Datos personales

Mi foto
ZARAGOZA, ARAGÓN, Spain
Creigo en Aragón ye Nazión

lunes, 1 de septiembre de 2014

¿Ocurrió en una muga?

Si uno es aficionado a la montaña, se ha podido tropezar cerca de la frontera con una especie de pilote con una cruz grabada y un número. En realidad no está cerca de la frontera, sino en la misma muga. El palo vertical de la cruz indica exactamente el encuentro de Francia y España. Otras veces, en vez de pilote, el dato está labrado en la roca, como en el caso de la muga 305 que puede observarse junto a la carretera en el antiguo puesto fronterizo de Somport.
La primera marca dentro de Aragón también es así y lleva el número 273. Se encuentra en el puerto de Ansó o Pertrechera, no lejos de la mesa de los Tres Reyes, el punto que reunía el reino de Francia, el de Navarra y el de Aragón. . Este verano os invito acercaros por la zona de Ansó y llegar hasta la “Mesa de los Tres Reyes”, al menos en la imaginación. Allí se eleva, majestuosa, a 2488. metros de altura, no lejos de Ansó y por encima de Petrechena.
Así la llaman también los franceses, Table des Trois Rois. En una guía gala del Pirineo, especifica que se llamaba así porque estaba en la muga del reino de Aragón, del de Navarra y del de Francia y en ella se podían sentar para conversar los tres reyes, a la misma mesa, pero acomodado cada uno dentro de su territorio.
No es la única que tenemos. Con el mismo nombre se denomina también al lugar que dividía los reinos de Aragón, Navarra y Castilla y que corresponde a los términos municipales de Tarazona, Ágreda y Fitero, respectivamente. En ella nos consta que se reunieron nuestro Alfonso II con Alfonso VIII el de las Navas, de Castilla y Sancho el Fuerte de Navarra y nos los imaginamos respaldados cada uno por sus guardias reales.
Tampoco parece absurdo que los muchos tratados de señalamiento de fronteras y amojonamiento de los tres vecinos requiriese alguna vez la presencia real. En el archivo de Ansó se encuentran abundantes tratados ya desde el siglo XII. El último, que sepamos, la Concordia entre los valles de Ansó y Aspe en 1608, que por cierto está redactado en aragonés.
No creáis que eso de los límites es tan fácil como lo decidieron los de Pomar con sus vecinos de Estiche, allí en el Cinca. ¡No lo sabéis? Parece que litigaban los dos pueblos y no parecía muy claro dónde estaba la raya de los dos municipios.
Pomar del Cinca (Huesca)
 
A fin de solucionarlo de una vez llegaron al acuerdo de decidirlo con una prueba deportiva. ¡Que bien si los problemas se resolvieran así en vez de hacerlo con las armas!. Pues bien, la prueba consistía en una carrera entre dos mozos, uno de cada pueblo, que representaban a sus municipios.
El de Estiche saldría corriendo en dirección a Pomar, al mismo tiempo saldría de su pueblo en dirección a Estiche. En el punto en el que se encontrasen los dos mozos se pondría la frontera de los dos pueblos.
 Parecía una medida muy equitativa. Cada pueblo eligió a su mejor atleta. Pero los de Pomar fueron muy cucos y antes de la carrera obsequiaron al zagal de Estiche con ciruelas calientes. Las ciruelas hicieron su efecto rápidamente en el estómago del corredor, le removieron las tripas y tuvo que pararse por el camino seis o siete veces para aliviar su diarrea. Cuando se rehizo, ya estaba llegando el otro a Estiche. Esto a propósito de límites. Perdón por la digresión pero me puede el contaros cosas de esta nuestra tierra.
La Mesa de los Tres Reyes, desde luego, resultaba propicia para el diálogo. ¿Quien sabe si allí también se ventilaron los problemas de Petilla de Aragón?
No sabemos muy bien por qué Pedro II de Aragón la cedió en prenda a Sancho de Navarra a principios del siglo XIII y algunos años mas tarde Jaime I la cedió definitivamente a los navarros. No debía de considerarla de gran valor, ni él ni sus sucesores ya que en el año 1502, Carlos III de Navarra intentó devolverla al rey de Aragón, Martín el Humano, y éste no la aceptó.
¿Se trataría el negocio en la Mesa de los Tres Reyes?
Las gentes de “la bal de Onsella” dan otra versión mucho más simpática y no sabemos si tienen razón, por que lo cierto es que tengo gran fe en las leyendas, más que en los cronistas  e historiadores. La tradición dice que el rey aragonés y el navarro se la jugaron a las cartas y la perdió nuestro monarca. La apuesta era Petilla de Aragón y Gallipienzo de Navarra. Si la suerte nos hubiera sido propicia, Petilla sería nuestra y también Gallipienzo como enclave dentro de Navarra. Pero entiendo por que perdió nuestro rey.
La jugaron a la brisca. Si se la hubieran jugado al guiñote, otro gallo nos hubiera cantado.
Aclaro que cuando me contaron la historia en Undués, lo decían con toda seriedad y parecían convencidos. Da lo mismo. Ya no queda asignatura pendiente por este asunto. Solo el sentimiento de frustración.
 Y conozco alguna pareja guiñotera que se enfrentaría ahora gustosa  a los navarros pera jugarse cualquier cosa: aunque fuera Zaragoza por Pamplona. Pero, al guiñote, ¿querrán ellos?...


