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ZARAGOZA, ARAGÓN, Spain
Creigo en Aragón ye Nazión

miércoles, 22 de abril de 2015

La hora de comer

Las doce era la hora de “a chenta”. (la comida). La teníamos en la cocina, que era una estancia grande. Al fondo estaba el hogar con las cadieras cubiertas con pieles curtidas de cordero. Dos de las cadieras o bancos de madera disponían además de una mesica abatible, “la prezosa”, sujeta al respaldo mediante unas bisagras, y en su extremo libre tenía una pata que al bajarse la mesa se apoyaba en el asiento de la cadiera. Era un buen sitio para almorzar o cenar, que no requerían la solemnidad de la comida del mediodía. Ésta se tenía, como digo, en medio de la cocina, en la mesa grande, ya que la “cambra güena”, que hacía también de comedor, sólo se utilizaba en los días grandes.
Sobre la mesa colocaban siempre en vez de manteles un hule a cuadros que se guardaba enrollado en una caña. Únicamente nos sentábamos los hombres y los zagales. Las mujeres estaban para servir la mesa y sólo en ocasiones muy excepcionales se sentaban con los hombres. Mientras servían iban comiendo entre plato y plato.
Presidía el abuelo, que en prácticamente en todos los sitios también bendecía la mesa. No era el caso de la mía, pues el abuelo siempre decía: -“En una casa republicana, no cal rezos. Ixo en a ilesia”. Con un “güen provecho” lo solucionaba.
Nadie empezaba a comer hasta que el abuelo lo hacía. También era el que señalaba los momentos de echar el trago con el porrón. Yo no sabía beber “a gargallé” (a lo alto) y tenía que chupar el pitorro, como si tocara la trompeta y por eso, cuando bebía vino (no muchas veces), el yayo me embromaba con un “¡tararííí!” que imitaba el cornetín.
 
El vino tenía rituales muy diferentes. Nunca se bebía hasta que lo hacía el que presidía la mesa. La medida en días ordinarios era clara: “un trago para la verdura y dos para la “pizca”. Esto, lógicamente no se tenía en cuenta en la comida de huéspedes, como tampoco se tasaba el trago. El ideal al beber en bota o en porrón era de “siete buchacas y la boca llena”.
Cuando se comía a rancho en el campo, el molino… también había un moderador para la bebida. Cuando lo creía conveniente exclamaba: “¡Trago!”. Todos dejaban la cuchara apoyada en la sartén común, bebían por turno y no volvían a coger el cubierto hasta que todos habían libado.
Una superstición muy extendida es que no se debe dejar el porrón sobre la mesa de forma que el pitorro apunte a algún comensal porque es muy malo para él.
Es señal de buena suerte y alegría si se derrama involuntariamente la sal o el vino sobre la mesa.
Al comenzar un pan siempre se le hacía una cruz con la punta del cuchillo. Nunca se dejaba el pan encima de la mesa vuelto del revés, con la parte plana hacía arriba, “porque la virgen sufría”. Y me acuerdo que si alguna vez caía una tajada al suelo, la tenía que recoger y besarla a continuación.
La comida como contaba era normalmente lo que hoy diríamos cocido, pero que en aragonés se llamaba precisamente “comida”.
En cuanto terminaba la comida, salía disparado a la calle en busca de la “colla” pandilla. Era lo bueno que tenían los pueblos, porque no tenían ningún peligro y te podías pasar todo el día recogido en la calle. En verano era otra cosa, pues los mayores se empeñaban en que tenía que dormir la siesta, que era un latazo, pero de esto hablaré en su momento.
Ahora había que aprovechar la tarde, que era muy corta, y la vuelta a casa la marcaba la llegada de los hombres del campo.
No recuerdo muy bien qué hicimos ese día, probablemente carreras con los aros calle arriba calle abajo hasta que sudorosos y felices cada cual marchó a casa. Era la hora de merendar y de recogerse. La merienda era casi siempre la misma, una tajada de pan con un chorrico de vino por encima y espolvoreada con azúcar. Merienda barata pero que sabía a gloria.
Los días eran muy cortos y el atardecer transcurría tranquilamente en la “dilata” o velada a la mor de la lumbre. Yo nunca me quería encadar tan pronto y le pedía al yayo que me dejara acompañar al criau a abrebar a los animales.
Normalmente lo conseguía.


