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ZARAGOZA, ARAGÓN, Spain
Creigo en Aragón ye Nazión

miércoles, 23 de julio de 2014

La marina

Ayer mi vecino Paco, recordaba que cuando relampageaba se santiguaban. Esta era otra de las protecciones que se empleaban para que no te cayese un rayo. Pero hablando en el patio, me contaba: -Lo que no tengo claro, es, porque antes de cruzar un río, hacíamos una cruz en el agua.
Esto me da pie, para hoy hablaros de una peligrosa enfermedad, que entonces era desconocida. Se llamaba y siempre se ha conocido con un nombre extraño: “La marina”
Cuando yo trato de enterarme en que consiste esta enfermedad, la contestación, que varía muy poco en unos lugares u otros, te deja también sorprendido, pues no tiene ningún complemento científico que pueda respaldarlo:
“Se trata de un fuerte componente mágico y que comprende una serie amplia de infecciones y heridas causadas, en opinión popular, por la acción de “Aguas malas” al pasar cerca de ellas o al tocarlas, y también por pincharse con ciertos arbustos espinosos”.
Cuando buscas alguien que conozca la enfermedad, siempre encuentras alguien, que su padre “se ha enmarinau”. Sus ideas responden a las creencias que, sobre esta enfermedad, acabo de contaros.
Y os paso las palabras de un testigo, que presenció la enfermedad y la describe en un medio aragonés del Sobrabe:
“A marina ye unas inflamaciones que salen n´as heridas si te mojas en bel río u barranquera. A beces se fa una cangrena (gangrena) n´o brazo u garra que tiengas a erida, y tien que cortatela.  Se piensa que ye feito por o bereno (veneno) que lleva l´augua, pero de diz tamien, que no ye preciso tocala ta que te coja a marina, con que atravieses bel puente, igual t´enchancha. Isto no alcurre pas en toz rios, ya que a bereno que lleban no ye igual”.
(La “marina” son unas inflamaciones que salen en las heridas si te mojas en algún río o barranco. Muchas veces se hace una gangrena en el brazo o pierna y hay que amputarla. Se cree que es debido al veneno que lleva el agua, pero también dicen que no es preciso tocar el agua para que cojas la enfermedad. Con que atraviese un puente de ciertos ríos o barrancos, coges la misma enfermedad. Esto no ocurre en todos los ríos. Pues no es el mismo veneno el que llevan).
Rio Cinca a su paso por el antiguo Mediano
 
La creencia popular es que hay que sacar el mal del cuerpo para sanar la marina y se recurre a remedios mágicos. Algunas veinte personas tengo anotadas que sobre los años 66 al 75 me contaron como se curaba, y todos coincidían en dos cosas: La vesícula biliar completa del cerdo y una botella. Os comento que son de distintos lugares de Aragón y esa coincidencia es lo que más llama la atención.
Os traigo dos de los remedios más significativos y mejor explicados.
El primero recogido en Mediano nos lo contaban desde casa Cabero:
“O remeio ye, tien una botelleta de boca ancha y le metes una fiel de tocino, binagre y cenisa. Bi ha qu´parar cuenta ta qu´a mida d´as tres cosas seya igual. Se tapona a botella con un traped de cañino di forma que enganche tres beces una ancima d´altra, bien atau en o cuello. O remeyo ye presto, y se guarda.
Cuan t´engancha a marina, coges a botella y la decantas dencima d´a maltra sin que la toque, cinco beces seguidas. Ascape bierás com´a botella respira cuan la decantas, ixo ye que se ba a curare.
Respira porque se chupa a malera, o mal se queda n´a botella.
Iste remeyo bale tamién ta toz as inflamacións y maleras en cheneral”.
(El remedio es: se tiene una botella de boca ancha y la rellenas con la vesícula de un cerdo, vinagre y ceniza. Hay que tener en cuenta que las tres cosas tengan exactamente el mismo peso. Se tapona la botella con tela de cáñamo de forma que pase por tres veces para hacer de tapón de la botella. El remedio esta preparado y se guarda.
Cuando te engancha la enfermedad, coges la botella y la decantas encima de donde se encuentra el mal sin que toque para nada donde se encuentra, cinco veces seguidas. Enseguida verás que la botella respira cuando la colocas del revés, y eso es signo de curación).
Otro remedio para curar la marina, y que esta recogido en Pozán del Vero, es muy parecido y tiene el mismo fundamento del anterior:
Para curar la marina. Se coge una fiel de tocino macho, aceite, aguardiente de anís, vinagre y ceniza. Todo la misma medida. Se pone en una botelleta. Se ata bien atau con un trapo. Cuando tienes la marina se decanta encima del mal y no sane o licote (contenido), pero se lleva el mal, se lleva a marina.
Ahora sabes amigo, porque tus mayores santiguaban el agua del río antes de cruzarlo y te enseñaron ha hacerlo.