martes, 19 de agosto de 2014

Huesca y Aragón, su historia a mi manera (III) Guerrilleros

Andábamos por la antigüedad y hoy vamos a dar un salto porque así nos lo pide el hilo que dejamos suelto al hablar de las guerrillas, que como ya dijimos fueron un invento aragonés de nuestros Indíbil y Mandonio. El salto es exactamente al siglo XIX, cuando la afrancesada, que es la época dorada de los guerrilleros.
Parece que el ejército regular no podía con los escuadrones de Napoleón. Entonces fue cuando el pueblo se organizó por su cuenta. En cualquier pueblo aparecía un médico, un labrador o un cura que agarraba la escopeta y se echaba al monte a matar franceses como quien va a cazar conejos. Así surgieron Mina, Juan Martín el Empecinado, el Cura Merino...
¿Y en Aragón, qué? Pues no íbamos a ser menos los inventores de las guerrillas. Fueron tantos los famosos que salieron a la caza de gabachos que no se puede nombrar a todos.
Una aclaración: he dicho gabachos en vez de franceses. ¿Es que les tengo manía? Servidor no tiene manía a nadie y, por supuesto, odio el insulto. Por eso viene mi aclaración. Y aquí la filología otra vez. La terminación “-cho” en castellano tiene un claro significado despectivo; así decimos: un libracho, una casucha, un pueblucho. Pero en aragonés, no.
La desinencia en “-cho” la recibimos ya de los vascones y para ellos tiene un matiz diminutivo y cariñoso; así dicen Javiercho, amacho “madrecita”, etc. Para nosotros, un perdigacho significa una cría de perdiz, con toda la ternura que nos inspira. Y así decimos también engardacho, aligucho...
La palabra gabacho es también diminutivo cariñoso y vendría a significar los habitantes de los gaves; es decir, de los Pirineos franceses, en donde los ríos reciben ese nombre: el gave de Pau, el gave de Lourdes, etc. Eso es, ni más ni menos, lo que en aragonés quiere decir gabacho.
Cierro mi digresión y a perdonar. Siempre me voy por los cerros de Úbeda. Ya sé que es un defecto mío, que no me lo puedo quitar. Es la deformación de quien tiene muchas cosas que decir y se pasa de una cosa a otra y las ideas se le enganchan como las cerezas del cestico.
Tenemos multitud de guerrilleros y la historia ha sido injusta con ellos al destacar a los castellanos y olvidarse de los aragoneses.
Ahí tenéis a Villacampa, de Laguarta, que jamás fue derrotado y que tuvo en jaque continuo al enemigo. Lo recuerda la canción:
“Villacampa siempre acampa
por los campos de Aragón;
de Monzón a Tamarite,
de Tamarite a Monzón
y si el tiempo lo permite
otra vez a Tamarite”.
Estuvo en el segundo Sitio de Zaragoza con los voluntarios de Huesca y, además, defendió la iglesia de Santa Engracia, que estaba en las afueras, que pertenecía a la diócesis de Huesca y que los chepis no podían defender.
 
¡Vaya, otra vez el insulto! Que no, que ya sé que los zaragozanos no son cheposos. Pero es que así se lo parecía a nuestras gentes cuando iban a la ciudad del Ebro. Entraban por el puente de Piedra y todos sabéis que siempre está ventilado por culpa del Moncayo (el cierzo y la contribución, la perdición de Aragón).
Cuando por el puente se encontraban a un zaragozano, indefectiblemente lo veían encorvado, caminando como podía contra la ventolera.
De allí lo de cheposos o chepis.
Bien. Santa Engracia se defendió y su pertenencia a la diócesis de Huesca, que lo fue durante más de ochocientos años (exactamente, 837). Aunque resulta que luego Zaragoza se empezó a estirar hacia el sur y Santa Engracia resultó la mejor y más rica parroquia de la ciudad.
Hace unos cincuenta años, una disposición de la Santa Sede hizo volver la parroquia a la diócesis zaragozana (480.000 habitantes) y se compensó con el arciprestazgo de Berbegal (casi 700 habitantes), que entonces pertenecía a Lérida y que nos devolvieron los catalanes después de desvalijar su tesoro artístico (el frontal de Berbegal, al museo leridano; la portada de la iglesia de El Tormillo, a adornar la iglesia de San Martín de Lérida; y así… ).
La devolución de Santa Engracia fue curiosa, y así se la oí contar al canónigo mosén Benito Torrellas, que la vivió muy de cerca. El arzobispo de Zaragoza, don Casimiro Morcillo, quería su devolución y se dedicó a complicarle la vida al párroco de Santa Engracia. Por ejemplo, el cementerio de Torrero pertenecía a la parroquia oscense. Cuando había un entierro de cualquier otra parroquia, la comitiva acompañaba al difunto como entonces se hacía, con clero y cruz parroquial, pero sólo hasta el límite de su diócesis; allí esperaba el clero de Santa Engracia, se hacia cargo del entierro y lo acompañaba al cementerio.
Con motivo de la visita del nuncio, don Casimiro Morillo lo acompañó al Pilar, pero dando un buen rodeo por toda la ciudad, y cada diez minutos le comentaba: “Eminencia, estamos en la diócesis de Huesca”, “Todavía seguimos en la diócesis de Huesca”. Y así por toda la ciudad, hasta que le informó: “Ahora entramos en la diócesis de Zaragoza”, y en cinco minutos lo llevó hasta el Pilar. El nuncio saco la impresión de que nueve décimas partes de Zaragoza eran diócesis de Huesca.
Pues bueno, decía que fueron Villacampa y sus voluntarios de Huesca los que defendieron Santa Engracia. Aunque el fundador de estos voluntarios no fue Villacampa, sino Perena, Felipe Perena, abogado oscense que dejó la toga por la espada y desde entonces se dedicó a las armas, llegando a ser teniente general. Cuando en los Sitios de Zaragoza atacaban con más furia los franceses, los heroicos defensores decían con mucha sorna: “Es que por el otro lado empuja Perena”.
También se militarizaron para siempre Mariano Renovales y Juan Antonio Tabuenca. Y a la lista de jefes guerrilleros habría que añadir gentes de toda nuestra geografía aragonesa, como Sarasa, labrador y pelotari; Valero Ripoll, que era chocolatero; García Marín, notario que con sus voluntariosos jaqueses invadió Francia, destruyó las ferrerías de Urdoux y se volvió a España cuando le apretaron las nieves, no los ejércitos; y el Cantarero; y Juan Pedrosa, fundador de los “Pardos de Aragón”; y el barón de Eroles; y Joaquín de Pablo, alias Chapalarraga, con la ayuda de otros dos jefes de los que no conocemos el nombre, pero sí el apodo: Pesoduro y Marcaro. El primero debió de serlo y mucho, y además fue fusilado por traición.
El espíritu de independencia del aragonés nunca se doblegó por las malas.
Recuerdo ahora la historia de Antonio Pérez, el secretario de Felipe II que se refugió en Aragón al perseguirle su monarca y Aragón le franqueó el paso a Francia, lo que le costó la cabeza a Juan de Lanuza, Justicia Mayor del Reino.
Antonio Pérez preparó desde Francia la invasión de nuestro reino con la ayuda de unos cuantos aragoneses fueristas; el más destacado, Martín de Lanuza. Al frente de doscientos arcabuceros ocupó el fuerte de Terradel, junto a Sallent, conquistó el pueblo y hasta el mismo Biescas.
Era febrero de 1592. Las tropas francesas estaban formadas por protestantes que tenían la orden de no hacer mal ninguno, “ni robar las iglesias, ni tomar custodias, cálices ni patenas”, pero ellos no hicieron caso. Sus tropelías fueron terribles y esto exacerbó a los montañeses, más amigos de Dios que de los fueros, y la respuesta fue contundente.
El 19 de febrero los franceses evacuaban Biescas previendo que les pudiesen cortar el paso en Santa Elena, pero aquí, en el barranco que baja al Gállego, tuvo lugar la masacre. Hasta Biescas bajaba el río rojo de sangre.
Todavía el riachuelo se llama Barranco de Luterials, es decir, de los luteranos. Los pocos que pudieron escapar de ahí fueron perseguidos y capturados en su propio pueblo por los sallentinos.
Que así las gastaban nuestros montañeses.


