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viernes, 7 de agosto de 2015

De huertas y frutas

Cuando bajo a estudiar desde la montaña a Huesca, había una parcela de trabajos agrícolas que todavía me era desconocida: la huerta, y más en concreto, los frutales. Es verdad que mis tíos tenían un huertecico cerca del río y de él cogían cuatro patatas y cebollas, algún pepino y poco más para el gasto de la casa. y cuando menos lo esperaba me salió una ocasión extraordinaria para conocer la huerta. Resulta que un amigo de un amigo de papá le dijo que otros amigos de Fraga andaban buscando mano de obra para recoger la fruta. Entonces no existía la inmigración y esos trabajos los ejercíamos normalmente los estudiantes. Nos servían para recoger algún dinero para poder mantener nuestros pequeños gastos, ya nuestros padres tan solo pagaban nuestros estudios y muy poco más. Yo me apunté enseguida, sin sospechar la paliza que me esperaba y, a los pocos días, caí por Fraga, “la sultana del Cinca”, como la llaman los fragatís.
Lo primero que me llamó la atención fue su idioma. Hablaban una especie de catalán que yo nunca había oído. Entonces me enteré de que Aragón es trilingüe: se habla aragonés, castellano y catalán.
La gente era encantadora y en cuanto aparecía yo entre ellos se esforzaban por usar el castellano, que por cierto lo hablaban muy bien y nunca lo mezclaban, a no ser que yo se lo pidiera para recoger en mi libretica las palabras que empleaban para sus tareas y utensilios.
Hacía poco que les había llegado el agua, pues antes de construir la presa de Barasona, la comarca, lo mismo que La Litera, era secano y bastante pobre. Pero el canal de Tamarite les dio un impulso esperanzador. Luego, al canal lo llamaron de “Aragón y Cataluña”, que es como ahora se conoce.
Yo, de Fraga, no conocía más que los higos, que llevaban fama en toda España y suponía que mi tarea sería el recogerlos. Ya me relamía pensando en los que me echaría a la boca. Me equivoqué de medio a medio. El higo ya estaba en decadencia y no le hacían ningún caso.
Parece que con el regadío los higos perdieron su calidad y al secarse se abrían, por lo que poco a poco los hortelanos se dedicaron a otras frutas, que les dieron su verdadera riqueza.
Pero aún tuve la oportunidad de ver el trabajo del higo. Por cierto, que nunca había visto higueras tan grandes como las de allí. Las escaleras que utilizaban para recoger los higos eran larguísimas. Veintidós travesaños le conté a la más larga que tenían mis nuevos amigos. Como los peldaños estaban separados un par de palmos, la longitud total llegaba a los nueve metros, que ya es altura.
Allí se encaramaban los hombres en la recogida. Iban provistos de unas cestas con un gancho para colgarlas en las ramas y, cuando habían llenado su cesto, lo descolgaban y las mujeres los recogían y pasaban a canastos grandes, que transportaban luego sobre la cabeza hasta el secadero. Allí los colocaban en cañizos para que les diera el sol.
La mayoría eran higos blancos y muy grandes. Los cogían ya “pansidos” con toda la miel hecha. Los que estaban un poco verdes todavía los ponían en cañizos aparte.
Mientras hacía sol los cañizos estaban extendidos en lugar despejado y, a la noche, los apilaban de diez en diez y los guardaban en un cobertizo. Lo mismo hacían si llovía. A la mañana siguiente se desafilaban otra vez. Al cabo de cuatro o cinco días, daban la vuelta a los higos, que ya los habían aplastado y, al secarse una cara, los volvían para que el sol les diera en la otra. A los diez días más o menos, ya estaban listos para la venta.
En mi pueblo, en el que también teníamos alguna que otra higuera, lo había visto hacer de otra manera: cuando se empezaban a secar se hacían unas ristras cosiéndolas con un hilo y se colgaban. Antes había que enfarinarlos. En Fraga, no. Se recogían sin más, como he dicho.
Los almacenistas que los comercializaban tenían unas representantes -siempre eran mujeres- que llamaban correderas y que iban de huerta en huerta comprándolos. Con ellas se ajustaba el precio.
Tenían una variedad que llamaban “coll de dama”, que la probé y me encantó. Era temprana y negra, con una flor muy grande. Pero no daba cantidad suficiente para el comercio.
Aunque los fragatinos son muy abiertos y comunicativos, en la época de la recolección apenas hacían tertulias. Cada uno iba a lo suyo sin parar de trabajar. Recuerdo que el señor Pere solía decir: “Al tiempo de los higos no hay amigos”.
 