sábado, 14 de febrero de 2015

Coplas y dichos de Sobrarbe

La rivalidad entre pueblos próximos viene de muy antiguo y algunas coplas, pareados, motes o chascarrillos que se dedicaban unos lugares a otros, han sobrevivido al paso del tiempo. Sobrarbe no iba a ser menos y la gente mayor nos transmitió muchos de ellos. La rivalidad continúa hoy día, aunque muy diluida por la pérdida de la población, que con pueblos hoy completamente deshabitados, sigue viva por haberse recogido en su momento.
Tienen picardía, gracia, ironía, pero mejor es contaros algunos ejemplos.
Vosotros mismos comprenderéis lo bien que se llevaban los pueblos vecinos.
De un pleito mantenido por el pueblo de Saravillo con los tres pueblos del valle de la Comuna, nos ha quedado esto:
Saravillo, Sin, Señes y Serveto,
formaron un pleito.
Saravillo lo perdió
y lo pagó con nueces bofas
y crabas sarnosas.
 
Y siguiendo con Saravillo ¿habrá alguien tan inocente que al oír la siguiente retahíla crea que hablamos de meteorología?
Saravillo,
pueblo de mujeres calientes
y d´hombres fríos.
 
Los de Tierrantona y Camporretuno tienen motivos para olvidar o para desear que otros olviden algunos dichos:
Tierrantona, gente guitona,
monte sin leña, río sin agua,
y hombre sin palabra.
 
Camporretuno,
sin santo nenguno;
uno qu´en abió
un tocino se lo comió.
Tampoco tienen motivos para estar contentos en otros pueblos, pues el ácido humor popular les recuerda cosas como esta:
Pelaires os de Boltaña,
os del oficio batido
que bendión a san Pablo
por un cantaro de vino.
 
No vayáis por trigo a Vio
ni por conciencia a Solana,
ni por virgos a la Rivera
ni por justicia a Boltaña.
 
Mujer de Laspuña
y macho de Naval,
con uno en hai prou
en cada lugar.
 
En Tella, cuando moría alguna persona, salían a vocear al puntón d´as Bruxas, para que lo escuchasen los habitantes de las aldeas próximas:
Os d´Arinzué y Lamiana,
puyar mañana,
qu´abrá bel carnuz
u bella carcana.
 
Tampoco los curas se salvaban de coplas:
El cura de San Vicente
cortejaba en San Lorién,
le dieron una paliza
y se le estuvo mu bien.
 
Por el valle de Bielsa, las coplas se multiplican:
No trates burro en Espierba,
ni te cases en Parzán.
Ten cudiau con os de Bielsa,
mira que te jibarán.
 
Ta la fiesta Chisagüés,
o que no come antes
tampoco dispues.
 
Pa la fiesta de Bielsa,
mucha camisa blanca y mucha farola
y o puchero en o fuego
con agua sola.
 
En Lafortunada, había un hombre que iba con frecuencia al río con la intención de echarse dentro y suicidarse. Cada vez que llegaba a la orilla, se lo miraba y decía, sin acabar de decidirse:
Río, río,
¡que grande bajas!
tócame los cojones,
que m´en boi t´a casa.
 
Cerca de Lafortunada está Badaín:
Si vas ta Badaín,
mira bien quién te combida,
que a la corta u a la larga
se cobrarán la comida.
 
Adentrándonos en “La bal de Chistau”, recuerda la copla:
Si bas ta Plan
llévate pan,
que aigua d´o río
ya ten darán.
 
Los pueblos que hay en la falda de Peña Montañesa, tampoco se salvan:
No trates mula en Zeresa
ni compres burro en Laspuña,
ni mujer en Torrolisa,
ni perro en San Lorien;
a mula te saldrá guita,
o burro te calziará,
a muller s´irá con otro
y o perro te morderá.
 
Sobrarbe... cuanto te quiero...


miércoles, 28 de enero de 2015

Sobrarbe. ¿Por qué se llama Sobrarbe?