domingo, 6 de julio de 2014

Casa y descendencia

La casa era la institución familiar más importante en nuestra tierra y la institución del mayorazgo estaba muy difundida en el derecho aragonés. Era la conservación de la casa y el mantenimiento de ella, y ello traía este derecho para que la casa nunca tuviera particiones, sino que se fuera ampliando con las dotes aportadas en los matrimonios.
La actitud de los miembros del grupo troncal, debía ser de incondicional dedicación a la casa. El trabajo era honrado y la desidia era menospreciada. Se entregaban al engrandecimiento del patrimonio y muchos refranes hacen referencia a esa condición: “Donde uno se muere muy farto… otro se muere muy laso”. Ser emprendedor o no serlo.
Lo más importante, incrementar los bienes de la casa, era artículo de fe entre los montañeses. Cada generación apuntalaba el patrimonio incrementando progresivamente los bienes. El desarrollo económico se ve plasmado en la arquitectura, pues cada generación ampliaba el cuerpo de la casa, agregándole un cuerpo o una dependencia nueva.
De los que se entroncaban en la casa –yernos y nueras- se esperaba el mismo empeño colaboracionista. El escogerlos era escrupuloso y los amos biellos estudiaban muy bien las virtudes y defectos de los pretendientes. Si alguno no reunía los requisitos, era rechazado demostrando la forma de pensar. “Ixe no se perderá en o baste de casa nuestra”. (Manta que se coloca sobre el lomo de una caballería).
A raíz de la integración de una choben –nuera- la casa registraba un espaldarazo económico y el vecindario no se frenaba a la hora de dar elogios: “Desde que acudió la choben a la casa, bien que an sacáu los pies de la alforja”.
Los hijos en la sociedad aragonesa, eran semilla de la prosperidad. A la fertilidad se la invocaba con los típicos “trucadors”, “aldabas” –llamadores- faliformes. Había necesidad imperiosa de descendencia. Un refrán montañés lo muestra claro: “De campo lejos y fillos tarde, Dios me libre y me guarde”.
La falta de descendencia era tratada bárbaramente, calificando con términos crueles a las mujeres que no eran capaces de concebir. Se llegaba a tratarlas de machorras, una palabra pastoril que significa estéril. Este criterio se muestra en algunas mazadas alusivas a este estado de cosas: “La mujer que no cría… labrar podría”.
Pero la  solución familiar del mayorazgo o “hereu”, generaba disconformidad y sentimientos amargos en los segundones o desheredados, que se sentían frustrados por esa tradición. Trataban de encontrar acomodo en otras casas y para ello trataban de dar categoría a sus personas y tratar de reducir la del heredero. Uno de ellos muy corriente da fe de ello: “Inamorate niña de los segundos, que los herederos de ahora son unos zamandungos”.
 
Pero el principio de indivisibilidad del patrimonio, impedía al segundón la propiedad de la casa. Si quedaba soltero acabaría siendo el tión de ella y acabaría como un brazo para seguir levantándola a cambio solo de la ropa, comida y cama en ella. Por eso se trataba de acomodarse en otra casa donde el hereu fuera para una muller, y convertirse en amo. Lo normal, donde había posibles, era dar estudios a los desheredados, y así nos encontramos a grandes saputos que salieron de la casa y que luego en las grandes capitales supieron crearse una nueva vida. Para cantidad de ellos por la gratuidez de los estudios, fueron los Seminarios su principio de estudios y una gran mayoría optando por hacerse sacerdotes.
Fundar casa en un medio sobreexplotado y con una rigidez antigua en el régimen de propiedad era un suceso extraño, de ahí que cuando alguno fundaba alguna casa, un patrimonio nuevo, a esa casa se la solía denominar con un adjetivo pirenaico –cabalero- y que se da para llamar en algunas aldeas aragonesas. Cabalero viene de cabal, de pecunio. Se llamaba de ese modo al mozo que no estando destinado para heredero, por ser segundón, gracias a su tenacidad había logrado hacerse con un capital y lo había invertido en comprar patrimonio y fundar una casa. Casi siempre era un tión preto, es decir, un segundón ahorrador.
Erigir una casa era un acontecimiento enorme. Los dueños para celebrar la efemérides hacían un festejo que recibía el sobrenombre de la “lebantadera”.
Se colocaba un ramo vegetal en la “cernillonera” -caballón del tejado- y se convidaba a un ágape ritual a toda la vecindad. El ramo vegetal encarnaba la prosperidad y perpetuidad del hogar que nacía en ese instante.
Comenzaba la vida de otra casa aragonesa.


martes, 10 de junio de 2014

Humor aragonés: Humor sencillo

El abandono de pueblos lleva a la desaparición de este humor, sobre todo en una zona que en esta tierra ha sido abandonada masivamente desde los años sesenta.
Es el Sobrarbe. Recordar como la despoblación de doce pueblos anegados por el pantano de Mediano, trae consecuencias duras en esta tierra, en la que se abandonan muchos más pueblos con los planes de desarrollo y otras causas que merecen un programa aparte. Recoger coplas de esta tierra, es hoy prácticamente imposible, debido a que no queda gente que pueda contarlas. Cuando repaso mis notas, me alegro de haberlas recogido en su momento y poder conservarlas como una joya.
Y es que no se ha perdido la forma de ser del aragonés, se ha perdido la conversación y eso es difícil de recuperar. Hoy en la casa aragonesa quien manda es la televisión en plena comida y no los comensales, que comen mudos ante la poderosa voz que sale del aparato, son solitarios en la familia, y ni se cuentas los problemas, ni menos tienen tiempo de una sonrisa que no salga de alguna cosa que aparezca en la televisión.
La rivalidad continúa hoy día de pueblo a pueblo, por todas las redoladas, quizá bastante diluida por la pérdida poblacional, pero sigue estando viva en muchos casos. Y de esta rivalidad, sale la copla con humor, sátira, y desde luego con un fondo basado en sucesos o forma de ser de cada lugar.
A falta de ingenio, os recupero el antiguo, y vosotros mismos escuchar, por que más de una sonrisa saldrá en vuestros labios.
Y comienzo con Sarabillo. ¿Habrá alguien tan inocente que al oír la siguiente retahíla crea que charramos de meteorología?
“Sarabillo
pueblo de mujeres calientes
y d´ombres fríos”.
Desde luego no tienen motivos para estar contentos en muchos pueblos, por que el humor aragonés les recuerda muchas cosas:
“No vayáis por trigo a Vió
ni por conciencia a Solana,
ni por virgos a la Rivera
ni por justicia  a Boltaña”.
 
