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ZARAGOZA, ARAGÓN, Spain
Creigo en Aragón ye Nazión

sábado, 25 de octubre de 2014

Curanderos aprovechados

En nuestro Aragón, además de tener unos curanderos que lo curaban todo, no han faltado los que han abusado de la credulidad de la gente sencilla y de la esperanza con que todos nos aferramos a cualquier remedio cuando se trata de la salud.
Hace años pasó por Hecho, un hombre que se decía curandero. Lo recuerda todo el pueblo. Hacía cosas rarísimas. Igual le untaba a uno el cuerpo de “chordigas” (ortigas), como a otro le hacía tirarse hacia atrás desde encima de una mesa.
Era un espabilado y les sacó los cuartos. Cuando la gente empezó a sospechar de él, de sus métodos y de sus intenciones, desapareció sin dejar rastro. Nadie sabía su nombre ni de dónde venía.
De otro estilo diferente fue, un curandero que tuvo una enorme clientela en la Puebla de Fantova y de donde salió enriquecido de verdad, aunque oficialmente no cobraba nada.
Todas las enfermedades las curaba con sales de oro, por aquello que la salud es un tesoro, y al hacer el diagnóstico pedía siempre la cantidad necesaria de oro en polvo.
Los enfermos cogían sus medallas, cruces, sortijas o alguna “dobleta” (moneda) vieja que tenían por la casa, la llevaban a moler a Graus y con sus diez o quince gramos de oro volvían al curandero.
El colocaba dos vasos enormes de agua encima de la mesa. En uno de ellos echaba el polvo de oro y, una vez posado, hacía beber de un solo trago al enfermo. Si paraba un momento para respirar, debía terminar y “juagarse” (enjuagarse)  bien la boca con el otro vaso, con lo que conseguía que todo el oro se le quedase en casa.
A continuación, ya, recetaba la hierba adecuada a cada caso. Tampoco cobraba aunque se valía de su buena memoria, recordando cada vez a la persona precisa…
-¿Cuan son las molestias?, le preguntaban.
Nada, nada, la voluntad. ¿De dónde ha dicho que es usted?
-De Benabarre.
-Pues no sé, Fulano de Tal una vez me dejó veinte duros.
El otro para no ser menos, le dejaba cuarenta.
Entre los curanderos “espabilados”,  que siempre han abundado y abundan por nuestra tierra, quizá ninguno tan famoso como “Palomé de Bolea”. Mariano Ruiz Lapargada que cubre la medicina furtiva y popular de casi un siglo; murió en 1931 a los 89 años, según consta en la partida de defunción dando como razón facultativa “a consecuencia de senilidad”, lo que tampoco extraña mucho dado su arte en sanar a los demás.
“Palomé” era distinto. Que por algo era de Bolea. No estoy seguro de que la gente lo tomase en serio como curandero, pero se divertían y la verdad es que tenía una especie de halo de popularidad y tal vez por un “si tuviera razón…” seguían sus consejos.
Bolea (Huesca)
 
Sus recetas muy fáciles: para dislocaciones, hierba de gargallo cocida con manteca. Se aplica y listos. Desviaciones de columna y lesiones semejantes, se batía una clara de huevo con incienso, pez blanca, pez negra, harina y anís. Esta “pilma”  (emplaste) era definitiva tanto para personas como para animales.
La hemiplejia la curaba poniendo en la cabeza del enfermo una paloma blanca –tenía que ser blanca del todo- que se tenía que estar allí hasta “humedecerle” la cabeza.
A veces la receta era fina de verdad. A un enfermo le endilgó un emplasmo de güeñas de buey negro. Esa hizo fama y lo malo es que Palomé al poco tiempo tuvo que ir al médico, una de las pocas veces que le tocó.
-¿Qué tiene, señor Mariano?, le preguntó el médico.
-Pues mié usté, un dolor sobre tal parte…
El médico, con una sonrisa maliciosa le recetó “güeñas de buey negro”… Palomé se puso colorado, protestando que eso no hacía nada.


martes, 7 de octubre de 2014

El alumbrado de Zaragoza

Nos trasladamos desde la fundación de la ciudad a los años 1860, que no se conocía otra iluminación que teas, candiles y cualquier artilugio con que alumbrarse. Uno se lo imagina muy bien, cuando conoció la electricidad en su lugar de nacimiento a la edad de 7 años. Hay que imaginarse una ciudad totalmente a oscuras y solo transitada por la noche por alguien que portara una antorcha, candil o similar.
Sobre 1800, la ciudad necesitaba alumbrado público para poder circular por ella. Era un gran adelanto aquellos farolillos alimentados de aceite, en la vía pública. Las calles de Zaragoza empezaban a iluminarse con farolas. Y para las farolas, hacían falta faroleros. Todos los días salían provistos de una escalera y el correspondiente farolillo en la mano. Durante las noches de luna llena, los moradores tenían que contentarse con la luz de este astro.
 En aquellas invernadas, los faroleros pasaban las de Caín. En una cazuela llevaban unas brasas para deshelar el aceite de las candilejas. Todos los días iban a buscar el aceite a la Lonja para reponer el consumido. Terminada la faena, quedaba la ciudad con sus gusanos de seda, que tal era el efecto causado por las farolas en cuestión.
Pero cuando soplaba el Moncayo, que en esto de soplar seguimos igual, la ciudad quedaba a oscuras. Basta recordar lo ocurrido al visitar Zaragoza el general Espartero el 12 de mayo de 1856, para colocar el primer rail en las obras del ferrocarril Zaragoza a Madrid. Se habían instalado espléndidas iluminaciones. Pero no se contó con la presencia del Moncayo, que en un momento dejó la ciudad en tinieblas.
Cuando el petróleo vino a sustituir al aceite, sucedía, pero no con tanta frecuencia.
Pero llegó el gas. ¡Que gran adelanto! Zaragoza quería marchar con el siglo. El 17 de mayo de 1864 fue adjudicada la instalación de gas a la sociedad bancaria Credit Lyonnais. La contrata fue por 50 años. Aprobado el proyecto en octubre de 1864, la empresa francesa adquirió terrenos en la zona de Miraflores (entre el camino de las Torres y el río Huerva) para construir la fábrica de gas, inaugurada en la primavera de 1865.
Salida a Plaza Magdalena desde San Lorenzo
 