No pretendo dar a nadie ninguna clase de historia, no nos equivoquemos. Mi única intención es, a través de las leyendas y falordias que podido recoger, contaros como interpretaban nuestros antepasados, la creación y situación de este antiguo reino aragonés.
Y recuerdo la interpretación que hacía un abuelico de Chistén, a su nombre:
-Hubo una sequía muy grande en toda España, y el único sitio en que “sobró” comida era en nuestra zona, desde entonces se llama Sobrarbe.
Lo cierto es que el nombre deviene de la “Sierra de Arbe”, que era la cordillera de los cañones del río Vero a Abizanda. Hoy ya tiene muchos nombres:
La parte de Olsón-Abizanda se llama la “sierra de San Benito”, desde que se fundó en lo alto la ermita de San Benito.
El centro “Sierra de Camporroyo”, que seguramente proviene por el color rojizo de la tierra, siendo ésta muy especial para la alfarería, y así lleva su fama la que se fabrica en Naval.
Y la parte del Vero, “San Caprasio” (desde que colocaron desde Madrid, el cartel anunciándola), pues siempre se ha conocido como “San Crapás”.
La manía que siempre se ha tenido, a eliminar nuestros nombres aragoneses…
Pero, ¿sabéis porque se llamaba “San Crapás? Es una curiosa anécdota, que siempre me hizo mucha gracia escucharla:
Bajó una chiqueta de arriba, de la parte de La Solana, Otra parte de nuestro territorio, que tiene que ser abandonado, por la reforestación cruel que se hace en más de diez pueblos, para construir el pantano de Jánobas, y asegurar las tierras en evitación de que luego se tragaran el futuro embalse.
El Árbol de Sobrarbe (L´Ainsa)
 
La gente tuvo que emigrar por falta de tierras para el cultivo y pastos para su ganadería. No quiero seguir…
Como os contaba, bajo una chiqueta de La Solana a servir a tierra baja. Nunca había salido del pueblo. Al llegar a lo que hoy se conoce como (mal llamado) de San Caprasio, vio las llanuras del Somontano, desde la parte del santuario del Pueyo hacia Selgua, y le gustó mucho; se quedó admirada de tanta llanura, acostumbrada como estaba a otro tipo de terreno mucho más escabroso.
En el pueblo de esta mozeta, era de Burgasé, tenían de patrón a San Crapás.
Ante el espectáculo de tantas llanuras, decidió no volver más a su pueblo.
Se dio la vuelta mirándose a su tierra, se levantó las sayas y gritó:
-¡San Caprás! ¿Me lo has visto? ¡Pues, míramelo! ¡Que ya no me lo verás más!
Desde entonces, se quedó el lugar con ese nombre, San Caprás.
Esta chiqueta debió embobarse ante tanta llanura. Conozco un relato de su lugar, en el que según me contaban, “un lobo, se cruzó siete fajas de un salto”. Llamamos fajas a la separación de un campo a otro. El terreno tiene que ser muy escabroso para estar tan juntas… de llanuras, nada.
Ahora como os he contado la verdadera historia del nombre de Sobrarbe, repasaré la que colocan los historiadores…
El Sobrabe, originariamente, no era tan grade como lo es ahora. Encima de Boltaña, por la carretera de la Guarguera, está “Campodarbe”. No conozco de donde proviene este topónimo, pero bien podría tener relación con la sierra de “Arbe” y el “Sobrarbe”, pudiendo ser el límite, por el norte, de lo que antaño comprendía esta comarca. Desde siempre Las Bellostas y Pueyo de Morcat se ha dicho pertenecían al Serrablo, ya que la peña Gallinero es el límite entre Sarsa de Surta y Las Bellostas. De siempre he escuchado que era la linde entre Sobrarbe y Serrablo. Entre lo que he escuchado de nuestros mayores y los historiadores, nunca consigo aclararme…
La comarca del Sobrarbe, y recogido entre nuestros mayores, anteriormente era una de las zonas más ricas de la provincia de Huesca. Antaño solo se trabajaba para subsistir, y esta comarca se autoabastecía de los productos más imprescindibles: el aceite, el vino, y luego había regadío para mantenimiento de los huertos, de donde sacaban las judías o garbanzos que eran “la comida” que se hacía diariamente.
Desde tiempos inmemoriales no se ha oído decir que un año se haya dejado de segar por la sequía; ha podido haber añadas mejores o peores, pero siempre se ha recogido algo. En los años 45 a 50, tuvieron tres o cuatro campañas en la parte de los Monegros sin segar, y de allí subían a la zona de Sobrarbe muchas personas a trabajar exclusivamente por la comida. Y podría dar nombres de monegrinos asentados en el Sobrarbe por esas razones…
Hoy, es el territorio más deshabitado de Aragón. Muchas explicaciones para comentar, pero fácil de adivinar. Tierras inundadas, falta de carreteras, dejadez de las administraciones…
Cuando el abuelo me contaba que se llamó Sobrarbe por que sobraba de todo…