Laspuña y Naval, tampoco salen muy bien…
“Muller de Laspuña
y macho de Naval,
con uno en hai prou
en cada lugar”.
 
Cuentan que en Tella, cuando moría una persona, salían a vocear mensajes como este para que los escuchasen los habitantes de la redolada:
“Os d´Arinzué y Lamiana,
puyar mañana,
qu´abrá bel carnuz
u bella carcana”.
 
No se libraban ni los curas:
“El cura de San Vicente
festejaba en San Lorién,
le dieron una paliza
y se le estuvo muy bien”.
 
Algunas ni riman, pero como son verdad, según ellos:
“Chisagüés está en un alto,
Parzán en una valle
y el desgraciado Javierre
no tiene más que una calle”.
 
A los pueblos de montaña, los tachan de agarradicos:
“Ta la fiesta de Chisagüés
o que no comes antes
tampoco dimpués”.
 
Y con Bielsa, se pasan:
“Pa la fiesta de Bielsa
mucha camisa blanca y mucha farola
i o puchero en el fuego
con agua sola”.
 
Me contaban que uno de Lafortunada, iba con frecuencia al río con intención de suicidarse, pero cada vez que llegaba, se lo miraba, se arrepentía y decía:
“Río, río,
¡que grande bajas!
Tócame los cojones,
que m´en boi ta casa”.
 
Para fiarte de las redoladas, contaban estas coplas:
“No trates mula en Zeresa
ni compres burro en Laspuña,
ni muller en Torrolisa,
ni perro en San Lorién;
a mula te saldrá guita,
o burro te calziará,
a muller s´irá con otro
y o perro te morderá”.
 
Charlando de la situación de algunas casas, lo explicaban claro:
“O burro, loco,
o tozino, baldau,
a zagala preñada
y o mozo soldau”.
 
Liguerre de Cinca, hoy lugar de vacaciones, tenía fama de poco invitadores. Las personas que pasaban por el lugar solían decir:
“Pobre de mí, desgraciau,
qu´i pasau por Liguerre
y no m´han combidau”.
 
En algún caso, expresan la resignación de vivir en un lugar y en un tiempo determinado:
“Nacer en Mipanas,
morir en Lamata.
¡Ay, Asuncioneta!,
¡ay, ay, que mala pata!”
 
El humor aragonés llega a la sencillez en el momento que se toca lo sagrado. Y siempre con un gran respeto, aunque al contarlo parezca lo contrario. La sencillez de este humor me da pié para contarlo, sin perder, como digo el respeto que merece toda religión. Pero hay chascarrillos que merecen comentarlos.
Y como primero, un hecho que sucedió hace muchos años en Barbastro y hay gente que todavía lo recuerda.
Resulta que estrenaban un “paso” para la procesión de la semana santa. Habían encargado las imágenes a un famoso taller de escultura de Zaragoza. Era el de la última cena. Pero pasaban las fechas. La cuaresma se adelantaba y el paso no llegaba. Por fin el Ayuntamiento decidió enviar al más avispado de sus concejales para traerse el paso como fuera. Y allá fue el hombre y allá se estuvo tres días urgiendo los trabajos que terminaron el mismísimo Miércoles Santo. Pero ya no había tiempo de buscar un transporte adecuado para colocar el conjunto de tallas.
¿Creéis que se amilanó el concienzudo concejal? ¡Que va! Marchó a la estación y sacó catorce billetes. Dos primeras –uno para Jesucristo y otro para él- y doce segundas para los apóstoles. Así vieron pasar los santos, asomados a la ventanilla por todas las estaciones y así llegaron a Barbastro.
En Bierge los habitantes son apellidados “Socarracristos” y la cosa no tiene nada de irreverente, sino una carga de buena voluntad. Parece que restauraban el Cristo del pueblo y lo bajaron al taller de Torrens en Huesca para remozar la pintura. También apretaban las fechas y tal vez se apresuraron demasiado. Envolvieron al Cristo con unas mantas y se lo llevaron al pueblo. La pintura había quedado preciosa y reluciente. Lo malo era que estaba tierna y, al secarse, se le había pegado a la imagen toda la pelusa de la manta. El único remedio que se les ocurrió para enmendar el desaguisado fue hacer otro mayor, socarrando toda la pelusa que se había quedado pegada…
Y ahora que hablamos de imágenes, dicen que el tallista de la virgen de Escagües, que se venera con mucha devoción en Echo, aprovechó la madera que le sobró de tallar la imagen, para hacer una “pesebrera”. Luego cantaban:
Virgen Santa d´Escagües
naixida en un fraxinal (fresno)
d´o pesebre a mía burra,
tú yes hermana carnal.
Que no, que no son irreverencias. Como tampoco lo es esta otra:
Oh tú, San Roque bendito
oh tú, excelso patrón
tú que fuiste eslejido
para madre del Señor.
Desde luego suena fatal. Pero es que en aquel pueblo –otra vez me callo el nombre- se acercaban las fiestas de la virgen de agosto, patrona del lugar, y el tallista al que se había encargado restaurar la imagen no la acababa de enviar. Como el día señalado todavía no tenían virgen, no tuvieron más remedio que coger la imagen de otro santo, vestirla y adornarla como pudieron y colocarla en la peana para presidir las fiestas de la Asunción. El agraciado fue San Roque.
Seguro que tampoco se sentía culpable el ermitaño Serafín. Volvía por el barranco de Mascún un día de mucho calor, con el santo en su capilleta, después de haber hecho la colecta en Rodellar.
Debía estar cansado y debía andar muy mal de fondos. Pues bueno, se conoce que se paró a descansar un ratico con el santo, que era San Urbez, sol de la montaña y patrono de la redolada. Mientras descansaba el ermitaño decidió echar unas partiditas de guiñote con el santo, que por lo visto no se opuso y allí estuvieron jugando, mientras quedó dinero en el cepillo del santo, pues el bueno de Serafín le hacía trampas mirándole las cartas.
Y eso que una de las características de nuestros montañeses es el buen conformar ante las dificultades de la vida. Y el fijarse en la parte amable de la las cosas. Eso le pasaba al ciego aquel de la Bal Ancha cuando aseguraba:
“-Vivo mejor que el rey. Todo lo que veo es mío”.
 