A primeros de abril de 1866 empezó el suministro a particulares en la calle Espartero, Coso hasta la calle Don Jaime y Paseo de la Independencia.
Este siglo estaba lleno de sorpresas. Prácticamente acababa de instalarse en las farolas de la ciudad el gas, cuando aparece la electricidad. En Europa se conoce por primera vez, en una exposición celebrada en Francfort el año de 1893. En Zaragoza se sentían anhelos por la instalación de la gran conquista.
Prueba de ello es que en el programa de fiestas del Pilar de 1894, se señalaba que para el día 19 de octubre de este año, el siguiente y curioso número: “Al terminar los fuegos se encenderá una luz eléctrica sobre el Puente de Piedra, la cual arderá por espacio de dos horas”.
Se abrieron dos tendencias para la instalación del alumbrado público de la ciudad: la del aprovechamiento  de la fuerza hidráulica y la de vapor.
Isaac Peral defendió esta última desde una platea del Teatro Goya de la calle San Miguel nº 10 y surgió por proyecto suyo, el 2 de agosto de 1893 la “Electra Peral Zaragozana” con capital zaragozano por un montante de 600.000 ptas.
Pero el ingeniero Genaro Checa representaba la tendencia del aprovechamiento de la fuerza hidráulica y se fundó la “Compañía Aragonesa de Electricidad” el 6 de octubre de 1894. Los trabajos para la construcción de su estación central en la calle de San Miguel, habían comenzado el 2 de agosto.
Su primer abonado fue el Casino de Zaragoza, el 19 de Septiembre de de 1894. Cinco días después se iluminaba el Gobierno Civil y la casa del Barón de la Torre, entonces alcalde de Zaragoza.
Poco a poco se va haciendo frecuente la instalación del resto de la ciudad, con distintas empresas, hasta que en 1911 se fusionan en “Eléctricas Reunidas de Zaragoza”.
Pero muchos años después todavía seguían siendo necesarios los faroleros para encender diariamente las farolas de Zaragoza, esta vez ya con luz eléctrica. En marzo de 1950, alumbraban las calles más de 300 bombillas. La plantilla de faroleros se componía de 16 hombres provistos de pértigas para encender cada una por medio de interruptores colocados en las partes altas de la calle. Había que verlos cuando se hacía de noche encendiéndolas y por la mañana pasar otra vez para apagarlas.


domingo, 5 de octubre de 2014

LA PLAZA DEL PILAR

Sin restar méritos a las demás plazas antiguas de Zaragoza, porque todas tienen su historia, habremos de conceder a la del Pilar una marcada preferencia.
Uno, que desconocía la historia de ella, intentó recoger lo más que pudo de las vicisitudes y cambios que ha pasado hasta la actual trasformación, en lo que hoy conocemos como el salón de la ciudad.
Para conseguirlo, he consultado muchos libros en bibliotecas y escritos, que debo agradecer a amigos que para que los dejara tranquilos un preguntón como yo, tuvieron a bien el prestarme.
Guardo en los aposentos de la memoria, cuyas puertas no han cerrado los años, recuerdos de tan destacado pormenor y de otros varios más por si acaso, temeroso de que llegase a flaquear, caso frecuente, cuidé de hacer anotaciones que sirvieran de unión para historiar esta plaza legendaria de muy diversas fisonomías a través de las épocas; ¡Cuántas costumbres y acontecimientos habrán desfilado por la plaza del Pilar!
De los primeros latidos de su historia no queda más que un lejano eco dormido en su recinto. Cuando los moros se apoderaron de la ciudad, los cristianos mozárabes se agruparon en esta parte de la población, en tomo a una capilla dedicada a la Virgen del Pilar, que ya existía, y en el fosal existente a la sazón, fueron sepultados sus restos. Después de la reconquista de Zaragoza por Alfonso I el Batallador (1118) llegó a servir dicho fosal de cementerio general para los feligreses de todas las parroquias.
Y así sucedió en tiempos del antiguo templo de Santa María la Mayor (derribado en el siglo XVII para construir el actual) por sentencia anterior de don Sancho de Ahones, obispo de Zaragoza en 1220. El sepultar cadáveres de todos los fieles junto a la iglesia del Pilar, era normal, pues los enterramientos siempre se hacían junto a las iglesias. De esto tenemos pruebas en casi todos los lugares de Aragón. Sobre aquel fosal, solía reunirse a veces el Concejo para tratar de asuntos importantes; y eso aun después de adquirir la Casa del Puente como primer ayuntamiento de la ciudad. Estas reuniones tenían lugar dentro del claustro de la iglesia, próximo a la capilla de Santa Ana, donde se encontraba el cementerio particular de la parroquia de Santa Marta que por entonces ese nombre tenía.
Pasaron años y ya en 1332, la plaza del Pilar comenzó a presentar otras derivaciones. Entonces se estableció el mercado principal por autoridad del almutazaf, hasta que Jaime II lo mandó trasladar a la actual ubicación del mercado central.
Por unas y otras razones, en 1617 seguía considerada la plaza como lugar profano. El Cabildo de la Seo alegó ante la Sagrada Congregación de Ritos, que esta plaza era un lugar abierto por el que entraban caballerías y se vendía pescado los días de cuaresma y viernes y sábados restantes. En efecto, así se hacía en desvencijadas garitas frente a la posada llamada "de los Huevos" (situada en lo que es hoy número. 23), hospedería de infinidad de arrieros y trajinantes. También se efectuaban ventas de bienes muebles e inmuebles. Motivos fueron éstos, aparte de algunos divertimientos que en ella tuvieron lugar, para que el arzobispo de Zaragoza don Alonso de Aragón diera en 24 de octubre de 1513 una sentencia, prohibiendo al Capítulo de la Colegiata de Santa María que sacase por la parroquia otra procesión que la de Santa Ana (autorizada por privilegio apostólico).a no ser con licencia del Prelado o prior y Capítulo del Salvador. Desde 1890 desfiló por el templo.
En el siglo XVII se celebraron en la plaza del Pilar, justas, torneos, cañas, fuegos artificiales, toros y otros regocijos de la época, aunque no con la frecuencia observada en otros lugares de la ciudad, más propios para tales esparcimientos. Según documentos de ese siglo, con motivo de ser beatificado con gran pompa en el año 1664. San Pedro Arbués, hubo varias fiestas en Zaragoza.
En la plaza del Pilar se corrieron cañas y los caballeros don Francisco Pueyo y don Antonio Luna, lidiaron toros que causaron numerosas víctimas. Después ya sé sabe que tales festejos taurinos siguieron de lleno como antes, en la plaza del Mercado (hoy de Lanuza) hasta ser inaugurada la Plaza de Toros en 1764.
A finales de 1718 se iba a inaugurar el nuevo templo del Pilar, el actual, con la fachada principal a todo lo largo de la plaza.
 Una gran preocupación se dejaba sentir. Su suelo ofrecía una altura considerable con relación al pavimento de la nueva iglesia.
Cómo sería que por algunas partes se hicieron gradas para bajar al templo. Muchas veces fue consultada la opinión de arquitectos sin llegar a una solución. Los escarpes no satisfacían los deseos. Cortar un terreno dejándolo en plano inclinado resultaba poco práctico. Efectuar un desmonte completo equivalía a una empresa costosísima.
Existía también el peligro de las casas que circundaban la plaza si se quitaba .la tierra descubriendo cimientos. ¿Qué hacer?
Nuestros zaragozanos habían fraguado un plan. El carácter aragonés no se arredraba así como así. ¡Un plan! ¿Por quién se trazó? Nada se supo. Un buen día, el 26 de noviembre de 1717 (fecha en que la iglesia del Pilar celebraba la fiesta de .los desposorios de Nuestra Señora), después de cantarse vísperas y completas en ambos templos metropolitanos, acudieron a la Plaza del Pilar relevantes personalidades.
El primero, el arzobispo don Manuel Pérez de Araciel y Rada, y tras éste, el Deán y demás miembros del Cabildo. Asimismo estuvieron presentes todos los regidores.
Plaza del Pilar años 20
La profusión de zapas y espuertas que aparecieron amontonadas en la mañana de ese día, guardadas por obreros que el Concejo reunió, hubo de llamar poderosamente la atención, y por ello acudieron al ámbito de la plaza infinidad de curiosos. Por la tarde, en el momento apuntado, comenzó la faena. El propio arzobispo tomó la primera espuerta cargada de tierra y se la dio al deán; de manos de éste pasó a las de otros prebendados y de ellas a .las de los regidores y así sucesivamente hasta llegar la carga inicial al Ebro.
Asombrado el público e imbuído de singular entusiasmo, se prestó de buen grado a colaborar, conocida la finalidad.
Pronto acudieron los Capítulos de las parroquias, Comunidades. religiosas., señoras de todas las clases sociales y hombres de varia condición, entre ellos, muchos obreros que habían dado fin a la jornada, sin pararlos ni en el frío ni la nocturnidad. No se hablaba de otra cosa en Zaragoza.
En fechas sucesivas, tales fueron .los ofrecimientos, que se hizo preciso regularizar el trabajo y señalar horas. Aquellas personas que por su estado de salud o atención de obligaciones ineludibles, no podían colaborar en la prestación personal, enviaron importantes limosnas para gratificar a trabajadores menesterosos y atender otros gastos.
Extendida la noticia a villas y lugares de la redolada, todos sus moradores quisieron participar en los trabajos, solicitando permiso de la Iglesia como una gracia, y venían a la ciudad según los avisos, en tropel, trayendo sus vituallas para no ser gravosos, a cuyo fin, el Concejo atorgó franquicia para su introducción. No se cobraban los abastos. Se distinguieron en la faena, que no conoció preferencia alguna, los labradores que con sus yuntas labraban la plaza y arrastraban la tierra utilizando sus carros y galeras.
Este espectáculo, duró 38 días. No. hizo falta más tiempo. El día 2 de enero de 1718, se había dado cima a la colosal empresa sin lamentar ni una sola desgracia ni un solo hecho desagradable.
Por fortuna ninguna casa peligró. Sus dueños debieron profundizar los cimientos aumentando a todas un patio y un cuarto. Para allanar el piso de la plaza con el pavimento de la nueva iglesia, se sacaron a juicio de cálculos técnicos unos 12.960 estados de tierra. (Un estado de tierra equivalía a 11,179 Metros cuadrados).
El caso fue que el templo actual se inauguraba el 11 de octubre de 1718, y que, meses antes, estaba lista la plaza del Pilar, con rudimentario pavimento de tierra apisonada, al mismo nivel que el de la iglesia.
Muy avanzada la segunda mitad del siglo XIX el 4 de noviembre de 1866, la subidica del Mesón de los Navarros empezó a dar paso a la magnífica calle de Alfonso que se abriría con máxima celeridad. Años más tarde, se construyeron las casas del Pasaje.
El día 13 de marzo de 1867, se trazaban los primeros jardines; muy ampliados y modernizados después, ya bastante entrado el siglo XX.


