todos estos manjares colocaba un atadijo de malvas, que las cogía todos los años en la mañana de San Juan antes de salir el sol. Naturalmente estaban secas. Acabada la misa, al regresar a casa examinábamos la cestica, y cual no era la sorpresa al contemplar que las malvas estaban verdes como si estuvieran recién cogidas.  
Después de la misa, el recorrido de todos los del lugar por todas las casas, hacía que el pueblo permaneciera despierto. Con este ir y venir de gente por las carreras, se conseguía espantar y no dejar en paz, a todo lo malo, que esta noche, (la más larga), pretendiera hacer daños, no tuviera la tranquilidad necesaria y la soledad que necesitaban, para hacer sus males.
El día siguiente, con las troncas, la misa, y todos los conjuros, se conseguiría que el día comenzara a ganar a la noche y volviera a nacer otro año.
Y es que esta fecha y no, la del 31, era para nuestras gentes, el cabo de año y principio del siguiente.
Con mi convencimiento aragonés que siempre me enseñaron en casa hoy 25 de diciembre, no os felicito la navidad, sino… ¡Feliz año nuevo!


domingo, 17 de noviembre de 2013

El Aneto

En la segunda semana de octubre del 2004, volví a subir a su cima. Para mí fue una prueba de superación. Hacía trece meses que había sido vuelto a la vida gracias a un trasplante, y era un reto para mí. Puedo decir que fue absolutamente satisfactorio. Estoy seguro que me sobraron fuerzas, gracias a que me acompañó la amiga que me regaló la vida con su donación.
Cuando uno llega a la cima, le vienen recuerdos de leyendas y parece que las está presenciando. Es bonito recorrer Aragón y pararse en cualquier punto, cuando conoces la historia y tradición de esa piedra o paisaje que presencias.
Recordé lo que me contaba un abuelico montañés:
De los montes de Aragón
el más alto es el Turbón.
-Calle, calle, dijo ella:
que más alto es el Cotiella.
-Mentís, metís los dos,
más altos son Tres Sorors.
-Haya silencio completo,
el más alto es el Aneto.
No asistió Monte Perdido
por que se dio por vencido.
Queda, pues, clara la supremacía del Aneto.
Si todo lo misterioso e impenetrable ha dado siempre que hablar a la imaginación popular para adornarlo con leyendas extraordinarias, es lógico que el macizo de la Maladeta, inexplorado durante siglos y siglos, se haya visto envuelto en las brumas de lo legendario y misterioso.
La leyenda primitiva se hunde en la época medieval para contarnos que hace muchísimos años aquellas moles inmensas de hielos que inundan con sus glaciares todas las pendientes y laderas, fueron riquísimos pastos poblados de maravillosas cabañas.
 
Y cuentan que un día apareció por aquellos pastizales un mendigo hambriento y aterido de frío, que solicitó la hospitalidad de los pastores. Ellos crueles, le negaron el asilo. Más aún, azuzaron sus perros contra él con inhumana perversidad. El mendigo –que algunos sugieren que sea el mismo Jesucristo- maldijo a sus pastores y ganados. Al instante quedaron convertidos en piedra y hasta los mismos pastos se transformaron en heleros inhabitables.
Solamente una pastora bondadosa se salvó de la catástrofe. Pero lo cierto es que, en muchas noches gélidas de invierno, desde el refugio de la Renclusa, se escuchan los aullidos espeluznantes de las víctimas. Y no es difícil descubrir los rostros de los pastores desfigurados por un rictus de terror y petrificados entre los recovecos de la montaña. 
El año 1725, Fracesc Sauci, alcalde del pueblecico francés de Esterri, después de una expedición informativa, aseguraba haber visto en diferentes lugares de los montes Malditos, un rebaño de más de siete mil cabezas, todas ellas convertidas en piedras.
Muchos aseguran que entre los pastores había una pastora, la pequeña Annette, a la que llamaron Néthou, que también quedó convertida en bloque de hielo con todo su rebaño. Y Néthou siguen llamando los franceses aún en día al pico de Aneto.
También es verdad que muchos montañeros han recorrido ya todos los vericuetos del macizo, sin que quede ningún paso sin pisar, venciendo así su maldición.
Por lo demás, que Maladeta signifique “maldita” podrá ser en catalán, pero desde luego no en aragonés. En el pueblecico de Aneto llaman al pico Mala-hita y el término “mala”, variante de “malla” o “mallo”, significa “montaña rocosa o mole de piedra” y la terminación “eta”, tan abundante en nuestro idioma, es lugar muy abundante en algo.
Habría que ir deshaciendo errores poco a poco. Tampoco el paso de Mahoma tiene nada que ver con las invasiones agarenas, que nunca llegaron a la bal de Benás. Ni tampoco es que Mahoma viniera a la montaña ya que la montaña no iba a él, como cuenta el milagro del Corán. Su nombre, es más poetíco. Un exoficiál ruso, Platón de Chijachef, en junio de 1842, junto con Franqueville, fueron los primeros en cruzar esa arista entre dos abismos. La arista le evocó a Franqueville, ese puente del más allá que en la tradición islámica se presenta como más fino que un cabello y más afilado que un sable y que las almas deben esforzarse en atravesar el día del juicio final para alcanzar el paraíso de Mahoma.
Nada tiene, por tanto, de maldito el maravilloso nudo montañero. Uno de los más entusiastas pirineístas Russel, que estaba prendado del Aneto, hasta llegó a pensar y lo intento, comprar todo el macizo de la Maladeta.