domingo, 7 de diciembre de 2014

Charrar con los abuelos

La pregunta que la mayoría de veces se me hace: ¿Cómo sabe tantas cosas de Aragón? Uno no sabe ciertamente nada. Cuando algo os cuento, no lo digo yo, si no las personas que me lo contaron. Son preguntas y más preguntas en la calle, en una solana y como yo las llamo, consultas. Pero no las de médicos, que en la calle no están bien vistas. ¡Cuantos médicos nos podrían contar sus experiencias en estas consultas! Muchas de ellas se hacen sin mayor intención, fruto de una preocupación momentánea que se aprovecha el encuentro con el médico. Ellos, claro, como es lógico, no quieren pasar por el aro. Conozco algún caso entre el listillo de turno y el médico chungón:
-Una pregunta, señor medico, ahora que lo veo; cuando está usted tan enfriado como yo, ¿Qué hace?
-Toser.
O como el médico de Agüero que pronto que los veía llegar, les decía:
-Bien, bien, vamos a ver. Cierre usted los ojos y enséñeme la lengua.
Y cuando los tenía así, se largaba.
Pero me voy del tema y es que un servidor soy adicto a las consultas. No con médicos, claro, sino con los abuelicos.
¡Como ha cambiado todo! Esta frase así de chata y perogrullesca me habría con frecuencia toda una fuente de información. Cuando ves un par de ancianos en un carasol, silenciosos, graves, en actitud de espera (¿espera de quien?), me acerco a ellos sin dudar para darles los buenos días y hacer el comentario meteorológico de turno que es la conversación de los que nada tienen que decir. Les ofrezco un cigarrito, lo encendemos y como quien no quiere la cosa les comento: “¡Como ha cambiado todo!” Y ya está:
-¿Qué si ha cambiado? Mira, en mis tiempos…
Y ya lo difícil es hacerlos callar. Tienen muchas cosas que contar y nadie que les escuche. Y ellos son los que saben.
En nuestros pueblos ya no hay niños. Tampoco hay jóvenes; están en las fabricas de las ciudades. Solo hay viejas y viejos. Ellas en la cocina o con un trapo en la mano dando vueltas por la casa porque “siempre hay algo que hacer”. Ellos, cuando hace sol, arrimados a esa pared que también conocen. Si hace malo, en la mesica de la cocina o sentados en la cadiera.
Mediano-Sobrarbe (Huesca) 1935
 
 
Con su filosofía. Con su mirada ausente. Como si su atención estuviera hacia dentro, por que hacia fuera nada vale la pena. Sueñan, añoran, recuerdan, esperan (¿esperan qué?) ¡Y que visión más exacta de las cosas! Recuerdo la salida de aquel anciano que llevaba de la mano a su nietico. El niño tiraba del agüelo:
-Corre yayo, que llueve.
-Y para que vas a corres, hijo, si más allá llueve también.
Y con sorna. ¿Hablan en serio o en broma? Como aquella pareja. El uno comentaba mirando las nubes:
-Si el cielo sigue así, mañana tendremos un tiempo u otro…
-¡Hombre!, no quiera Dios.
Y la crítica. Por supuesto mezclada siempre con el sentido del humor. El humor es lo único que no ha abandonado a nuestros pueblos. El día que se nos vaya, ya podemos plegar.
No lo oí yo, no, me lo contaron. Lorenzo es un mesache de Apies, formalico y tal. Sobre todo, tal. Aquella noche estaba viendo la televisión en el teleclub del lugar. Era el 20 de junio de 1969 exactamente. Eran los primeros tiempos de la tele en España y, para los lugares que no tenían otra diversión, era fuente de entretenimiento continuo y de continua admiración, como auténtica ventana al mundo. ¡Que de cosas pasaban, y nosotros sin saberlo… )
La gente estaba asombrada, sobre todo aquella noche, y no era para menos. El hombre, por primera vez en su historia, llegaba a la luna.
Allí estaba en la pantalla el vehículo espacial alunizando y Armstrong se daba un paseo sobre la romántica luna, que ahora resultaba demasiado fea.
Todo eran exclamaciones de asombro. Lorenzo en cambio, miraba la escena con una puntica de ironía. De pronto se levantó de la silla y salió a la calle. Volvió a entrar sonriente (cuando Lorenzo reía es por que la iba a soltar):
-¿Sabéis lo que os digo? Que nos han engañau. Todo eso es mentira. ¡Que esta noche no hay luna!
Si me fuera posible el diálogo y tuviera nietos, que no los tengo, les contaría lo que cada día intento comentaros.
La cultura de un pueblo no se ha transmitido de padres a hijos sino de abuelos a nietos. Son dos extremos que siempre se han entendido perfectamente.
El abandono de los lugares por la juventud, los pisos pequeños, las residencias de jubilados, han cortado ese hilo de comunicación. Si se tiene la suerte de convivir juntas las dos generaciones, la televisión, actividades preescolares y el actual contorno de la vida, obstaculizan el diálogo.
Hoy, si se puede hablar de dos mundos diferentes. Los mayores, que miran al pasado con nostalgia e intentan adaptarse a los piensos compuestos que engullimos a través de las carnes y pescados, los electrodomésticos, la circulación de las calles, los medios de comunicación, y los pequeños, que confunden el trigo con la cebada, los animales con el circo y viven de cara al mañana adentrados en el consumismo y el confort, con la convicción de saberlo todo y ser ellos únicamente los que han hecho posible el progreso.
Es por esto que quiero resucitar a nuestros antepasados. La historia de Aragón no la hicieron historiadores sino nuestras gentes. Y quiero abrir esta historia: la tradición. Desde este puesto, intento dar vida a nuestro pasado, en la confianza de llegar a conocerlo y entenderlo. Y ojalá consiga que lleguemos todos a querer un poco más a esta tierra, después de saber de donde procedemos.