jueves, 14 de agosto de 2014

Huesca y Aragón, su historia a mi manera (II)

Decíamos en el anterior artículo que solamente tres ciudades en la antigüedad tuvieron la gloria de poseer el título de “Ciudad Vencedora”: Roma, Cartago y Huesca.
Hoy añadimos otro timbre de gloria a nuestra tierra: la primera universidad de España se creó en nuestra tierra. Una de las primeras de Europa: la Universidad Sertoriana, unos cincuenta años antes del nacimiento de Cristo. Y no fue por casualidad, no. Las cosas nunca son por casualidad. El señor José de Almudévar le preguntaba al recién llegado doctor don Carlos: “¿Por casualidad es usted el nuevo médico?” Y él contestaba: “Por casualidad, no; por oposición”.
Aquí las cosas sucedieron por obra y gracia de un general romano: Quinto Sertorio, uno de los hombres más controvertidos de la historia antigua. ¿Quiso enfrentar Hispania a Roma o quiso ganarse Roma desde Hispania? Nunca lo sabremos. Lo que sí sabemos es que era más vivo que el hambre y, después de dar muchas batallas y muchas vueltas por nuestra vieja piel de toro, recaló en Osca. Se prendó de ella -lógico- y aquí la armó buena.
Fundó un senado igual que el de Roma, con lo que los oscenses se sintieron importantes. Quiso, además, romanizar a los hijos de los caciques ilergetes y vascones y para ello fundó su flamante universidad. Los alumnos tenían los mismos derechos que los estudiantes romanos y vestían la misma túnica.
Y Huesca hizo temblar a Roma. No es broma. Ni exageración.
Recordad la inscripción de años más tarde: “Una vez vencida la romana Palas, la Osca Vencedora tiene las riquezas del mundo y de Roma, y ésta, vencida, la teme”. Fueron aquellos catorce años en que no se veía claro dónde iba a estar la capital del mundo, si en Roma o en Huesca.
El final lo sabemos todos. Y la táctica romana también: la suya. En un banquete fue asesinado Quinto Sertorio a manos de su lugarteniente Perpena, comprado por Roma.
Y muerto el perro, ¿se acabó la rabia?
No, no. Porque fijaos que el título de Vencedora lo recibió años más tarde y se lo concedió Julio César porque Huesca le ayudó de manera decisiva en la batalla de Ilerda. Buena ayuda y buena recompensa.
Sin embargo, uno se pregunta si habría alguna razón más. Porque también le ayudaron en numerosas ocasiones otras muchas ciudades, como Narbona, Balterra, Viena, Nimes, Lyon, y a ninguna de ellas concedió el título de Vencedora. ¿Era porque Huesca sobresalía en fama a todas las demás?
Recogí una leyenda sobre César y los vascones y, como dicen los italianos, “se non e vera, e bene trovata” “si no es cierta, está acertada”.
Data de cuando las legiones romanas conquistaron Hispania.
Bueno, toda no. Se ve que no pudieron con nuestro Pirineo y el pueblo vascón es el único del orbe que “pactó” con ellos. Los demás fueron sencillamente dominados. Hasta los ingleses, que presumen de que nadie pudo invadirlos, César los invadió.
Recordad que los vascones, o una parte muy importante de ellos, vivían en el Alto Aragón -Jacetania y Cinco Villas, sobre todo--. Pues bien, la leyenda nos habla de una singular batalla entre estos vascones y los legionarios romanos. Estos iban armados hasta los dientes con sus lanzas, arcos y redes. Y protegidos de arriba abajo con sus yelmos, petos, corazas...; como los vemos en Semana Santa, vamos. Nuestros montañeses llevaban, sin más, un sayal de piel y una espada cortica que les impedía acercarse a sus enemigos y que, cuando golpeaba, siempre tropezaba con hierro. No había manera. Aquello era la desesperación. Pero resulta que, de repente, a uno se le ocurrió golpear no de arriba abajo, como todos, sino al revés, de abajo arriba, y la espada se clavó por la única parte desprotegida de los guerreros: la entrepierna y bajo vientre.
Dio un alarido de triunfo y gritó a sus compañeros:
-jSabeletik gora! ( ¡Por la tripa para arriba!”)
La consigna corrió por todos los vascones, que, en poco tiempo, despanzurraron -al pie de la letra- a todo el ejército. Tanto, que a la batalla la llamaron Erregil (“fácil de matar”) y dio nombre al actual Régil en Guipúzcoa.
Desde entonces, los romanos ya no se atrevieron a enfrentarse con los vascones y pactaron con ellos. Es más, fueron reclutados para legionarios romanos. Otro día hablaremos de estos legionarios que llevaron a Roma nada menos que el lábaro romano.
Pero estábamos hablando del Aragón, antes de llamarse así.
Aquí, en nuestra tierra precisamente, estaban los ilergetes, el pueblo más importante y numeroso de nuestra tierra antes de la llegada de los romanos. El pueblo que se enfrentó a ellos con su valentía y que luego se romanizó más que ninguno.
Primero se opuso. Y aquí entran dos personajes maravillosos de la historia, por desgracia desconocidos en el Alto Aragón: Indíbil y Mandonio, probablemente hermanos y, ¡atención!, los inventores de las guerrillas.
 