 
 
 
 


sábado, 31 de mayo de 2014

La mazada

Una de las características más notables de nuestro humor aragonés es la agudeza, la rapidez de réplica que a veces es tan rauda y definitiva que da la impresión de no ser improvisada, de haber sido madurada durante horas para soltarla en el momento oportuno. Aunque, claro está, no es así: la rapidez de ingenio del que la suelta es la única responsable.
Y recuerdo a nuestro Marcos Zapata. De él se cuenta que en un examen en Zaragoza confundía todas las preguntas, hasta que el profesor, harto ya de tantas burradas y con bastante malhumor, le recriminó:
-Señor Zapata, usted da una en el clavo y tres en la herradura.
A lo que contesta Zapata:
- ¡Si se estuviera usted quieto!
Aquí la llamamos “mazada”. Es la salida ocurrente, la réplica sin respuesta que da un golpetazo como si pegara con una maza, con el “agüelo” que es el martillo que se emplea en la fragua y que en Almudevar llaman gráficamente “o degüello” que sugiere el golpe sin apelación posible.
En todo Aragón abundan las mazadas y habría que estar siempre con el boli en la mano o tener una grabadora en la cabeza para irlas recogiendo conforme salen espontáneas de nuestras gentes.
 Aunque mazadas buenas, en sentido literal, debieron ser las de Fraga. Cuando vayáis a la Medina Fraga de los moros, “la sultana del Cinca” como se gustaba llamar en tiempos, id al Ayuntamiento y admirar “la Maza” que sigue guardándose allí.
 
Ni se sabe el origen, sin duda unido al famoso puente de madera de veinte arcos, anterior a la pasarela colgante que construyeron en 1845. Era una lucha continua entre el Cinca y el puente de madera, y cada vez que una avenida arrancaba la estacada, cosa que sucedía con demasiada frecuencia, venía la Maza a poner las paces amistosamente. Con maderos, a manera de carriles, dirigían todo el peso inmenso de la Maza hacia cada una de las pilastras vacilonas a las que clavaba instantáneamente de un solo golpe.
¿Vendrá de ahí el vocablo “mazada” que decíamos antes? Pues tampoco lo sé, pero contaríamos muchas mazadas aragonesas, todas auténticas, aunque la gente se haya empeñado en hacerlas  circular como chiste.
Cuando a Rosico de Biscarrués le ponían una sardina en solitario en el plato para cenar, preguntaba:
-Caramba ¿toda ye pa mí?
O aquella mujereta de Bielsa, cuando le decía su hija:
-Mamá, mira: el zapater del nino: m´ha salito en la olla lo forinato.
Ella respondía:
-Rechira, rechira, filla: mira si sale l´altro.
Como aquel crier de Almudevar que al llegar un lunes a la escuela comentaba:
-Lunes otra vez…¡Menuda ringla e días!
Con frecuencia el humor infantil tiene hasta su valor filológico. Es curioso que nuestros chavales hasta ayer, espontáneamente charraban aragonés antes de aprender castellano, al menos en una gran cantidad de construcciones. El niño tiende a decir “me se cayó”, buscando la sintaxis de la fabla. Un maestro de mi infancia nos inculcaba así la construcción castellana correcta: No “mese”, sino “seme”, o sea la semana antes que el mes.
Recuerdo otra anécdota: Un maestro, al preguntar a un chaval el motivo de haber faltado a clase el día anterior, le contestaba el crío:
-Es que plebeba…
-Mira no lo has dicho mal, pero eso es aragonés. ¿Cómo se dice en castellano?
-¡Ay sí!...Es que lloveba…
A veces la definición en el lenguaje infantil es exacta, contundente, una mazada, aunque nos haga sonreír. Un chiquillo hace ya muchos años, al ver cruzar el cielo un avión supersónico, le comentaba a la maestra:
-Señorita, acaba de pasar un avión d´os que dejan o ruido atrás.
Otras veces no existe tal gracia, si no es en el ánimo paterno o materno, que queda prendado de la precocidad de su retoño, como en el caso de un vecino que tenía en el pueblo, que comentaba en medio de un corro de gente la inteligencia inusitada de su hijo, que tenía nada menos que dieciséis años:
-¡Qué advertencias tiene este fillo mío, que ya sabe llevar o burro d´o ramal!


jueves, 15 de mayo de 2014

Chuegos “Juegos”