miércoles, 3 de diciembre de 2014

Recuerdos

Como cambian los tiempos. Estos tiempos nos traen formas de vida, que yo me pregunto: ¿son mejores? No lo sé, pero lo que tengo claro que nuestros mayores eran, a su manera, más felices. Ahora en muchas casas son a veces hasta un estorbo y verlos en los bancos de las plazas hablando de sus cosas, casi adivino que no se salen mucho de los recuerdos que me trae mi infancia.
Hoy se llega tarde a casa y mientras se cena, en lugar de comunicarte con el resto de la familia, sobre lo desarrollado en la jornada, se enciende la televisión, que aunque aburra es imprescindible como dueña absoluta de la palabra en la casa.
 
Nosotros estábamos todos en casa antes de cenar. Todos. Las mujeres preparando la cena o haciendo calceta; los hombres fumando un cigarrico que encendían con una brasa que cogían del fogaril con las tenazas para ahorrar un misto y comentando las incidencias del día o escuchando al abuelo que siempre tenía algo que contar de sus viejos tiempos. Y los chicos escuchábamos o enredábamos. A veces cogías un palico encendido y lo agitabas en el aire haciendo culebretas de fuego, aunque la agüela no nos dejaba porque decía que nos mearíamos en la cama. Se estaba bien allí, en la cadiera, al amor del fuego.
Las cadieras eran los bancos del hogar. En el asiento se ponían pieles de cordero y se estaba muy cómodo y caliente. En el respaldo había una mesa abatible que se llamaba “prezosa” y que se bajaba para comer, para escribir, para echar una partida al guiñote…
De pronto el abuelo parecía transportado a los años de su infancia. La abuela ya terminaba de cortar las sopas que había dejado caer a su delantal, y destapaba la olla que colgaba del “cremallo” para escaldarlas.
-Anda Bastiané, sostén el cremallo pera que no baile.
Y es que si los llares quedaban bailando, era una mala señal que anunciaba desgracias.
El abuelo seguía ensimismado, sin hablar. Se frotaba las pantorrillas sin motivo aparente.
Los críos lo sacábamos de sus recuerdos.
_ ¿Te duelen las piernas yayo?
-No, no. Es que me estaba acordando…
Cuando estabas mucho rato en el fuego te salían “cabras” en las pantorrillas. Era como se te hinchasen las venas que se ponían negras.
Dolían mucho. Lo mejor era ponerse algún trapo aunque te llegase menos calor. Que suerte tenéis los chicos de ahora que no conocéis las cabras ni los sabañones.
Nosotros los llevábamos todo el invierno en las orejas, en las manos, en los dedos de los pies…Mi madre nos ponía tintura de yodo y nos hacía meter las manos en agua caliente…
En la cadiera, se hacía la vida en el invierno. Sobre todo se hablaba mucho, que ahora es una pena que no se habla nada en las casas. Allí, toda la familia se enteraba de cómo iba la poda, de cómo estaba la tocina que se mataría a primeros de diciembre, si el crío de casa Royo, estaba con sarampión. ¿Sabéis como se curaba el sarampión? Pues poniendo todo el dormitorio  bien royo, la luz se protegía con un trapo rojo, en las ventanas se ponían cortinas rojas, en la cama alguna manta encarnada…todo royo.
En la cadiera se pasaba bien hablando de cosas, para nosotros las que contaba el abuelo.
Hoy, no sé si los abuelos modernos son escuchados con la atención que lo eran los nuestros, y desde luego lo que tengo claro, es que los de ayer hoy no serían lo felices que entonces los conocíamos.


martes, 11 de noviembre de 2014

Aragón, pueblos vacíos.