La guerrilla se inventó en España, claro. Y por eso la palabra guerrilla existe así en todos los idiomas. Y, además, fue en Huesca. Con Indíbil y Mandonio, que mediante esta lucha de sorpresas llegaron a derrotar nada menos que al general romano Escipión, aunque más tarde se aliaron con él contra los cartagineses y también fueron traicionados. Mandonio murió crucificado. Siempre hemos dado a Viriato, el lusitano, como el primer luchador celtibérico. No, no: Indíbil y Mandonio lucharon setenta años antes que él.
En Lérida les levantaron un monumento, con esa ilusión catalana de adjudicarse gratuitamente lo nuestro. Aquí no tienen ni una calle.
Es curioso lo de las calles de Huesca. Tiene una, por ejemplo, el rector Sichar, que aunque oscense, de Estada, siendo rector de la Universidad Sertoriana hizo todo lo posible para que desapareciera la universidad y marchara a Zaragoza. Menos mal que no tiene calle don Pedro Cerbuna, de Fonz, que le ayudó cuanto pudo.
En cambio, tampoco tiene calle don Vicente Ventura y Solana, cheso, catedrático de la misma universidad, que la defendió como nadie y prefirió quedarse en profesor de instituto para no abandonar Huesca por la Universidad de Zaragoza.
Fue el primer director del instituto; no tiene una calle. Como tampoco la tienen Indíbil y Mandonio. Se los adjudicó Lérida, pero ellos eran, son, nuestros, de Tamarite, o, mejor aún, de Albelda, ya que hay que identificar su patria, Mendiculeia, con los preciosos prerromanos que conservamos allí y que los literanos llaman Los Castellasos. A recordarlo, pues: los primeros guerrilleros fueron aragoneses, en el siglo III antes de Cristo.
Luego vendrían otros muchos, muy geniales, que “de casta le viene al galgo”.
Seguiremos…


domingo, 10 de agosto de 2014

Huesca y Aragón, su historia a mi manera

Hoy es la fiesta grande de Huesca. Y quiero expresaros mis pensamientos sobre el nacimiento de nuestro Aragón pero desde esta hermosa ciudad. Seguramente no son los correctos y muchos historiadores se echarán las manos a la cabeza al escucharme.
Durante unos días voy a tener la osadía de meterme en vuestras casas a través de mi blog para hablaros de Aragón. Los polacos tienen un refrán muy expresivo que dice que “el huésped no invitado es peor que un tártaro”. Si éste es el caso, podéis darme con la puerta en las narices -y bien que haréis- no entrando en este blog. No hace falta ni que pongáis la escoba boca abajo.
Si os resignáis a leerme, sabed que os exponéis a oír hablar de Aragón, de nuestras cosas, de nuestra tierra, de su gran historia y de sus pequeñas historias, que reflejan un aspecto de nuestra personalidad.
Ahora está visto que no estamos para lecturas. Bien que lo saben los escritores y los libreros.
El vendedor de libros a domicilio oyó esta respuesta en una casa:
-¿Libros? Si ya tenemos uno...
Y eso que ahora todo el mundo sabe leer. No es corno antes. A nadie “le estorba lo negro”. Esa es la expresión con que se defendían los analfabetos: “No, perdone, me estorba lo negro”.
Los niños, ya de muy pequeños, tenían que ayudar en la casa: sacar la cabra a pastar, coger yerba para los conejos, hacer viajes a la fuente para llenar la tinaja, plantar lazos para cazar alguna liebre... y en la escuela nunca pasaban de los palotes. Las niñas, ni aun eso: si aprendían algo eran labores, coser, hilar, hacer calceta; las más espabiladas, bordar punto de cruceta o tejer encaje de bolillos.
Y la cosa venía de antiguo, cuando la cultura se había refugiado en los monasterios y los únicos que sabían leer y escribir eran los frailes y clérigos; y los secretarios, muchas veces frailes rebotados. Con frecuencia, ni los reyes sabían escribir. De ahí vino la costumbre de los sellos que se estampaban en las cartas y documentos: simplemente era el anillo real que se entintaba y marcaba el final del escrito, porque el rey ni leía ni escribía. También le estorbaba lo negro, porque lo suyo era guerrear y mandar. Cuando salía alguno con inquietudes intelectuales, llamaba poderosamente la atención. Es el caso de nuestro Pedro IV, o de Alfonso X el Sabio, de Castilla. Pero fijaos, que toda la ciencia del Rey Sabio no alcanzaría para aprobar hoy un 2º de bachiller.
Naturalmente, la carencia de escritores y, por tanto, de escritos fue lo que avivó la memoria del pueblo. Y en la memoria del pueblo hay que buscar los datos para rellenar los vacíos históricos que tenemos. Y esto es válido, todavía hoy, aunque muy pronto ya no será posible recoger la cultura de nuestros abuelos, porque ya se habrán ido: que les pasa como al famoso escritor francés Fontenelle en su lecho de muerte, que le preguntaba un amigo: ¿Cómo va eso?”, y él contestaba: “Eso no va, eso se va”.
Nuestros abuelicos se van y urge recoger su saber. .
Precisamente en mis escritos, que procuraré que sean cortas... Baltasar decía que “lo bueno, si breve, dos veces bueno”. Yo, que no sé hacer nada bueno, me conformo con afirmar -¡Y es muy cierto!- que lo breve, si breve, dos veces breve. Mis escritos, digo, voy a intentar que sean una especie de empedrado, o si queréis de puzzle, en el que encaje nuestra historia tal como nos ha llegado y la tradición oral que nos han legado las generaciones pretéritas.
Y quiero empezar por decir algo de Huesca y de esa ciudad.
Y es su primitivo nombre: Osca.
 