Como he dicho, la llegada del agua hizo desaparecer los higos que perdieron, si no calidad, sí “presencia”. Pero los ribereños se volcaron en otros frutales y pocas regiones o ninguna de Europa pueden competir con ellos.
Era una gozada ver las huertas, tanto en torno al pueblo como en lo alto. La mayoría disponían de edificaciones en donde se podría vivir con toda comodidad (yo los comparaba con las “aldeas” de Lanaja y ni comparación). Pero, como están a poca distancia de la ciudad, ninguno las usa como vivienda. Eso sí, tienen sus almacenes, cubiertos, depósitos de agua, todo.
Muchos hortelanos contrataban “medieros” para trabajar su tierra y pagaban con una pequeña parte de la cosecha. La huerta alimentaba a sus animales, tocinos, conejos, gallinas y buena parte la pagaban en especie. Además, el amo les facilitaba el estiércol con unas medidas curiosas.
Para remover la tierra, en vez de arados, utilizaban las “fangas” (en mi pueblo les decíamos “lías o bigós”), que eran unos tridentes de hierro provistos de un mango vertical. Las clavaban hondo en la tierra haciendo fuerza con el pie en el travesaño de las tres puntas y, una vez hincadas, hacían palanca y sacaban unos tormos enormes. Pues bien, por cada bancal de huerta que “fangaban”, el amo les traía una carretada de fiemo de las parideras que tenía en el monte.
Yo le preguntaba al señor Pere qué hacían durante el invierno.
-Trabajar como todo el año. Claro que el verano es más duro, con la madrugada y la recogida de la fruta bien al sol, como puedes ver.
-Pero los árboles trabajan ellos solicos...
-No, no. Hay que injertar, podar y, sobre todo, sulfatar casi continuamente.
Además si un árbol carga mucho hay que esclarecer. Y todo esto de árbol en árbol. Cuando has terminado en una huerta ya tienes que ir a la otra. Además, las distancias no son nada cortas.
-El término de Fraga es muy grande, ¿no?
-El segundo de España. Sólo le gana Don Benito allá en la Extremadura.
-Escolti, siñó Pere, antes los árboles eran muy altos. Ahora no los dejan crecer tanto. ¿Es que la fruta sale mejor en arbolicos chicotes?
-La fruta es igual. No los dejamos crecer para ahorrar. Toda la labor se hace desde el suelo; ya no es preciso utilizar escaleras. Mientras subes y bajas ya has llenado un par de cestos.
-¿La recogida de la fruta les lleva todo el verano?
-Todo. Desde junio, que empiezas con la cereza y la fruta temprana, hasta casi San Miguel. Y menos mal que viene toda escalonada.
-Por lo que veo aquí cogen de todo, ciruelas, alberjes, peras, manzanas, melocotones...
-Sí, hasta mingranas, pero porque salen ellas solas. No las trabajamos. Ni tampoco los higos, como te he dicho antes.
-¿Cuántas clases hay en cada fruta?
-¡Huy! Cientos. Las más antiguas que tenemos, que han sido de siempre de aquí, son, en ciruelas, la claudia, el ancheleno y la fría. En albaricoques, el abridor y el pabió. En peras, la temprana, el castell, magallón, limonera, blanquilla...En manzana, la golde y la reineta. Pero te podía nombrar cientos y cientos.
-Además, todos tienen su huertecico para las cebollas, tomates, lechugas, y todo eso...
-Sí, todos. Pero sólo para el gasto de casa. Eso no lo trabajamos para venderlo porque nos llevaría mucho tiempo y no nos compensa.
En los quince días que me pasé en Fraga casi me saco el "título" de hortelano. Y casi almaceno sueño y agujetas para todo el año. ¡Qué madrugadas! ¡Y qué palizas de trabajar!
El señor Pere era muy refranero. Yo iba apuntando en mi cuadernito los refranes que le oía:
«Si chillan las falcetas, riega tranquilo tu huerta».
«Donde muere el agua, bien crecen las plantas».
«El que quiere la col, quiere las hojas del alrededor».
«Es peor hambre con sol, que pa cenar col».
«De acelgas, un bancal, y de nabos, buen tornallo y tendrás pa cenar medio año».
«Si comes almendricos, que te visite el medico».
«Con pepino y con melón las tripas en el talón».
«Calabaza, pepino y melón, de la misma familia son».
«Pepino, ciruelas y calabazón, lo más apropiado para un torzón».
«En huerta ajena, puedes llenarte la tripera».
«El agua fuerte, pa tú, la lluvia fina, pa mí».
«Si riegas con mucha agua, perderás de tu huerta la sustancia».
«La mejor regada, la del cielo bajada».


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