Cuando estoy delante del ordenador perdiendo el tiempo haciendo un solitario, tengo días que me vienen cosas a la cabeza, charlas de bar con amigos, y me apetece comentarlas.
Lo que es difícil de entender para muchos, es por que se vacían los pueblos. Les gustan más que la ciudad. Pero sé que lo dicen porque solo están de vacaciones.
¿Por qué estoy en Zaragoza? De pequeño no quería salir del pueblo ni por todo el oro del mundo. No estoy hecho para el asfalto. Soy más de pueblo que un ababol. No conoces a nadie. A mí me gusta pararme a hablar con la gente (¿Qué tal Agustín? ¿Cómo sigue la abuela? ¿Y las paperas de Agustiné? ¿Aún te queda mucho por labrar? ¿A cuanto nos pagaran este año las olivas?...) No. En Zaragoza es imposible hablar. Todo el mundo va deprisa mirando el reloj. Aquí eres un solitario entre seiscientos mil solitarios.
¿Por qué se fue la gente de los pueblos? Es muy complicado. Yo creo que a nadie le gustaría marcharse. Me recuerdo al viejo que salude sentado en un banco de la plaza Roma:
-¡Que bien se está aquí al sol!
–Si. Aquí huele a campo.
Se estaba regando el jardín a sus espaldas…
No me cabe duda de que en mi Pirineo mucha culpa la tienen los pantanos. Cuando el llano tiene sed ya puede echarse a temblar la montaña. Ellos son más. Eso significa votos. Y los votos son la fuerza de los políticos.
Construcción pantano de Mediano (Huesca)
 
Si uno no se quiere ir de su pueblo, ¡no se le puede obligar!
Que se lo pregunten a los de Jánovas que les dinamitaron el pueblo. O los de Mediano que tuvieron que escapar con agua hasta la cintura. O los de la Garcipollera o Sobrepuerto que nunca quisieron ponerles carretera, ni luz, ni teléfono, ni escuelas… es más importante poner ciervos allí. Ahora los ciervos tienen carretera y todo lo demás…
¿Qué va a ser la montaña? Lo que quieran los de abajo. Un bonito desierto de vacaciones. Con muchos bosques, eso sí, y mucha nieve, pero sin gente. Si acaso algún agüelico con boina y abarcas para sacarse una foto junto a él. Pero nadie explicará a nadie que las arrugas del pobre agüelo están hechas de trabajo duro y de pena al ver que todo lo que ha amado en este mundo, la casa, el lugar, las personas que tiene enterradas en el pequeño cementerio, todo, se lo va ha llevar la trampa.
Tal vez alguno entienda que el progreso a costa de la muerte de nuestros valles no puede ser bueno.
Sin embalses, no es Aragón rico en tierras bajas. Cuando hicieron el canal de Tamarite, todos se alegraron. Pero unos años más tarde, le cambiaron el nombre y lo llamaron “Canal de Aragón y Cataluña”. Alguien entendió lo que se venía encima.
¡Lástima que solo fueran cuatro viejos los que lo comprendieron!     