La palabra “osca” es vascona y en el euskera actual significa “mella, muesca”. Me apresuro a aclarar que lo vasco nos saldrá muchas veces, por una razón muy sencilla: lo que hoy es el Alto Aragón era tierra de ilergetes fundamentalmente, pero también de ausetanos, iacetanos, lacetanos y vascones. Estos nos dejaron una huella profunda en nuestra geografía y en nuestra lengua.
Porque resulta que “osca”, en aragonés, también significa “muesca, mella, tajo”. Así se llama a la marca que se le hace a un cordero al darle un corte en la oreja: una “osca”. No hace demasiados años, cuando moceaba, había un modo curioso de comprar en las carnicerías: en la “tabla” se decía. Entonces no corría el dinero y cada casa tenía una caña para ir a comprar. La caña estaba cortada por la mitad a lo largo: media caña la guardaba el carnicero con el nombre de la casa y la otra mitad el cliente, y terminada la compra se juntaban las dos mitades y hacían una muesca que llegaba a ambos lados de la caña. Al final de mes se contaban las marcas y se pagaba, generalmente en especie: trigo, ordio, patatas… Estas muescas recibían el nombre de “oscas” u “osquetas”.
Cuando los forasteros se acercaban a Huesca, lo que más les llamaba la atención era el Salto de Roldán, que hace como telón de fondo a todo el escenario. Y claro, esa “osca” en la montaña era la que lo definía: “Vamos al pueblo de la Osca”. Y con Osca se quedó la ciudad.
Tuvo menos suerte el nombre de “Salduba”, que es el que daban los vascones a Zaragoza, que prefirió romanizarla en Cesaraugusta.
Huesca fue desde tiempos inmemoriales ciudad. Plinio ya la llama Ciudad de Osca. Sólo que él lo decía en latín “uve Osca”. ¿Y la V? ¡Ay, amigos!, ésa es la inicial de Vietrix, es decir, “vencedora”. V.v. Osca significa, pues, Huesca, ciudad vencedora… ¡Y ahí es nada! Escribiremos otro día de esto. Porque os adelanto este dato: en la antigüedad, solamente tres ciudades en el mundo tuvieron este título de Vencedora: Roma, Cartago y Huesca.
Pero solo hemos hablado de la ciudad de Huesca… ¿Qué fue, pues, y como nació nuestro Aragón? Algo increíble hoy; creedme y seguirme, si queréis, otro rato.


domingo, 3 de agosto de 2014

Los canteros

Estando estudiando en Huesca, repasaba yo mi cuadernico, pensando si podía añadir algún oficio que no se veía en el pueblo. Por ahora tenía recogidas anotaciones sobre colchoneros, afiladores, ferreros, cañiceros, yeseros y carboneros. Veía que podía añadir estañadores, limpiabotas, vendedores ambulantes, serenos, carteros…, pero ninguno me parecía tan interesante como los otros. Sin embargo, la ocasión me llegó cuando menos esperaba.
Era jueves y teníamos vacación por la tarde. Así que me acerqué a la catedral. La catedral, como todas las catedrales del mundo, estaba en restauración. En el patio del palacio arzobispal, habían improvisado un taller de cantería y se oía el martilleo de las piquetas.
Me acerqué. Un muchacho joven manejaba una especie de escoplo que luego supe que se llamaba “puntero”. Con él pulía las esquinas de un sillar. Lo empuñaba con la mano izquierda que se cerraba sobre él, con el dorso hacia arriba y apoyada la muñeca para frenar y controlar el golpe de la maceta que manejaba en la otra mano.
Más allá, un señor mayor trabajaba otro sillar. Utilizaba una especie de martillo con la cabeza intercambiable. Ese extremo que era el que golpeaba la piedra no era liso; tenía unas puntas alineadas en forma de cuadrícula. El hombre me miró de reojo y se paró un momento creyendo que quería hablar con él. Aproveché la ocasión para preguntarle como se llamaba el martillo.
-Ye la “bujarda”. A ro trucar a cantal li ba fendo unos foratos regulares, un granulau. (Al golpear la piedra le va haciendo unos agujeros regulares, un granulado).
Me llenó de alegría volver a escuchar mi lengua, pues en el colegio la tenía prohibida. Le contesté también en aragonés y ya, lo que quise preguntarle:
-Por lo que veo, se puede cambiar el cabezal.
-Sí. Según como quieras hacer la cuadrícula, más espesa o más clara; esta es del siete, hay también del nueve y aquélla es del once. Se sujetan con el pasador. ¿Y porque quieres saber tantas cosas?
-Yo quiero saberlo todo.
Soltó una carcajada y me pareció que me miraba con simpatía. No sé si por la simpleza, o porque hablaba conmigo en la lengua que más conocía.
-Eso nos pasa a todos. Pero es imposible. Sólo en este oficio se tarda muchos años en aprenderlo. Pero ye muito gronziable.
Acarició la piedra con cariño y empezó a hablar como consigo mismo:
-La piedra es un ser vivo. Sí, tiene vida. Eso no lo sabe la gente ni los libros, pero en cuanto la arrancas de la cantera empieza a envejecer y endurecerse. Dicen que las rocas crecen; hasta un centímetro cada cien años. Por eso una piedra recién cortada es más amorosa, se deja trabajar…, pero si tardas un par de años, ya es mucho más complicado; la herramienta ya no va por donde tú quieres…
Contemplaba el sillar que tenía delante y continuó:
-La piedra vive. Y también enferma; es cuando le entra esa especie de carcoma que la deja como una esponja, como un leño podrido.
-Aquí hay mucha piedra enferma, ¿verdad? Por detrás de la catedral pasas la mano por una piedra y te llevas arena entre los dedos…
-Precisamente esa piedra se llama arena.
 