Cuando recuerdas tu infancia, sueles acompañarla de los lugares transitados en esos primeros años. Cuando uno regresa al lugar donde empezó su vida, reconoce las piedras, los árboles, la plaza, las calles, el barranco, la fuente, el río, el pozo, el abrevadero… todos esos lugares eran donde corrimos y jugamos en aquellos años infantiles. No pueden decir lo mismo otros que cuando llegan a sus raíces, encuentran solo agua. Un pantano se llevó todos sus recuerdos.
Nadie tiene derecho de borrar la historia de una sola persona por hacer una presa. Pero esto es otro tema. Estoy hablando de juegos.
Los paisajes de tu lugar, son disparadores de la imaginación, y a la vez reafirmadores de una identidad, la de la infancia, que suele acompañar a uno durante toda su vida.
Cuando hoy a un pequeño le pretendes enseñar cualquier juego de los que nosotros empleábamos, te pregunta donde esta el mando a distancia para realizarlo. Para jugar no hacen falta tantas cosas. Solo imaginación. Y esta si que la practicábamos.
El reino vegetal, silencioso pero vivo, ofrecía a nuestros ojos infantiles, grandes posibilidades de diversión.
La trepa de los árboles era una actividad que realizábamos con frecuencia, haciendo competiciones para ver quien era capaz de subir  a los árboles más altos o a aquellos que ofrecían más dificultad por tener el tronco liso o por tener las primeras ramas muy altas.
Por supuesto, que si se trataba de árboles frutales, nuestra capacidad de ascensión y la velocidad con que lo hacíamos, aumentaba considerablemente. Por las noches, y en el tiempo que maduraba la fruta, solíamos realizar frecuentes visitas a los huertos en los que sabíamos que había material de alimento para darnos respetables atracones de cerezas, ciruelas, claudias, melocotones… No menos cierto que algunas de estas excursiones nocturnas, terminaban con algún mediano cólico o una buena diarrea.
Las flores, hierbas y frutos fueron siempre compañeros callados de juego. La llegada de la primavera era siempre un acontecimiento notable por la transformación que sufría el entorno natural que nos rodeaba.
Con las margaritas jugábamos a deshojarlas en un interminable “sí” o “no”, para ver si nos quería la niña de nuestros sueños. Recuerdo a Izarbe lo pesada que se ponía conmigo con deshojar margaritas. A mí era una niña que me resultaba empalagosa. Y además, si siempre le salía “no”…
Con los capullos de “ababols” (amapolas), que cuando abundaban en un campo no auguraban una buena cosecha, jugábamos a “flaire u monja”. Cuando la flor se hallaba todavía encerrada en las hojas verdes del cáliz, era de color blanco o levemente rosado o bien royo, según el estado de crecimiento en que se encontrase. Cogíamos uno de los capullos y preguntábamos a un compañero:
-¿Flaire u monja? El interrogado debía responder una cosa o la otra. A continuación, se procedía a abrir el capullo. Si salía blanco o rosa, la respuesta era monja. Si salía royo, flaire.
A los frutos del rosal silvestre, les llamábamos “tapaculos”. Teníamos prohibido comerlos, pues su nombre ya sugería, que si los ingeríamos, ya no podríamos defecar más y eso eran palabras mayores. Creo que respetábamos a raja tabla la prohibición. Los utilizábamos como cebo en algunas trampas para pájaros y para extraer la pelusilla interior y ponerla en la espalda de algún amiguico para que le picara un rato. ¡Siempre con buenas ideas!
"Tapaculos"
 
Uno recuerda una planta, cuya flor, tiene un cáliz muy desarrollado del que salen los pétalos blancos. Arrancábamos dicha flor y tomada por la base, la golpeábamos contra el reverso de nuestra mano, produciendo un pequeño estallido. Era por ese ruido por el que las llamábamos “tirapedos”.
En primavera también, nos comíamos los pétalos de las acacias. Era lo que llamábamos “el pan de los pobres”.
Las chordigas (ortigas) producían un fuerte escozor en aquella parte del cuerpo con la que entraban en contacto, debido a sus pelillos irritantes. En ocasiones, rozaban nuestras desnudas piernas involuntariamente y no parábamos de rascarnos. En otras, se las pasábamos suavemente por los brazos y piernas a algún compañero descuidado y en muchas ocasiones encorríamos a las zagalas con un manullo de chordigas.
Con la cebadilla silvestre (las espiguetas), jugábamos a meterlas por debajo de la manga de nuestras camisas y jerséis para luego ir frotando suavemente y comprobar cómo iban ascendiendo brazo arriba. También las utilizábamos para lanzarlas contra otros, con el fin de que se quedaran agarradas en el jersei, en el pelo… Alguno, buscando el más difícil todavía, se las llegaba a poner en la boca y a punto de ahogarse, pues la espigueta  ascendía con rapidez hacia la garganta.
Otra de nuestras aficiones era la de tirarnos “cachorros” (en castellano se llaman lampazo o bardana) unos contra otros. Primero nos aprovisionábamos bien en las cacharreras que crecían en márgenes de huertos, eras… para, a continuación, establecer batallas de todos contra todos, lanzando “cachorros” a la ropa o a la cabeza. De la ropa aún se podían sacar con paciencia, pero del pelo era más complicado y más de uno tenía que tirar de tijera para conseguirlo.
Como podéis ver, no necesitábamos ingenios electrónicos para divertirnos.


sábado, 3 de mayo de 2014

Últimos de abril y principios de mayo… La fertilidad del “Mallo”