sábado, 1 de noviembre de 2014

El azafrán

Hace unos días pasaba por Monreal del Campo camino de Molina de Aragón y observaba esos campos, recordando que muchos años atrás, y por un compañero de colegio, tuve la ocasión de pisarlos con el color morado de sus flores.
Cuando se me mete una idea en la cabeza no paro de darle vueltas y esta vez se me enredaba con la canción de la zarzuela La rosa del azafrán qué mi padre canturreaba cuando hacía solitarios en la mesa camilla de la cocina:
“La rosa del azafrán
es una flor arrogante
que nace al salir el sol
y muere al caer la tarde”.
Hasta que no tuve la ocasión de visitar el lugar, por los años sesenta, yo, el azafrán lo tenía visto en unos sobrecitos que traían unos pocos hilos y que por cierto eran muy caros. Mi madre lo utilizaba cuando hacía “arroz”, como le decíamos a la paella. La verdad es que aquellos hilillos rojizo amarillentos eran muy valientes y bastaba una cantidad pequeñica para darle al arroz color y sabor.
Recuerdo que después de mi visita, quedé encantado del pueblo, de sus gentes y de su azafrán.
Había valido la pena el viaje a Monreal del Campo, que es la capital (yo diría mundial) del azafrán. Tuve ocasión de hablar con muchas personas dedicadas a su producción y me contaron todo con pelos y señales y me dispongo a contarlo.
Hasta trabajé yo un par de días en la recolección.
No son muchas las hectáreas dedicadas a su cultivo, pero con toda seguridad es el producto más valioso de todo Teruel, de modo que muchos lo llaman el “oro rojo”. Sin embargo, han sido las clases más modestas las que se han dedicado a él, lo que les ha supuesto, a pesar del duro trabajo que exige, una buena ayuda a su economía. Claro que, como siempre, el productor es el que menos recibe. La mayor parte de la tarta se la lleva el intermediario y el comerciante.
De todas formas, no es fácil calcular su beneficio. No es indispensable comercializarlo cada año porque no se estropea y puede almacenarse en casa a la espera de buenos precios. Su venta se realiza casi siempre a escondidas en el secreto de la noche: algo así como mercadean las trufas en tierras de Graus.
En la industria ha tenido desde tiempos inmemoriales derivaciones hacia la farmacia, la perfumería y la gastronomía, aunque no puede olvidarse su uso como colorante.
Nosotros –me acompañó un amigo nacido en el lugar- llegamos muy a tiempo a Monreal, en el momento de la recolección que es desde mediados de octubre hasta mediados de noviembre. Mis amigos lo aclaraban con sus dichos y refranes: “Por Santa Teresa, la rosa en la mesa” y “por San Lucas, azafrán a pellucas”.
Entendí que “pellucas” es algo así como “a montones”.
Desde luego, el campo estaba precioso, cuajado de rosas, con su típico color purpúreo morado brillante y llamativo. Yo me acordaba de la canción:
“La rosa del azafrán
se viste de color morado,
las lengüetas de amarillo
y el corazón olorado”.
 
-Qué! -me insinuó el señor Paco, el amigo de mi amigo, que es el que nos había hospedado en su casa-, ¿te animas a venir mañana al campo?
Yo lo estaba deseando y enseguida le contesté que desde luego. Él me explicó que había que madrugar porque con las primeras luces se abren las flores y es más fácil la recogida. Y lo apostilló con una copla:
“La rosa del azafrán
florece una vez al año;
si quieres cogerla bien
hay que cogerla temprano”.
Yal punto del día ya estábamos organizados para salir al campo.
Yo me sentía nervioso y aún pregunté por qué no salíamos antes. El señor Paco me contestó con un refrán: “Azafrán de noche y candil de día, bobería”.
Todos en la comitiva íbamos de buen humor. A los chicos los hicieron subir al carro, junto a los cuévanos. Yo escuché la definición:
“Un cuévano es un cuévano;
dos cuévanos, una carga;
tres cuévanos, carga y media,
cuatro cuévanos, dos cargas”.
Con el azafrán no valen los pesos y medidas corrientes. Tienen que ser los suyos específicos. Me llamaron la atención especialmente el “robo” y el “cahíz”. El robo es un recipiente de madera que se coge con un listón en la zona superior que va abierta. Un robo equivale a 17 kg y medio. El cahíz equivale a ocho robos, es decir, 140 kg. No hay que confundirlo con el cahíz de tierra, medida de superficie. Un cahíz de tierra viene a producir, aproximadamente, dos cahíces de bulbos de azafrán.
 