lunes, 22 de septiembre de 2014

¿Curanderos? Un remedio: la saliva.

La saliva, como uno de los ingredientes personales de un hombre (dicen que ahora se puede identificar a una persona por la composición de su saliva igual que por sus huellas dactilares), era una de las grandes medicinas empleadas por nuestros antiguos curanderos, que tampoco podía ser cualquiera, sino que tendría que tener algún “don” o “gracia”.
Ser séptimo hermano y todos del mismo sexo, nacer en el solsticio de invierno, viernes santo, la santa cruz…
 Ya comentamos de un curandero que bendecía sus medallas-remedio con agua bendita y su saliva.
Como ejemplo, me vienen a la memoria, dos curanderos de Arén. Hacían todo tipo de curaciones: “nerbos acaballaus”, dolores de cabeza, “torzones”, fiebres de cualquier especie y, naturalmente, eran especialistas en los huesos. No había dislocación que se les resistiera.
Y lo curioso es que el tratamiento lo solían llevar al alimón. Indistintamente empezaba uno la curación, la proseguía el otro sin ningún orden determinado, como si quisieran compartir la responsabilidad de la cura y la gloria del éxito.
Ellos aseguraban que tenían “don”, aunque ignoro la razón de tenerlo. Y se manifestaba en los poderes mágicos que ambos poseían en la saliva. El último toque en cualquier dolencia era con esa segregación suya, a no ser que la rebeldía del mal exigiese más aplicaciones de saliva de uno o de los dos.
Por ejemplo se presentaba uno a (vamos a llamarlo Paco), para que le atendiese de un hombro descoyuntado a consecuencia de una caída o de un mal gesto cargando talegas. Paco lo examinaba despacio, luego, lo cogía por la muñeca y con un tirón brusco que hacía lanzar al herido un grito desgarrador, le levantaba el brazo hasta arriba del todo. El paciente sudaba frío y casi se le escapaban las lágrimas de los ojos.
-Bueno, mira. Ahora te estás quieto, sentado, toda la tarde y antes de cenar te pasas por casa de (lo llamaremos Jacinto).
Jacinto le masajeaba el hombro por delante y por detrás y luego le colocaba un vendaje para inmovilizarlo lo más posible y lo mandaba a la cama:
-Y mañana vete a ver a Paco para que te quite el vendaje.
Paco le levantaba la cura, le masajeaba la parte dolorida y lo remitía para el día siguiente a su compañero. El último que lo atendía –y esta era la señal de curación completa- untaba con saliva al paciente ya repuesto.
 