 
El culto naturalista a los espíritus de los árboles existía por todas las aldeas aragonesas. Hoy solo se celebra en algunos pueblos y aldeas y cada vez menos al desaparecer los quintos y con ellos los sacerdotes encargados de rendir el culto al árbol.
La colocación del mallo o mayo en la plaza del pueblo, muchos tenemos la creencia de que es solo en estas fechas, a primeros de Mayo, con la fiesta de la Santa Cruz.
Nos remontamos a épocas pasadas de nuestro Aragón y encontramos otras fechas también. En estos festivales agrícolas (esto es lo que eran), se honraba la fertilidad. De ahí que los rituales fueran obra del mocerío.
El mallo en los ritos aragoneses, se entendía como la colocación de un tótem alegórico de la prosperidad comunal y así lo interpretaba el sentir popular, cuya sabiduría no era nada superficial.
Por la “Plana de Huesca” erigían el mallo en la plaza de la aldea y lo hacían la brispa –víspera- de Pascua Florida y constituía un rito de jolgorio y masivo.
En Nocito, era el 29 de Abril, fiesta de San Pedro, la colocación del mallo. El mallo lo alzaban en la entrada de la ermita de San Pedro y se trigaba –escogía- en el barranco de la Pillera. Los mozos escogían el más repincháu –alto- y hasta donde podían entrar los mulos lo resacaban a güembros, es decir en los hombros.
En Triste los mozos talaban el mallo por Pascua florida, escogiendo el ejemplar más hermoso. En este caso si los mozos no podían trasladarlo a causa de su corpulencia, aceptaban la ayuda de los hombres casados. Esto es muy raro que ocurriera y solo lo conozco de este pueblo. También raro y solo conocido por mí, aquí, era coronarlo con una palangeta –prolongación artificial- de la que hacían pender naranjas y otros objetos de regalo. Como en muchos pueblos de nuestra tierra al mallo lo enjabonaban para hacerlo mas inaccesible.
Pero por el resto de Aragón la colocación del mallo se hacia el día de la Santa Cruz.
 
En la mayoría de nuestro territorio, se procuraban un pino altivo y existía la costumbre inmemorial de que este tronco fuera robado en una propiedad particular.
Desconozco los principios de este requisito, siendo común a muchas aldeas. A veces se hurtaba de algún vecino que se había mostrado remiso en la participación de los ritos o cicatero en la aportación de medios y dinero para sufragar los festejos.
Iban a las pardinas y alquerías del contorno y amparados en el sigilo de la noche hurtaban un tronco que trasladaban a la aldea y en la mañana todo el vecindario admiraba el vigoroso emblema fálico. Estamos hablando de rito de la naturaleza y que es la juventud el sacerdote de él, que se hace para fertilizar la naturaleza tanto vegetal como animal.
Si en la resaca del árbol aparecía el forestal o se mostraba indagatorio o pertinaz en saber los causantes del hurto, se le contestaba evasiva y procazmente… ¡marcha a mirártelo!... ¡al que mucho quiere saber mierda se le da a entender! El mallo permanecía erguido un tiempo indefinido.
En otros sitios era el primero de Mayo cuando los mozos iban a buscar las potencias fecundantes de la vegetación. Era costumbre que el árbol –mayo- apareciera plantado en el sitio escogido por tradición, sin que el resto del vecindario hubiera sospechado lo más mínimo. Para eso los mozos obraban con el mayor sigilo. Yo he escuchado muchas veces cuando me contaban estas cosas una frase clara: “De noches los mozos se reunían sin rechistar”. En ocasiones los mozos trasladaban ejemplares de más de trescientos kilos y para erguirlos se ayudaban de ramales. El mallo lo mantenían todo el mes de mayo y el último día debía desaparecer sin dejar rastro. Era troceado y cada mozo se llevaba un fragmento para su casa. La idea de compartir el árbol abona la creencia de la espiritualidad del rito y el símbolo de la fertilidad.


miércoles, 23 de abril de 2014

En el día de Aragón, nuestra tierra, auténtica encrucijada

Se dice que todos los caminos conducen a Roma, pero nuestra provincia de Huesca, es especial porque resulta, además de encrucijada geográfica, cruce de civilizaciones, de razas, de culturas, de siglos, de lenguas, de todo. Basta con pensar en el emparedado que ahora nos hacen vascos y catalanes por la izquierda y la derecha; España y Europa por arriba y por abajo. Y Huesca en medio. Como aislante. O, mejor aún, como lazo de unión. ¿Os imagináis juntos a catalanes y vascos?
A todo el mundo le choca constatar cómo en unos pocos kilómetros cuadrados se pueden encontrar unos ríos tan moros como el Guatizalema y el Alcanadre, tan castellanos como el Aguas Limpias, tan latinos como el Flumen -en latín, “flumen” significa precisamente “río”-, tan vascos como el Estarrún, tan aragoneses como el Aiguas Tortas o el Barranco Fondo.
Aquí, por lo visto, ha habido de todo. Y desde siempre:
Abundan más los vascones, como es lógico, en toda nuestra toponimia. Oza, por ejemplo, significa “frío” y Vero quiere decir “caliente”. Y, por supuesto, son el río más frío y más caliente de nuestro Alto Aragón.
Con el agua fría se podría discutir, ya que abundan las fuentes frías. Las “fonfridas”.
También el agua caliente abunda, aunque menos. Tenemos caldas como las de los Baños de Benasque y Panticosa.
Con el río Vero es muy claro. Yo les pedí a mis amigos de Lecina que me midiesen la temperatura en la surgencia del Vero que tienen allí mismo. Y el resultado fue claro: tanto en invierno como en verano hay una diferencia de 5 a 8 grados a partir de la surgencia. Es más, en invierno flota sobre ella una especie de vaho vaporoso, como cuando echamos aliento en las mañanicas de enero.
Lo de los Baños de Benasque es diferente. Me contaron en Benás que el diablo estaba muy disgustado porque las brujas del valle eran muy vagas y apenas hacían ningún mal: ni provocaban tormentas, ni mataban mulas, ni arruinaban cosechas. Nada de nada. El resultado del enfado de Pateta fue echarlas a todas a la hoguera que hizo debajo de la montaña, que aún sigue ardiendo, y por eso las fuentes de los Baños salen calientes.
Nuestra toponimia no puede mentir, aunque hay que reconocer que no siempre resulta clara su interpretación. No sé qué porcentaje de topónimos latinos, árabes y vascones tenemos. Habría que preguntárselo a algún especialista.
 