-¿También trabaja con hacha? –pregunté al observar una especie de astral doble, con dos extremos cortantes.
-Sí, parece un astral. Se llama el tallante. Es la herramienta más preciosa del cantero. Tiene un corte limpio y otro dentado. En realidad es el instrumento más antiguo en cantería y hay pruebas de que ya lo utilizaban los romanos. Nosotros lo empleamos cuando queremos darle a la piedra un aspecto de antigüedad, puesto que la deja con mellas desiguales, como sin acabar de pulir…
Me daba apuro preguntar más, aunque admiraba la paciencia que tenía con un crío. Daba la impresión de que disfrutaba hablando del tema y que además el tiempo no contaba. ¡Con las prisas que hoy hay para todo!
Le di las gracias y me volví al colegio. Antes, me senté en un banco de la plaza y saqué mi libretica para anotar los términos que me eran nuevos, para que no se me olvidasen. Lo que más me había impresionado es lo de que la piedra es un ser vivo. Y me vino a la memoria algo, que también me había dicho en cierta ocasión un alfarero, sobre la arcilla, pues los dos coincidían en lo de seres vivos…
¿Estarán los libros equivocados? Muchas veces me hago esa pregunta…
 
 


miércoles, 23 de julio de 2014

La marina

Ayer mi vecino Paco, recordaba que cuando relampageaba se santiguaban. Esta era otra de las protecciones que se empleaban para que no te cayese un rayo. Pero hablando en el patio, me contaba: -Lo que no tengo claro, es, porque antes de cruzar un río, hacíamos una cruz en el agua.
Esto me da pie, para hoy hablaros de una peligrosa enfermedad, que entonces era desconocida. Se llamaba y siempre se ha conocido con un nombre extraño: “La marina”
Cuando yo trato de enterarme en que consiste esta enfermedad, la contestación, que varía muy poco en unos lugares u otros, te deja también sorprendido, pues no tiene ningún complemento científico que pueda respaldarlo:
“Se trata de un fuerte componente mágico y que comprende una serie amplia de infecciones y heridas causadas, en opinión popular, por la acción de “Aguas malas” al pasar cerca de ellas o al tocarlas, y también por pincharse con ciertos arbustos espinosos”.
Cuando buscas alguien que conozca la enfermedad, siempre encuentras alguien, que su padre “se ha enmarinau”. Sus ideas responden a las creencias que, sobre esta enfermedad, acabo de contaros.
Y os paso las palabras de un testigo, que presenció la enfermedad y la describe en un medio aragonés del Sobrabe:
“A marina ye unas inflamaciones que salen n´as heridas si te mojas en bel río u barranquera. A beces se fa una cangrena (gangrena) n´o brazo u garra que tiengas a erida, y tien que cortatela.  Se piensa que ye feito por o bereno (veneno) que lleva l´augua, pero de diz tamien, que no ye preciso tocala ta que te coja a marina, con que atravieses bel puente, igual t´enchancha. Isto no alcurre pas en toz rios, ya que a bereno que lleban no ye igual”.
(La “marina” son unas inflamaciones que salen en las heridas si te mojas en algún río o barranco. Muchas veces se hace una gangrena en el brazo o pierna y hay que amputarla. Se cree que es debido al veneno que lleva el agua, pero también dicen que no es preciso tocar el agua para que cojas la enfermedad. Con que atraviese un puente de ciertos ríos o barrancos, coges la misma enfermedad. Esto no ocurre en todos los ríos. Pues no es el mismo veneno el que llevan).
Rio Cinca a su paso por el antiguo Mediano
 
La creencia popular es que hay que sacar el mal del cuerpo para sanar la marina y se recurre a remedios mágicos. Algunas veinte personas tengo anotadas que sobre los años 66 al 75 me contaron como se curaba, y todos coincidían en dos cosas: La vesícula biliar completa del cerdo y una botella. Os comento que son de distintos lugares de Aragón y esa coincidencia es lo que más llama la atención.
Os traigo dos de los remedios más significativos y mejor explicados.
El primero recogido en Mediano nos lo contaban desde casa Cabero:
“O remeio ye, tien una botelleta de boca ancha y le metes una fiel de tocino, binagre y cenisa. Bi ha qu´parar cuenta ta qu´a mida d´as tres cosas seya igual. Se tapona a botella con un traped de cañino di forma que enganche tres beces una ancima d´altra, bien atau en o cuello. O remeyo ye presto, y se guarda.
Cuan t´engancha a marina, coges a botella y la decantas dencima d´a maltra sin que la toque, cinco beces seguidas. Ascape bierás com´a botella respira cuan la decantas, ixo ye que se ba a curare.
Respira porque se chupa a malera, o mal se queda n´a botella.
Iste remeyo bale tamién ta toz as inflamacións y maleras en cheneral”.
(El remedio es: se tiene una botella de boca ancha y la rellenas con la vesícula de un cerdo, vinagre y ceniza. Hay que tener en cuenta que las tres cosas tengan exactamente el mismo peso. Se tapona la botella con tela de cáñamo de forma que pase por tres veces para hacer de tapón de la botella. El remedio esta preparado y se guarda.
Cuando te engancha la enfermedad, coges la botella y la decantas encima de donde se encuentra el mal sin que toque para nada donde se encuentra, cinco veces seguidas. Enseguida verás que la botella respira cuando la colocas del revés, y eso es signo de curación).
Otro remedio para curar la marina, y que esta recogido en Pozán del Vero, es muy parecido y tiene el mismo fundamento del anterior:
Para curar la marina. Se coge una fiel de tocino macho, aceite, aguardiente de anís, vinagre y ceniza. Todo la misma medida. Se pone en una botelleta. Se ata bien atau con un trapo. Cuando tienes la marina se decanta encima del mal y no sane o licote (contenido), pero se lleva el mal, se lleva a marina.
Ahora sabes amigo, porque tus mayores santiguaban el agua del río antes de cruzarlo y te enseñaron ha hacerlo.