Como se ve, con razón los llamaban “los curanderos de Arén.
Cuando se presentaba un parto difícil, un remedio que decían era infalible, era el llamar a un curandero o curandera, para untar con saliva el vientre de la parturienta.
Pero os cuento de otra curandera, que dicen que además era bruja: María de Gregorier. Ella misma confirmaba que era bruja y que su saliva era bálsamo. Y por lo que se ve, estos bálsamos naturales resultaban una panacea universal que hubieran envidiado los médicos medievales que andaban con la triaca magna. María lo curaba todo y según cuentan no lo debía hacer mal.
Era de Cortillas y por el pueblo apareció un carrilano de la tierra baja y en tertulia nocturna, en la cadiera de la casa donde se hospedaba oyó hablar de la curandera y lo tomó a broma, burlándose de la credulidad de los montañeses. Ellos le advirtieron que debía tener cuidado al hablar así de ella, porque podía tomar represalias contra su persona.
El caso es que a la hora de irse a acostar, y probablemente porque el candil no alumbraba suficientemente, el carrilano dio un traspiés en las escaleras de la cuadra, y a consecuencia del traspiés se torció el tobillo.
Lo atribuyeron a castigo de la curandera bruja.
La María se presentó en casa y, puesta en antecedentes de todo, quizás por marcarse un farol reivindicó la torcedura como obra suya y prodigando sonrisas de victoria empezó a friccionarle el pie. Lo estuvo trabajando un buen rato y todos contemplaban la escena, divertidos y socarrones.
-Bueno, ahora apoye el pie con cuidado… eso es: se lo he dejado nuevo (y le golpeaba con fuerza) y aprenda a no reírse de María de Gregorier.
El carrilano asintió, o mejor, corrigió:
-Bien; pues ahora ya sé que de bruja y adivinadora no tienes nada. A ver si tienes algo de curandera y me arreglas este otro pie que es el que está lastimado, ya que hasta ahora te he presentado el bueno…


sábado, 13 de septiembre de 2014

Chistes “hechos” de nuestros mayores

Nuestros aragoneses en los chistes hechos, la gracia consiste, en buena parte, en que no se pretende hacer gracia. Es que salen así, con una espontaneidad total y con toda una lógica contundente, como la de aquel agüerano que salía de la taberna un tantico bebido y marchaba a casa como podía, el pobre. Entre traspiés y traspiés le oyeron murmurar: “-Chen no en beigo, aire non fa, pus ¿Quién m´empuxa?”.
Y hablando de Agüero y de agüerano, bueno será recordar aquí uno de sus pregones que le hicieron famoso. Unos amigos míos lo escucharon y se fueron detrás del pregonero hasta que se lo aprendieron de memoria. De esta manera llegó a mis oídos:
“D´orden d´o Chirau chiqué fago saber: que to´l que tienga cans y canas, que las encarcabille, que n´habido una zarzallota en a puerta d´o Chirau chiqué, que si ye en a puerta d´o Chirau gran, se suspende a fiesta”.
Y aquí va la traducción para los menos versados: De orden del segundo alcalde hago saber: que todo el que tenga perros y perras, que les ponga un bozal, por que ha habido una riña de perros en la puerta del segundo alcalde, que si llega a ser en la puerta del Alcalde Mayor se suspende la fiesta.
No estoy seguro de la autenticidad de esta otra anécdota, pero dicen que uno de la montaña bajó a Barbastro, al dentista. Ante la pregunta del doctor “¿Qué muela le duele?” contestó nuestro montañés:
-Según s´entra, la tercera a mano cucha.
Y hablando de visitas a médicos, me viene a la memoria, la mazada de Peper de Las Almunias. Le dolía bastante un ojo desde hacía tiempo y por fin se decidió a que lo visitara un médico. Se pegó toda la tarde esperando su turno sentado en una silla, y por fin le tocó a él. Estaba tranquilo, pues la verdad es que el aplomo y el sentido del humor no lo perdió nunca.
-Buenas tardes. Que venía a que me mirase este ojo.
El oculista lo examinó detenidamente y con aire de preocupación comento:
-¡Oy! Este ojo lo tiene usted perdido.
-Pues si lo tengo perdido, por aquí tiene que estar, que no m´hi movido de aquí en toda la tarde.
Todo un chiste era también el gaitero de Santa Eulalia la mayor, que murió hace ya muchos años. Y decimos de Santa Eulalia la mayor, por que si fuera la pequeña no sería gaitero sino trompetero, conforme al dicho “En Santolarieta tocan la trompeta”. De todas formas, al Gaitero de Santolaria no es fácil que se le oyera tocar la gaita, pues el apodo le venía de cuando tenía quince años y se fabricaba sus propios instrumentos. Luego, lo suyo era la bandurria, el clarinete, el violín y… la dalla. Y todos los tocaba de oído (menos la dalla, claro).
Charlista divertidísimo, contaba las historietas de todos los pueblos con alguna de su cosecha. Así te enterabas que en Loscertales el alguacil había cazado un pinchán y pidió permiso al alcalde para hacer una lifara para todo el pueblo. Metieron el pajarico en un caldero. Como la cantidad de carne era tan exigua que el bicho flotaba en solitario por arriba, el alcalde mandó que mojaran todos pan en el agua y él se comió el pinchán.
Aunque lo bueno debía ser oírlo tocar y con una potencia capaz de enderezar un bombardino. Sólo que lo que tocaba era el clarinete que ya estaba enderezado. Los comentarios unánimes, aún hoy eran: “Subía por Nocito tocando o clarinete y dende Isarre ya se sentía”.
Esto me recuerda otra historia de la montaña, esta vez del Moncayo. Sabemos que en Añón hacían concursos de charangas musicales de todos los lugares de alrededor. El pueblo está en lo alto. El jurado se ponía en el cobalto de la carretera y las charangas subían tocando cuesta arriba. La banda que se oía desde más lejos era la ganadora.
 
Hablando de chistes hechos, recuerdo a dos hermanos de Rodellar. Se les había muerto una mula y tenían que labrar. ¿Cómo iban a llevar el aladro con una mula sola? La solución fue luminosa: uno de los hermanos se uncía con el macho que les quedaba y el otro llevaba la esteva. Tenía que ser divertido verlos así por la güebras. Y mejor aún oírlos en plena faena:
-“¡Pasallá, carbonero…! ¡Y tú Valentín, ya sabes!
Recuerdo aquel montañés que soltó la mazada sin pensar en las consecuencias de ella, solo por que cuando se nos ocurre una cosa, la soltamos sin pensar en si pueda molestar. Viene esto a cuento, por que este hombre observaba una hermosa nevada y al ver al mosen con la sotana en medio de ella, le debía parecer como una mosca en un vaso de leche. Sin medir las palabras, le espetó:
-“¡Mosen, gúen diya pa cazar curas!”.
Una salida que bien la hubiera firmado “Puchaman de Lobarre”. Este fue famoso por toda la redolada y tendríamos muchas horas para contar historias de él. Solo os cuento hoy una anécdota de él, que realmente me conmovió cuando me la contaron.
Aquella mañana había bajado a Huesca y a la hora de almorzar decidió que lo tenía que hacer a conciencia, aunque en su pochón no tintinearan más que dos reales. Por ese precio nada mejor que la desaparecida posada “Escusacenas”. En la calle Peligros, estaba la famosa posada.
No había demasiado trajín a aquellas horas tempranas y la dueña lo pasó a la cocina como persona de confianza. El pidió, como hacía otras veces, un par de huevos fritos y se dispuso a almorzar como Dios manda.
También en la cocina, y todavía a medio vestir, estaba el pequeñín de la familia (el caganiedos, como decimos en aragonés), un niñé de unos dos años que no perdía detalle de todo lo que allí pasaba, aunque sin hacer ningún comentario, que todavía no hablaba.
Frió los huevos la dueña. Bajó la mesa de la cadiera sujeta con una aldaba, colocó un hule a cuadros azules, restregó un trapo encima y sirvió el plato con los cubiertos y el pan. Mocó al crio con la punta del delantal, cogió el porrón y marchó con él a la bodega.
La rapidez de reflejos de Puchamán hizo el resto. Se comió los dos huevos en menos tiempo que tardo yo en contarlo y con lo último que le quedaba en el plato untó los morricos del pequeñajo y fingió que marchaba momentáneamente a la cuadra, procurando volver a la cocina al mismo tiempo que lo hacía la dueña con el porrón.
Al entrar los dos, la escena hablaba por si sola. El plato estaba vacío y la boquica del nene embadurnada de amarillo. La indignación de la madre fue instantanea y además justificadísima. Dio una zotaina al crío, que no entendía nada de lo que estaba pasando y a continuación preparó otro par de huevos al comensal que se los comió como si tal cosa.