Pasa algo parecido con los apellidos. Muchos de ellos son patronímicos y descienden de pueblos como Buisán, Ayerbe, Lascorz, Ena, Oliván, Rasal, etc., y debieron de aparecer conforme la Reconquista bajaba hacia el sur, que se iba poblando con gentes de la montaña.
Pero hay otros de claro origen vascón. Bueno, alguno pensará que estoy obsesionado con lo de los vascones. No hace mucho me protestaron por la palabra “gabacho”. Y yo no tengo la culpa de que las palabras estén ahí. Y creo que la dejé bastante clarica para el que la quiso entender.
No obstante mi aclaración otra vez.
Digo gabacho en vez de francés. ¿Es que les tengo manía? Servidor no tiene manía a nadie y por supuesto odio el insulto. Y tengo que tirar de la filología para explicarme.
La terminación –cho en castellano tiene un claro significado despectivo; así decimos: un libracho, una casucha, un pueblucho…
Pero en aragonés no. La desinencia  en –cho la recibimos ya de los vascones y para ellos tiene un matiz diminutivo y cariñoso; así dicen Javiercho, amacho (madrecita)…
Para nosotros, un perdigacho significa una cría de perdiz, con toda la ternura que inspira. Y así decimos también engardacho, aligucho…
La palabra gabacho es también diminutivo cariñoso y vendría a significar los habitantes de los Gabes; es decir, de los pirineos franceses, en donde los ríos reciben ese nombre: el gabe de pau, el gabe de Lourdes…
Eso es, ni más ni menos, lo que en aragonés quiere decir gabacho.
Cierro mi digresión y a perdonar. Siempre me voy por los cerros de Úbeda. Ya sé que es un defecto mío, pero no lo puedo evitar.
 
A lo que iba. También tenemos apellidos de origen vascón. Tenemos la idea de que los apellidos vascos son larguísimos. No, no. Los nuestros son mucho más sencillos, pero no menos vascos, estando camuflados en su sencillez: Lera, Arreba, Gari, Lara, Ochoa, Blasco.. .
Pero dejamos esto aquí para seguir con la encrucijada, que no es solamente de razas y lenguas.
Nuestra tierra fue paso de peregrinos. Peregrino era el que iba a Santiago, como romero -de ahí romería- el que iba a Roma y palmero el que acudía a Tierra Santa.
Creo que no se ha estudiado suficientemente el fenómeno de las peregrinaciones y romerías de la Edad Media. Yo me imagino a toda Europa como un cúmulo de procesiones entrecruzadas: los que desde Inglaterra, Escandinavia y Castilla acudían al Santo Sepulcro de Jerusalén, que se tropezaban con los que desde Polonia, Letonia y Portugal se dirigían al sepulcro de San Pedro en Roma y con los que desde Grecia o Dinamarca peregrinaban al sepulcro de Sant Yago en Galicia.
Peregrinaciones que duraban muchos meses, a veces años, y que pusieron en contacto a las gentes y culturas de toda Europa. Ellos fueron los medios de comunicación en una época en que el turismo era bastante más complicado que en nuestros días.
Pues bien, el paso hacia Santiago pasaba por el Alto Aragón. Por todos los caminos se va a Roma, sí, pero no a Santiago, y la mayoría elegían en el Pirineo el “Summum Portum”, el Somport.
Y, ¡atención!, esto hizo que fuera nuestra tierra una de las primeras europeizadas y abiertas al mundo. Pero hizo más.
Cuando se estudia el arte, en concreto la pintura, la escultura y la arquitectura, enseguida se tropieza con la joya del románico. El Alto Aragón es privilegiado en románico, y no solamente en el edificio religioso, sino también en el civil o profano. Ahí está Loarre, con su castillo románico, sin parangón posible.
Los focos del románico español son claramente Jaca y Santiago, ambos con una zona de influencia increíble que lo irradian como las ondas en el agua cuando tiras una piedra en la balsa. El románico es jacetano o jacobeo o una mezcla de los dos cuando se encuentra en las zonas en que las ondas de influencia se entrecruzan.
Más tarde, también será el encuentro, el cruce, del mudéjar y el románico.
Alto Aragón, pues, encrucijada de culturas. Encuentro de África con Europa, atajo del sur hacia Francia, aunque una mala administración -y, además, miope- y una poderosa fuerza vasca y catalana hayan forzado el camino por los dos extremos del Pirineo en vez de coger el alcuerce natural del centro. Recordad que el meridiano llamado cero, de “Grinish” -de Greenwich, para entendemos-, pasa entre Huesca y Barbastro, y por Tarbes se va directo a Londres.
Empeñarse en ir a París desde Madrid o Valencia por Irún o Portbou es dar un rodeo incomprensible. Pero, claro, lo de siempre... y lo dejo en puntos suspensivos. Pero si se quiere traer a España una superlínea eléctrica de alta tensión, eso sí, todos están de acuerdo con que tiene que pasar por nuestro Pirineo, porque es el camino más directo y, además, arruina y contamina una región pobretona, poblada por un puñadico de personas -tres y el de la guitarra- incapaces de influir ni de defenderse.
Y lo que yo digo: si el Alto Aragón es ante todo una encrucijada, que lo siga siendo para todo: para lo malo, lo regular y lo bueno.