domingo, 6 de julio de 2014

Casa y descendencia

La casa era la institución familiar más importante en nuestra tierra y la institución del mayorazgo estaba muy difundida en el derecho aragonés. Era la conservación de la casa y el mantenimiento de ella, y ello traía este derecho para que la casa nunca tuviera particiones, sino que se fuera ampliando con las dotes aportadas en los matrimonios.
La actitud de los miembros del grupo troncal, debía ser de incondicional dedicación a la casa. El trabajo era honrado y la desidia era menospreciada. Se entregaban al engrandecimiento del patrimonio y muchos refranes hacen referencia a esa condición: “Donde uno se muere muy farto… otro se muere muy laso”. Ser emprendedor o no serlo.
Lo más importante, incrementar los bienes de la casa, era artículo de fe entre los montañeses. Cada generación apuntalaba el patrimonio incrementando progresivamente los bienes. El desarrollo económico se ve plasmado en la arquitectura, pues cada generación ampliaba el cuerpo de la casa, agregándole un cuerpo o una dependencia nueva.
De los que se entroncaban en la casa –yernos y nueras- se esperaba el mismo empeño colaboracionista. El escogerlos era escrupuloso y los amos biellos estudiaban muy bien las virtudes y defectos de los pretendientes. Si alguno no reunía los requisitos, era rechazado demostrando la forma de pensar. “Ixe no se perderá en o baste de casa nuestra”. (Manta que se coloca sobre el lomo de una caballería).
A raíz de la integración de una choben –nuera- la casa registraba un espaldarazo económico y el vecindario no se frenaba a la hora de dar elogios: “Desde que acudió la choben a la casa, bien que an sacáu los pies de la alforja”.
Los hijos en la sociedad aragonesa, eran semilla de la prosperidad. A la fertilidad se la invocaba con los típicos “trucadors”, “aldabas” –llamadores- faliformes. Había necesidad imperiosa de descendencia. Un refrán montañés lo muestra claro: “De campo lejos y fillos tarde, Dios me libre y me guarde”.
La falta de descendencia era tratada bárbaramente, calificando con términos crueles a las mujeres que no eran capaces de concebir. Se llegaba a tratarlas de machorras, una palabra pastoril que significa estéril. Este criterio se muestra en algunas mazadas alusivas a este estado de cosas: “La mujer que no cría… labrar podría”.
Pero la  solución familiar del mayorazgo o “hereu”, generaba disconformidad y sentimientos amargos en los segundones o desheredados, que se sentían frustrados por esa tradición. Trataban de encontrar acomodo en otras casas y para ello trataban de dar categoría a sus personas y tratar de reducir la del heredero. Uno de ellos muy corriente da fe de ello: “Inamorate niña de los segundos, que los herederos de ahora son unos zamandungos”.
 
Pero el principio de indivisibilidad del patrimonio, impedía al segundón la propiedad de la casa. Si quedaba soltero acabaría siendo el tión de ella y acabaría como un brazo para seguir levantándola a cambio solo de la ropa, comida y cama en ella. Por eso se trataba de acomodarse en otra casa donde el hereu fuera para una muller, y convertirse en amo. Lo normal, donde había posibles, era dar estudios a los desheredados, y así nos encontramos a grandes saputos que salieron de la casa y que luego en las grandes capitales supieron crearse una nueva vida. Para cantidad de ellos por la gratuidez de los estudios, fueron los Seminarios su principio de estudios y una gran mayoría optando por hacerse sacerdotes.
Fundar casa en un medio sobreexplotado y con una rigidez antigua en el régimen de propiedad era un suceso extraño, de ahí que cuando alguno fundaba alguna casa, un patrimonio nuevo, a esa casa se la solía denominar con un adjetivo pirenaico –cabalero- y que se da para llamar en algunas aldeas aragonesas. Cabalero viene de cabal, de pecunio. Se llamaba de ese modo al mozo que no estando destinado para heredero, por ser segundón, gracias a su tenacidad había logrado hacerse con un capital y lo había invertido en comprar patrimonio y fundar una casa. Casi siempre era un tión preto, es decir, un segundón ahorrador.
Erigir una casa era un acontecimiento enorme. Los dueños para celebrar la efemérides hacían un festejo que recibía el sobrenombre de la “lebantadera”.
Se colocaba un ramo vegetal en la “cernillonera” -caballón del tejado- y se convidaba a un ágape ritual a toda la vecindad. El ramo vegetal encarnaba la prosperidad y perpetuidad del hogar que nacía en ese instante.
Comenzaba la vida de otra casa aragonesa.


martes, 10 de junio de 2014

Humor aragonés: Humor sencillo

El abandono de pueblos lleva a la desaparición de este humor, sobre todo en una zona que en esta tierra ha sido abandonada masivamente desde los años sesenta.
Es el Sobrarbe. Recordar como la despoblación de doce pueblos anegados por el pantano de Mediano, trae consecuencias duras en esta tierra, en la que se abandonan muchos más pueblos con los planes de desarrollo y otras causas que merecen un programa aparte. Recoger coplas de esta tierra, es hoy prácticamente imposible, debido a que no queda gente que pueda contarlas. Cuando repaso mis notas, me alegro de haberlas recogido en su momento y poder conservarlas como una joya.
Y es que no se ha perdido la forma de ser del aragonés, se ha perdido la conversación y eso es difícil de recuperar. Hoy en la casa aragonesa quien manda es la televisión en plena comida y no los comensales, que comen mudos ante la poderosa voz que sale del aparato, son solitarios en la familia, y ni se cuentas los problemas, ni menos tienen tiempo de una sonrisa que no salga de alguna cosa que aparezca en la televisión.
La rivalidad continúa hoy día de pueblo a pueblo, por todas las redoladas, quizá bastante diluida por la pérdida poblacional, pero sigue estando viva en muchos casos. Y de esta rivalidad, sale la copla con humor, sátira, y desde luego con un fondo basado en sucesos o forma de ser de cada lugar.
A falta de ingenio, os recupero el antiguo, y vosotros mismos escuchar, por que más de una sonrisa saldrá en vuestros labios.
Y comienzo con Sarabillo. ¿Habrá alguien tan inocente que al oír la siguiente retahíla crea que charramos de meteorología?
“Sarabillo
pueblo de mujeres calientes
y d´ombres fríos”.
Desde luego no tienen motivos para estar contentos en muchos pueblos, por que el humor aragonés les recuerda muchas cosas:
“No vayáis por trigo a Vió
ni por conciencia a Solana,
ni por virgos a la Rivera
ni por justicia  a Boltaña”.
 
Laspuña y Naval, tampoco salen muy bien…
“Muller de Laspuña
y macho de Naval,
con uno en hai prou
en cada lugar”.
 