lunes, 8 de septiembre de 2014

La manera de hacerse bruja o brujo

Cuando repaso las anotaciones en la libreta de mi infancia, se me mezclan los recuerdos y trato de memorizar aquellas charradas…
Las brujas, muchas veces eran las conversaciones que llenaban las largas veladas de invierno en nuestras cadieras. Las más de las veces se orientaban hacia el poder de sugestión que siempre han tenido las mujeres por sus encantos naturales y además por sus malas artes. No todos estaban de acuerdo, claro. Aunque las mujeres que participaban en las charradas, eran las que más se afirmaban en estas aseveraciones.
 Además a las brujas siempre las habían pintado como viejas legañosas y de mirada torva. Con eso se descartaba que las mocetas fueran brujas hasta dentro de muchos años...
-Pues yo siempre he oído decir que las brujas eran jóvenes y muy guapas. Es más, siempre se ha dicho que cualquier mujer que tenga una sola peca en la cara o en cualquier otro sitio basta para que no pueda ser bruja.
-¡Anda! A mí me dijo mi abuela que todas las brujas llevan alguna marca y que por eso se conocen.
 
En materia tan importante como la brujería, resulta capital aprender a detectar a las brujas. A través de los tiempos han existido métodos a cuál más original.
De las personas "catadoras" o conocedoras de brujas voy comentando en muchas ocasiones, pues durante la vida del nuestros aragoneses, siempre se estaba alerta para poder detectarlas. Muchos de los métodos podían ser aplicados por cualquiera aunque no tuviera don especial.
 
-Pero, bueno, ¿son brujas porque llevan la marca o llevan la marca porque son brujas?
-Sí, eso: ¿Cómo se hacen brujas? ¿O nacen ya brujas?
 
Las marcas. Se suponía que la bruja tenía alguna parte del cuerpo insensible y se iba pinchando con agujas hasta encontrarla. Lo que a veces ocurría, es que se utilizaban agujas falsas que se introducían en su funda en vez de pinchar con lo que la bruja, indefectiblemente, quedaba convicta.
En muchos lugares, para encontrar esta señal frotaban el cuerpo con una toalla nueva y luego con un trapo de lana que envolvía ceniza -algunos utilizaban agua bendita-. Al pasarlo por el lugar de la marca ésta se hacía visible: a continuación pinchaban con la aguja comprobadora.
 
El uso del falso punzón con punta retráctil se utilizó muchas veces, cuando la supuesta bruja era de casas pudientes, con lo que salían airosas de la prueba.
Se creía también que las brujas o brujos,  eran incapaces de recitar correctamente el padre nuestro y esto se utilizó como prueba.
 
-Pues algunas ya deben de nacer brujas, como ésas que vienen al mundo envueltas en una telica.
-Pero también pueden ser curanderas.
-¿Y es que hay mucha diferencia?
-¿Y qué más da? Lo que yo pregunto es que si alguna no nace así, ¿cómo puede hacerse bruja?
 
Parecía que el tema de la brujería no solamente me interesaba a mí, pues había cantidad de chavales que estaban informadísimos, no sé cómo, tal vez por oír hablar a sus abuelos. Contaron lo de dar la mano la bruja moribunda para traspasar los poderes de brujería a su nieta, que yo ya conocía. Algunos añadieron otros métodos más espeluznantes:
-Pues en Laspuña -nos comentó un  montañés de Chistau- la moza que quería ser bruja tenía que abrir un gato y clavarle en el corazón siete alfileres, hasta causar la muerte del animal. No debían ser ni más ni menos. No podía el corazón pararse antes del séptimo pinchazo, ni seguir latiendo después de clavar el último alfiler.
 
Por muchos lugares de la Ribagorza y el Sobrarbe, el método es revolcarse, completamente desnudo por encima de un zarzal de púas bien erizadas mientras se reniega con toda la fuerza y furia. Dicen que los pinchos del zarzal no hacen mal.
Otro procedimiento consiste en meterse una aguja larga de hacer media por la oreja izquierda y presionarla hasta que salga por la oreja derecha.
Y otro más: dicen que quien quiere ser bruja o brujo tiene que ir a las doce de la noche a un cruce de cuatro caminos; si el que va es un hombre, le sale un perro negro; si es mujer, una gallina negra.
Entonces ha de seguir al animal sin parar de decir "¡Quiero ser brujo, quiero ser brujo!" o "¡Quiero ser bruja, quiero ser bruja!" según sea hombre o mujer y el animal les lleva a un sitio en donde está el demonio con quien hacen el pacto.
 
Este último procedimiento que os paso por hoy, se parece bastante al seguido en otros lugares de la Aquitania o el Bear, auque muy utilizado por nuestras gentes:
-Una noche llevad una gallina blanca a una encrucijada; ponedla en el centro de un círculo que habréis trazado con una vara de avellano. A media noche el Diablo se aparecerá en medio de una batahola espantosa. Si no tenéis miedo, volved a coger la gallina, sangradla en la encrucijada y enterradla; coged sus plumas y ya sois brujo o bruja.
 
En todos los casos si la conversión en brujo o bruja se producía, en ese momento o al llegar a casa, aparecía el libro “Berde” o de “San Cipriano”. Con ellos ya podrían hacer conjuros y toda suerte brujeril.
 
Pero será tema para otro ratico…


lunes, 1 de septiembre de 2014

¿Ocurrió en una muga?