Ahí nos tenías, pues, a los zagales charlando en el carro, mientras los mayores seguían el paso de las mulas cantando, porque en Teruel, son muy alegres y siempre cantan con cualquier motivo:
“Cuando vas de mañanica
a coger el azafrán
quisiera ser yo la rosa
para poderte besar.
Nací en el campo y no tengo
palabras para cantar:
la tierra que voy arando
sólo amargura me da”.
Yo veía a los hombres delante del carro con la chaqueta puesta porque a esas horas hacía frío, las manos hundidas en los bolsillos, la alforja al hombro, los bajos de los pantalones un poco remangados para que no los mojase la rosada que empezaba a rezumar, sus pobres albarcas de cuero, de fabricación casera (“de tordiga" las llamaban).
“Albarcas de tordiga
duran nueve días:
tres, con pelo; tres sin pelo;
y tres con el pie en el suelo”.
 Y sin dejar su buen humor ni un momento:
“Canta, carretero, canta,
canta camino adelante,
que para olvidar las penas
nada existe como el cante”.
Llegamos a la primera plantación. Se notaba que era la segunda semana de floración, que es la más abundante, cuando se forma el “manto” o la “florada". Las flores salen a la superficie con las primeras luces del alba. Lo dice la canción de la zarzuela que tan clavada tenía yo en la memoria: “Que nace al salir el sol y muere al caer la tarde”.
Aflora en forma de capullo, que va creciendo y abriéndose para arrugarse como si estuvieran marchitas al atardecer. Nosotros llegamos en el momento oportuno y enseguida nos pusimos a la faena. Era sencilla, pero pesada por la postura que se adopta, doblados por la cintura para ir cortando flor a flor y depositarlas en el cesto. Se hace con los dedos índice y pulgar, aprisionando entre los dos el “tubo floral” que le dicen “rabo”.
Cada uno llevaba una cesta de mimbre agarrada por el asa con la mano izquierda y que, de paso, hacía las veces de bastón, permitiéndonos apoyarnos en ella, mientras las rosas se cogían con la otra mano. Y no se cantaba. Cada uno estaba concentrado en su tarea, que había de realizar con exactitud y rapidez antes de que las rosas se abrieran del todo. A mí me dolían los riñones y tenía que pararme de cuando en cuando para estirarme. El señor Paco me dijo que me sentara a descansar, pero el amor propio me lo impedía al ver que ninguno se detenía. .
Al cabo de un par de horas todos paramos para almorzar.
Sentados allí mismo en el suelo, dimos buena cuenta de la tajada de pan con un par de pizcas de adobo que nos trajo la señora Inés, la mujer del señor Paco.
Nunca he comido bocados más deliciosos. Tal vez me lo parecieron por el apetito que se me había abierto con el trabajo.
El señor Paco ya llamaba para continuar el trabajo. La mañana avanzaba y había que aligerar.
Hasta pasado el mediodía estuvimos cogiendo rosas y los carros ya estaban llenos. Se veía la alegría en todos los rostros. Al entrar en el pueblo alguien cantó:
“Están cubiertas de flores
las calles de Monreal:
son las mocicas que vienen
de coger el azafrán”.
Efectivamente, estaban confluyendo de todos los caminos pandillas y pandillas de azafraneros. Unas mozas cantaban picaronamente:
“El que tenga una viña
junto a un azafrán
no necesita cesta
para vendimiar,
que las esbrinadoras,
cuando al campo van,
de racimo en racimo
las vendimiarán”.
Ya he dicho que Monreal es la capital del azafrán. Pero la zona azafranera es mayor: coge las tierras del Alto Jiloca y se extiende desde Calamocha y Barrachina hasta Santa Eulalia, Cella y Villarquemado pasando por Blancas, Bañón, Torrija y Torrelacárcel. Creo que eran veintiséis los municipios que tenían como principal riqueza el azafrán.
Después de comer venía la operación de “esbrinar”, es decir, arrancar los estigmas de la flor. Esto se hacía siempre en casa. Tenían una mesa camilla grande y alrededor de ella nos sentamos todos en círculo.
Sobre la mesa se ponía un montón de rosas. Nosotros cogíamos una flor.
Era una tarea delicada: se sujetaba por el rabo con el pulgar y el índice de la mano izquierda y se frotaban los dos dedos y con los dos mismos dos dedos de la mano derecha se separaban los estigmas del resto de la flor y se colocaban en otro montón.
No te haces idea de cómo es la rosa del azafrán, hasta que no la tienes en la mano:
Lo que se podría llamar la raíz es un bulbo de aspecto carnoso.
Aquí lo llaman “cebolla” porque es muy parecida a ella. Por dentro es blanco y está envuelto por unas capas o túnicas protectoras que las llaman “farfolla”. Son las que se utilizan como simiente en una plantación nueva. De la cebolla sube un tubo, que es el “rabo”, y de él sale la rosa, que está formada por seis sépalos y seis pétalos haciendo un conjunto como acampanado. El pistilo está formado por un estilo que termina en tres estigmas flexibles, resistentes, en forma de copa alargada, muy aromático y de color rojizo fuerte que es lo que llaman los “brines” del azafrán.
Esto es lo que se selecciona en cada rosa.
Perdonar el rollazo, pero no se me ocurre otra descripción mejor.
El separar estos “brines” -o “esbrinar”- no es pesado. Lo malo es que se tarda mucho rato, y eso es lo peor. Menos mal que mientras tanto se puede charlar, contar cuentos y cantar, todos en corro. Hay quien canta:
“La ponen sobre una mesa,
entre diez la despedazan.
La queman a fuego lento
y la dama ya descansa.
Se la llevan a las Indias
para el remedio de España”.