domingo, 13 de abril de 2014

Tambores de Semana Santa

¿Entrará mi Huesca en la ruta de los tambores? Un poco lejos nos cae del Bajo Aragón, pero su influencia es bastante clara. La ruta del tambor la forman nueve pueblos: Albalate del Arzobispo, Alcañiz, Alcorisa, Andorra, Calanda, Híjar, La Puebla de Híjar, Samper de Calanda y Gurrea de Gaén.
Pero actualmente, otros, algunos bastante alejados, van  entrando en la ruta; que yo sepa: Alagón, Caspe, Chiprana, Fuentes de Ebro, la Puebla de Alfindén, Zuera, Teruel y Zaragoza. ¿Por qué no ha de entrar Huesca que tanto los está promocionando?
Todos tienen en común el rezar con el tambor. Cada pueblo tiene sus sonares distintos, para el que los conoce, claro. Se distingue cuando toca una cuadrilla de la Puebla, de Calanda o de Alcañiz. Y los toques tienen sus propios nombres populares: la Palillera, Las imágenes, Correata, Cuatrero, el Agachadico, el Din-don, El uno, dos, tres... pero no es una mezcla confusa: la acertada combinación de todos ellos forman una verdadera sinfonía.
Los tambores no se tocan durante el año. Les parecería una profanación. Únicamente durante la Cuaresma ensayan sus toques. Se van a las afueras del pueblo para no incomodar a la gente y siempre en pandillas. Mucho más durante los días santos. Un amigo alcañizano me explicaba:
“Todos somos iguales; iguales, vamos vestidos de la misma forma y todos hacemos lo mismo, tocar; y tocando, rezar”.
Ahora celebran el gran Concurso de Tambores y Bombos. A muchos tocadores esto les repele. Dicen que los tambores no se pueden quedar en un mero acto folclórico: son para rezar, no para competir.
Yo tengo miedo de que nosotros nos quedemos únicamente en eso si no captamos el espíritu del Bajo Aragón y nos dedicamos a los tambores sólo porque hace bonito. Por el resto de Aragón nunca ha sido una tradición. Tampoco eso parece ser un inconveniente: las tradiciones empiezan un día y si valen la pena continúan; si no, ellas solas desaparecen como una moda más.
Sí me duele comprobar que los tambores están absorbiendo de tal forma la Semana Santa que no quedan gentes para llevar pasos y otros muchos componentes porque nadie los asume. Lo importante parece ser tocar el tambor.
No quiero desanimar a nuestras bandas, ni mucho menos. Todo lo contrario. Sólo pediría a sus animadores que ayuden a nuestros jóvenes a dar un sentido a sus conciertos, por lo menos en la procesión.
Reconozco que soy adicto a la Semana Santa del Bajo Aragón, sencillamente porque allí he visto que se vive como en ningún otro sitio. Preguntaba yo a un abuelico que llevaba cerca de sesenta años tocando en la procesión: “¿Y usted qué piensa cuando toca?” Él me miró extrañado como si pensase “éste no entiende nada de nada”. Al final me contestó sencillamente: ¡Rezo!
Otro me decía:
-El tocar se lleva en la sangre, por eso suena distinto. En otros sitios tal vez tengan más técnica -yo lo dudo-, pero nosotros somos más músicos porque tocamos con más sentimiento. Él mismo me recitaba esta quintilla del poeta popular José María Ferrer:
Tú eres tambor, la garganta
honda con que te canta
desde su misma raíz
el alma de este Alcañiz
doliente en Semana Santa.
El bombo y el tambor son el dolor, el homenaje a la Pasión. Un trueno formidable e inacabable a la muerte de Jesús, que empieza con la rompida y acaba sin interrupción veintiséis horas después. La rompida, en Calanda, por ejemplo, es algo increíble que es preciso ver alguna vez en la vida. ¡Esa plaza Mayor con más de mil doscientos bombos y tambores en un silencio angustioso esperando que den las doce de la noche! Nerviosismo en los rostros ante el acontecimiento que se avecina y luego, a la señal del alcalde, el más increíble estruendo, que parece que el mundo se viene abajo. Durante media hora parece que la plaza va a estallar. Luego, las cuadrillas se van desperdigando por las calles del pueblo, llevando el ruido, el lamento y la oración a todos los rincones del lugar.
 
Al turista le llaman la atención las marcas de sangre en los parches y los nudillos de los tocadores despellejados. Uno de Híjar me decía: “El arte del bombo es herir la piel parda, castigarlo para que saque buena voz”.
¡Y ya lo creo que sacan buena voz! Los que más furia ponen en tocar son, como es lógico, los jóvenes. A veces se ve un bombo con diez manchas ensangrentadas en el parche, una por cada año que han salido a tocar.
Algunos chavales, me contaron, al estrenar un parche se hieren porque así creen que toca mejor. Se compenetra mejor el tocador con su bombo. A través de la sangre, el instrumento y el intérprete se mezclan de algún modo. Uno me comentaba: “Yo, con mi tambor, es como si él y yo fuéramos la misma cosa”.
Eso es lo maravilloso. El sentimiento que llegan a imprimir a los tambores. Nunca mejor dicho que hacen hablar al instrumento: hablar y cantar, y llorar.
El trueno de Semana Santa del Bajo Aragón lo cantan quince mil tambores y bombos de los nueve pueblos que forman la Ruta. Sólo Alcañiz hace sonar mil ochocientos.
Sí, es preciso vivir la Semana Santa bajo aragonesa. No es lo mismo que ver una pandilla de ellos en un concurso, fuera de contexto, fuera de su sitio, intentando llamar la atención de unos curiosos o compitiendo por un diploma. El tambor es otra cosa y ellos lo saben. ¡Ojala se lo hagan comprender así a los chavales de nuestras bandas!
¡Ojalá calen los tambores, pero no como un mero folclore, sino como expresión de un pueblo que sabe vivir y llorar con el lamento de sus tambores!