Si uno es aficionado a la montaña, se ha podido tropezar cerca de la frontera con una especie de pilote con una cruz grabada y un número. En realidad no está cerca de la frontera, sino en la misma muga. El palo vertical de la cruz indica exactamente el encuentro de Francia y España. Otras veces, en vez de pilote, el dato está labrado en la roca, como en el caso de la muga 305 que puede observarse junto a la carretera en el antiguo puesto fronterizo de Somport.
La primera marca dentro de Aragón también es así y lleva el número 273. Se encuentra en el puerto de Ansó o Pertrechera, no lejos de la mesa de los Tres Reyes, el punto que reunía el reino de Francia, el de Navarra y el de Aragón. . Este verano os invito acercaros por la zona de Ansó y llegar hasta la “Mesa de los Tres Reyes”, al menos en la imaginación. Allí se eleva, majestuosa, a 2488. metros de altura, no lejos de Ansó y por encima de Petrechena.
Así la llaman también los franceses, Table des Trois Rois. En una guía gala del Pirineo, especifica que se llamaba así porque estaba en la muga del reino de Aragón, del de Navarra y del de Francia y en ella se podían sentar para conversar los tres reyes, a la misma mesa, pero acomodado cada uno dentro de su territorio.
No es la única que tenemos. Con el mismo nombre se denomina también al lugar que dividía los reinos de Aragón, Navarra y Castilla y que corresponde a los términos municipales de Tarazona, Ágreda y Fitero, respectivamente. En ella nos consta que se reunieron nuestro Alfonso II con Alfonso VIII el de las Navas, de Castilla y Sancho el Fuerte de Navarra y nos los imaginamos respaldados cada uno por sus guardias reales.
Tampoco parece absurdo que los muchos tratados de señalamiento de fronteras y amojonamiento de los tres vecinos requiriese alguna vez la presencia real. En el archivo de Ansó se encuentran abundantes tratados ya desde el siglo XII. El último, que sepamos, la Concordia entre los valles de Ansó y Aspe en 1608, que por cierto está redactado en aragonés.
No creáis que eso de los límites es tan fácil como lo decidieron los de Pomar con sus vecinos de Estiche, allí en el Cinca. ¡No lo sabéis? Parece que litigaban los dos pueblos y no parecía muy claro dónde estaba la raya de los dos municipios.
Pomar del Cinca (Huesca)
 
A fin de solucionarlo de una vez llegaron al acuerdo de decidirlo con una prueba deportiva. ¡Que bien si los problemas se resolvieran así en vez de hacerlo con las armas!. Pues bien, la prueba consistía en una carrera entre dos mozos, uno de cada pueblo, que representaban a sus municipios.
El de Estiche saldría corriendo en dirección a Pomar, al mismo tiempo saldría de su pueblo en dirección a Estiche. En el punto en el que se encontrasen los dos mozos se pondría la frontera de los dos pueblos.
 Parecía una medida muy equitativa. Cada pueblo eligió a su mejor atleta. Pero los de Pomar fueron muy cucos y antes de la carrera obsequiaron al zagal de Estiche con ciruelas calientes. Las ciruelas hicieron su efecto rápidamente en el estómago del corredor, le removieron las tripas y tuvo que pararse por el camino seis o siete veces para aliviar su diarrea. Cuando se rehizo, ya estaba llegando el otro a Estiche. Esto a propósito de límites. Perdón por la digresión pero me puede el contaros cosas de esta nuestra tierra.
La Mesa de los Tres Reyes, desde luego, resultaba propicia para el diálogo. ¿Quien sabe si allí también se ventilaron los problemas de Petilla de Aragón?
No sabemos muy bien por qué Pedro II de Aragón la cedió en prenda a Sancho de Navarra a principios del siglo XIII y algunos años mas tarde Jaime I la cedió definitivamente a los navarros. No debía de considerarla de gran valor, ni él ni sus sucesores ya que en el año 1502, Carlos III de Navarra intentó devolverla al rey de Aragón, Martín el Humano, y éste no la aceptó.
¿Se trataría el negocio en la Mesa de los Tres Reyes?
Las gentes de “la bal de Onsella” dan otra versión mucho más simpática y no sabemos si tienen razón, por que lo cierto es que tengo gran fe en las leyendas, más que en los cronistas  e historiadores. La tradición dice que el rey aragonés y el navarro se la jugaron a las cartas y la perdió nuestro monarca. La apuesta era Petilla de Aragón y Gallipienzo de Navarra. Si la suerte nos hubiera sido propicia, Petilla sería nuestra y también Gallipienzo como enclave dentro de Navarra. Pero entiendo por que perdió nuestro rey.
La jugaron a la brisca. Si se la hubieran jugado al guiñote, otro gallo nos hubiera cantado.
Aclaro que cuando me contaron la historia en Undués, lo decían con toda seriedad y parecían convencidos. Da lo mismo. Ya no queda asignatura pendiente por este asunto. Solo el sentimiento de frustración.
 Y conozco alguna pareja guiñotera que se enfrentaría ahora gustosa  a los navarros pera jugarse cualquier cosa: aunque fuera Zaragoza por Pamplona. Pero, al guiñote, ¿querrán ellos?...


martes, 19 de agosto de 2014

Huesca y Aragón, su historia a mi manera (III) Guerrilleros

Andábamos por la antigüedad y hoy vamos a dar un salto porque así nos lo pide el hilo que dejamos suelto al hablar de las guerrillas, que como ya dijimos fueron un invento aragonés de nuestros Indíbil y Mandonio. El salto es exactamente al siglo XIX, cuando la afrancesada, que es la época dorada de los guerrilleros.
Parece que el ejército regular no podía con los escuadrones de Napoleón. Entonces fue cuando el pueblo se organizó por su cuenta. En cualquier pueblo aparecía un médico, un labrador o un cura que agarraba la escopeta y se echaba al monte a matar franceses como quien va a cazar conejos. Así surgieron Mina, Juan Martín el Empecinado, el Cura Merino...
¿Y en Aragón, qué? Pues no íbamos a ser menos los inventores de las guerrillas. Fueron tantos los famosos que salieron a la caza de gabachos que no se puede nombrar a todos.
Una aclaración: he dicho gabachos en vez de franceses. ¿Es que les tengo manía? Servidor no tiene manía a nadie y, por supuesto, odio el insulto. Por eso viene mi aclaración. Y aquí la filología otra vez. La terminación “-cho” en castellano tiene un claro significado despectivo; así decimos: un libracho, una casucha, un pueblucho. Pero en aragonés, no.
La desinencia en “-cho” la recibimos ya de los vascones y para ellos tiene un matiz diminutivo y cariñoso; así dicen Javiercho, amacho “madrecita”, etc. Para nosotros, un perdigacho significa una cría de perdiz, con toda la ternura que nos inspira. Y así decimos también engardacho, aligucho...
La palabra gabacho es también diminutivo cariñoso y vendría a significar los habitantes de los gaves; es decir, de los Pirineos franceses, en donde los ríos reciben ese nombre: el gave de Pau, el gave de Lourdes, etc. Eso es, ni más ni menos, lo que en aragonés quiere decir gabacho.
Cierro mi digresión y a perdonar. Siempre me voy por los cerros de Úbeda. Ya sé que es un defecto mío, que no me lo puedo quitar. Es la deformación de quien tiene muchas cosas que decir y se pasa de una cosa a otra y las ideas se le enganchan como las cerezas del cestico.
Tenemos multitud de guerrilleros y la historia ha sido injusta con ellos al destacar a los castellanos y olvidarse de los aragoneses.
Ahí tenéis a Villacampa, de Laguarta, que jamás fue derrotado y que tuvo en jaque continuo al enemigo. Lo recuerda la canción:
“Villacampa siempre acampa
por los campos de Aragón;
de Monzón a Tamarite,
de Tamarite a Monzón
y si el tiempo lo permite
otra vez a Tamarite”.
Estuvo en el segundo Sitio de Zaragoza con los voluntarios de Huesca y, además, defendió la iglesia de Santa Engracia, que estaba en las afueras, que pertenecía a la diócesis de Huesca y que los chepis no podían defender.
 