Cuentan que en Tella, cuando moría una persona, salían a vocear mensajes como este para que los escuchasen los habitantes de la redolada:
“Os d´Arinzué y Lamiana,
puyar mañana,
qu´abrá bel carnuz
u bella carcana”.
 
No se libraban ni los curas:
“El cura de San Vicente
festejaba en San Lorién,
le dieron una paliza
y se le estuvo muy bien”.
 
Algunas ni riman, pero como son verdad, según ellos:
“Chisagüés está en un alto,
Parzán en una valle
y el desgraciado Javierre
no tiene más que una calle”.
 
A los pueblos de montaña, los tachan de agarradicos:
“Ta la fiesta de Chisagüés
o que no comes antes
tampoco dimpués”.
 
Y con Bielsa, se pasan:
“Pa la fiesta de Bielsa
mucha camisa blanca y mucha farola
i o puchero en el fuego
con agua sola”.
 
Me contaban que uno de Lafortunada, iba con frecuencia al río con intención de suicidarse, pero cada vez que llegaba, se lo miraba, se arrepentía y decía:
“Río, río,
¡que grande bajas!
Tócame los cojones,
que m´en boi ta casa”.
 
Para fiarte de las redoladas, contaban estas coplas:
“No trates mula en Zeresa
ni compres burro en Laspuña,
ni muller en Torrolisa,
ni perro en San Lorién;
a mula te saldrá guita,
o burro te calziará,
a muller s´irá con otro
y o perro te morderá”.
 
Charlando de la situación de algunas casas, lo explicaban claro:
“O burro, loco,
o tozino, baldau,
a zagala preñada
y o mozo soldau”.
 
Liguerre de Cinca, hoy lugar de vacaciones, tenía fama de poco invitadores. Las personas que pasaban por el lugar solían decir:
“Pobre de mí, desgraciau,
qu´i pasau por Liguerre
y no m´han combidau”.
 
En algún caso, expresan la resignación de vivir en un lugar y en un tiempo determinado:
“Nacer en Mipanas,
morir en Lamata.
¡Ay, Asuncioneta!,
¡ay, ay, que mala pata!”
 
El humor aragonés llega a la sencillez en el momento que se toca lo sagrado. Y siempre con un gran respeto, aunque al contarlo parezca lo contrario. La sencillez de este humor me da pié para contarlo, sin perder, como digo el respeto que merece toda religión. Pero hay chascarrillos que merecen comentarlos.
Y como primero, un hecho que sucedió hace muchos años en Barbastro y hay gente que todavía lo recuerda.
Resulta que estrenaban un “paso” para la procesión de la semana santa. Habían encargado las imágenes a un famoso taller de escultura de Zaragoza. Era el de la última cena. Pero pasaban las fechas. La cuaresma se adelantaba y el paso no llegaba. Por fin el Ayuntamiento decidió enviar al más avispado de sus concejales para traerse el paso como fuera. Y allá fue el hombre y allá se estuvo tres días urgiendo los trabajos que terminaron el mismísimo Miércoles Santo. Pero ya no había tiempo de buscar un transporte adecuado para colocar el conjunto de tallas.
¿Creéis que se amilanó el concienzudo concejal? ¡Que va! Marchó a la estación y sacó catorce billetes. Dos primeras –uno para Jesucristo y otro para él- y doce segundas para los apóstoles. Así vieron pasar los santos, asomados a la ventanilla por todas las estaciones y así llegaron a Barbastro.
En Bierge los habitantes son apellidados “Socarracristos” y la cosa no tiene nada de irreverente, sino una carga de buena voluntad. Parece que restauraban el Cristo del pueblo y lo bajaron al taller de Torrens en Huesca para remozar la pintura. También apretaban las fechas y tal vez se apresuraron demasiado. Envolvieron al Cristo con unas mantas y se lo llevaron al pueblo. La pintura había quedado preciosa y reluciente. Lo malo era que estaba tierna y, al secarse, se le había pegado a la imagen toda la pelusa de la manta. El único remedio que se les ocurrió para enmendar el desaguisado fue hacer otro mayor, socarrando toda la pelusa que se había quedado pegada…
Y ahora que hablamos de imágenes, dicen que el tallista de la virgen de Escagües, que se venera con mucha devoción en Echo, aprovechó la madera que le sobró de tallar la imagen, para hacer una “pesebrera”. Luego cantaban:
Virgen Santa d´Escagües
naixida en un fraxinal (fresno)
d´o pesebre a mía burra,
tú yes hermana carnal.
Que no, que no son irreverencias. Como tampoco lo es esta otra:
Oh tú, San Roque bendito
oh tú, excelso patrón
tú que fuiste eslejido
para madre del Señor.
Desde luego suena fatal. Pero es que en aquel pueblo –otra vez me callo el nombre- se acercaban las fiestas de la virgen de agosto, patrona del lugar, y el tallista al que se había encargado restaurar la imagen no la acababa de enviar. Como el día señalado todavía no tenían virgen, no tuvieron más remedio que coger la imagen de otro santo, vestirla y adornarla como pudieron y colocarla en la peana para presidir las fiestas de la Asunción. El agraciado fue San Roque.
Seguro que tampoco se sentía culpable el ermitaño Serafín. Volvía por el barranco de Mascún un día de mucho calor, con el santo en su capilleta, después de haber hecho la colecta en Rodellar.
Debía estar cansado y debía andar muy mal de fondos. Pues bueno, se conoce que se paró a descansar un ratico con el santo, que era San Urbez, sol de la montaña y patrono de la redolada. Mientras descansaba el ermitaño decidió echar unas partiditas de guiñote con el santo, que por lo visto no se opuso y allí estuvieron jugando, mientras quedó dinero en el cepillo del santo, pues el bueno de Serafín le hacía trampas mirándole las cartas.
Y eso que una de las características de nuestros montañeses es el buen conformar ante las dificultades de la vida. Y el fijarse en la parte amable de la las cosas. Eso le pasaba al ciego aquel de la Bal Ancha cuando aseguraba:
“-Vivo mejor que el rey. Todo lo que veo es mío”.