¡Vaya, otra vez el insulto! Que no, que ya sé que los zaragozanos no son cheposos. Pero es que así se lo parecía a nuestras gentes cuando iban a la ciudad del Ebro. Entraban por el puente de Piedra y todos sabéis que siempre está ventilado por culpa del Moncayo (el cierzo y la contribución, la perdición de Aragón).
Cuando por el puente se encontraban a un zaragozano, indefectiblemente lo veían encorvado, caminando como podía contra la ventolera.
De allí lo de cheposos o chepis.
Bien. Santa Engracia se defendió y su pertenencia a la diócesis de Huesca, que lo fue durante más de ochocientos años (exactamente, 837). Aunque resulta que luego Zaragoza se empezó a estirar hacia el sur y Santa Engracia resultó la mejor y más rica parroquia de la ciudad.
Hace unos cincuenta años, una disposición de la Santa Sede hizo volver la parroquia a la diócesis zaragozana (480.000 habitantes) y se compensó con el arciprestazgo de Berbegal (casi 700 habitantes), que entonces pertenecía a Lérida y que nos devolvieron los catalanes después de desvalijar su tesoro artístico (el frontal de Berbegal, al museo leridano; la portada de la iglesia de El Tormillo, a adornar la iglesia de San Martín de Lérida; y así… ).
La devolución de Santa Engracia fue curiosa, y así se la oí contar al canónigo mosén Benito Torrellas, que la vivió muy de cerca. El arzobispo de Zaragoza, don Casimiro Morcillo, quería su devolución y se dedicó a complicarle la vida al párroco de Santa Engracia. Por ejemplo, el cementerio de Torrero pertenecía a la parroquia oscense. Cuando había un entierro de cualquier otra parroquia, la comitiva acompañaba al difunto como entonces se hacía, con clero y cruz parroquial, pero sólo hasta el límite de su diócesis; allí esperaba el clero de Santa Engracia, se hacia cargo del entierro y lo acompañaba al cementerio.
Con motivo de la visita del nuncio, don Casimiro Morillo lo acompañó al Pilar, pero dando un buen rodeo por toda la ciudad, y cada diez minutos le comentaba: “Eminencia, estamos en la diócesis de Huesca”, “Todavía seguimos en la diócesis de Huesca”. Y así por toda la ciudad, hasta que le informó: “Ahora entramos en la diócesis de Zaragoza”, y en cinco minutos lo llevó hasta el Pilar. El nuncio saco la impresión de que nueve décimas partes de Zaragoza eran diócesis de Huesca.
Pues bueno, decía que fueron Villacampa y sus voluntarios de Huesca los que defendieron Santa Engracia. Aunque el fundador de estos voluntarios no fue Villacampa, sino Perena, Felipe Perena, abogado oscense que dejó la toga por la espada y desde entonces se dedicó a las armas, llegando a ser teniente general. Cuando en los Sitios de Zaragoza atacaban con más furia los franceses, los heroicos defensores decían con mucha sorna: “Es que por el otro lado empuja Perena”.
También se militarizaron para siempre Mariano Renovales y Juan Antonio Tabuenca. Y a la lista de jefes guerrilleros habría que añadir gentes de toda nuestra geografía aragonesa, como Sarasa, labrador y pelotari; Valero Ripoll, que era chocolatero; García Marín, notario que con sus voluntariosos jaqueses invadió Francia, destruyó las ferrerías de Urdoux y se volvió a España cuando le apretaron las nieves, no los ejércitos; y el Cantarero; y Juan Pedrosa, fundador de los “Pardos de Aragón”; y el barón de Eroles; y Joaquín de Pablo, alias Chapalarraga, con la ayuda de otros dos jefes de los que no conocemos el nombre, pero sí el apodo: Pesoduro y Marcaro. El primero debió de serlo y mucho, y además fue fusilado por traición.
El espíritu de independencia del aragonés nunca se doblegó por las malas.
Recuerdo ahora la historia de Antonio Pérez, el secretario de Felipe II que se refugió en Aragón al perseguirle su monarca y Aragón le franqueó el paso a Francia, lo que le costó la cabeza a Juan de Lanuza, Justicia Mayor del Reino.
Antonio Pérez preparó desde Francia la invasión de nuestro reino con la ayuda de unos cuantos aragoneses fueristas; el más destacado, Martín de Lanuza. Al frente de doscientos arcabuceros ocupó el fuerte de Terradel, junto a Sallent, conquistó el pueblo y hasta el mismo Biescas.
Era febrero de 1592. Las tropas francesas estaban formadas por protestantes que tenían la orden de no hacer mal ninguno, “ni robar las iglesias, ni tomar custodias, cálices ni patenas”, pero ellos no hicieron caso. Sus tropelías fueron terribles y esto exacerbó a los montañeses, más amigos de Dios que de los fueros, y la respuesta fue contundente.
El 19 de febrero los franceses evacuaban Biescas previendo que les pudiesen cortar el paso en Santa Elena, pero aquí, en el barranco que baja al Gállego, tuvo lugar la masacre. Hasta Biescas bajaba el río rojo de sangre.
Todavía el riachuelo se llama Barranco de Luterials, es decir, de los luteranos. Los pocos que pudieron escapar de ahí fueron perseguidos y capturados en su propio pueblo por los sallentinos.
Que así las gastaban nuestros montañeses.


jueves, 14 de agosto de 2014

Huesca y Aragón, su historia a mi manera (II)

Decíamos en el anterior artículo que solamente tres ciudades en la antigüedad tuvieron la gloria de poseer el título de “Ciudad Vencedora”: Roma, Cartago y Huesca.
Hoy añadimos otro timbre de gloria a nuestra tierra: la primera universidad de España se creó en nuestra tierra. Una de las primeras de Europa: la Universidad Sertoriana, unos cincuenta años antes del nacimiento de Cristo. Y no fue por casualidad, no. Las cosas nunca son por casualidad. El señor José de Almudévar le preguntaba al recién llegado doctor don Carlos: “¿Por casualidad es usted el nuevo médico?” Y él contestaba: “Por casualidad, no; por oposición”.
Aquí las cosas sucedieron por obra y gracia de un general romano: Quinto Sertorio, uno de los hombres más controvertidos de la historia antigua. ¿Quiso enfrentar Hispania a Roma o quiso ganarse Roma desde Hispania? Nunca lo sabremos. Lo que sí sabemos es que era más vivo que el hambre y, después de dar muchas batallas y muchas vueltas por nuestra vieja piel de toro, recaló en Osca. Se prendó de ella -lógico- y aquí la armó buena.
Fundó un senado igual que el de Roma, con lo que los oscenses se sintieron importantes. Quiso, además, romanizar a los hijos de los caciques ilergetes y vascones y para ello fundó su flamante universidad. Los alumnos tenían los mismos derechos que los estudiantes romanos y vestían la misma túnica.
Y Huesca hizo temblar a Roma. No es broma. Ni exageración.
Recordad la inscripción de años más tarde: “Una vez vencida la romana Palas, la Osca Vencedora tiene las riquezas del mundo y de Roma, y ésta, vencida, la teme”. Fueron aquellos catorce años en que no se veía claro dónde iba a estar la capital del mundo, si en Roma o en Huesca.
El final lo sabemos todos. Y la táctica romana también: la suya. En un banquete fue asesinado Quinto Sertorio a manos de su lugarteniente Perpena, comprado por Roma.
Y muerto el perro, ¿se acabó la rabia?
No, no. Porque fijaos que el título de Vencedora lo recibió años más tarde y se lo concedió Julio César porque Huesca le ayudó de manera decisiva en la batalla de Ilerda. Buena ayuda y buena recompensa.
Sin embargo, uno se pregunta si habría alguna razón más. Porque también le ayudaron en numerosas ocasiones otras muchas ciudades, como Narbona, Balterra, Viena, Nimes, Lyon, y a ninguna de ellas concedió el título de Vencedora. ¿Era porque Huesca sobresalía en fama a todas las demás?
Recogí una leyenda sobre César y los vascones y, como dicen los italianos, “se non e vera, e bene trovata” “si no es cierta, está acertada”.
Data de cuando las legiones romanas conquistaron Hispania.
Bueno, toda no. Se ve que no pudieron con nuestro Pirineo y el pueblo vascón es el único del orbe que “pactó” con ellos. Los demás fueron sencillamente dominados. Hasta los ingleses, que presumen de que nadie pudo invadirlos, César los invadió.
Recordad que los vascones, o una parte muy importante de ellos, vivían en el Alto Aragón -Jacetania y Cinco Villas, sobre todo--. Pues bien, la leyenda nos habla de una singular batalla entre estos vascones y los legionarios romanos. Estos iban armados hasta los dientes con sus lanzas, arcos y redes. Y protegidos de arriba abajo con sus yelmos, petos, corazas...; como los vemos en Semana Santa, vamos. Nuestros montañeses llevaban, sin más, un sayal de piel y una espada cortica que les impedía acercarse a sus enemigos y que, cuando golpeaba, siempre tropezaba con hierro. No había manera. Aquello era la desesperación. Pero resulta que, de repente, a uno se le ocurrió golpear no de arriba abajo, como todos, sino al revés, de abajo arriba, y la espada se clavó por la única parte desprotegida de los guerreros: la entrepierna y bajo vientre.
Dio un alarido de triunfo y gritó a sus compañeros:
-jSabeletik gora! ( ¡Por la tripa para arriba!”)
La consigna corrió por todos los vascones, que, en poco tiempo, despanzurraron -al pie de la letra- a todo el ejército. Tanto, que a la batalla la llamaron Erregil (“fácil de matar”) y dio nombre al actual Régil en Guipúzcoa.
Desde entonces, los romanos ya no se atrevieron a enfrentarse con los vascones y pactaron con ellos. Es más, fueron reclutados para legionarios romanos. Otro día hablaremos de estos legionarios que llevaron a Roma nada menos que el lábaro romano.
Pero estábamos hablando del Aragón, antes de llamarse así.
Aquí, en nuestra tierra precisamente, estaban los ilergetes, el pueblo más importante y numeroso de nuestra tierra antes de la llegada de los romanos. El pueblo que se enfrentó a ellos con su valentía y que luego se romanizó más que ninguno.
Primero se opuso. Y aquí entran dos personajes maravillosos de la historia, por desgracia desconocidos en el Alto Aragón: Indíbil y Mandonio, probablemente hermanos y, ¡atención!, los inventores de las guerrillas.
 
La guerrilla se inventó en España, claro. Y por eso la palabra guerrilla existe así en todos los idiomas. Y, además, fue en Huesca. Con Indíbil y Mandonio, que mediante esta lucha de sorpresas llegaron a derrotar nada menos que al general romano Escipión, aunque más tarde se aliaron con él contra los cartagineses y también fueron traicionados. Mandonio murió crucificado. Siempre hemos dado a Viriato, el lusitano, como el primer luchador celtibérico. No, no: Indíbil y Mandonio lucharon setenta años antes que él.
En Lérida les levantaron un monumento, con esa ilusión catalana de adjudicarse gratuitamente lo nuestro. Aquí no tienen ni una calle.
Es curioso lo de las calles de Huesca. Tiene una, por ejemplo, el rector Sichar, que aunque oscense, de Estada, siendo rector de la Universidad Sertoriana hizo todo lo posible para que desapareciera la universidad y marchara a Zaragoza. Menos mal que no tiene calle don Pedro Cerbuna, de Fonz, que le ayudó cuanto pudo.
En cambio, tampoco tiene calle don Vicente Ventura y Solana, cheso, catedrático de la misma universidad, que la defendió como nadie y prefirió quedarse en profesor de instituto para no abandonar Huesca por la Universidad de Zaragoza.
Fue el primer director del instituto; no tiene una calle. Como tampoco la tienen Indíbil y Mandonio. Se los adjudicó Lérida, pero ellos eran, son, nuestros, de Tamarite, o, mejor aún, de Albelda, ya que hay que identificar su patria, Mendiculeia, con los preciosos prerromanos que conservamos allí y que los literanos llaman Los Castellasos. A recordarlo, pues: los primeros guerrilleros fueron aragoneses, en el siglo III antes de Cristo.
Luego vendrían otros muchos, muy geniales, que “de casta le viene al galgo”.
Seguiremos…