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ZARAGOZA, ARAGÓN, Spain
Creigo en Aragón ye Nazión

domingo, 1 de septiembre de 2013

Ferias

Cuando se acercaban ferias nosotros los chabales, las esperábamos con mucha ilusión. Teníamos en Aragón muchas más que ahora, pero eran diferentes. Sobre todo eran de ganado. Allí se compraban y vendían toda clase de animales de trabajo y de establo. Había un trajín increíble y lo aprovechaban para poner atracciones. Así nacieron las ferias que hoy se conocen. En los pueblos no teníamos ni norias, ni caballitos, ni autos de choque ni cosas de esas. Lo más, si acaso, eran los “húngaros”. Nosotros los llamábamos “hungáros”. Vete tú a saber si eran de Hungría o no. Consistían en pequeñas compañías de comediantes, casi siempre una familia. Viajaban en unos carromatos muy vistosos, llenos de colorines, de pueblo en pueblo y hacían comedias en la plaza. Los recuerdo con su oso, su cabra gimnasta o su perro sabio. La entrada por supuesto, era gratis. Al final de la representación pasaban la bandeja o la gorra para que la gente echase la voluntad y sacaban para ir viviendo. Hoy siguen en nuestras fiestas, transformados en músicos, malabaristas, estatuas vivientes…
Las ferias como digo, eran muy diferentes. Primero las gentes. Allí veías labradores, ganaderos, tratantes, gitanos con sus cómplices “los ramaleros”…
¿Ramaleros? Los gitanos llevaban fama de pegársela a cualquiera. Cogían una burra que se caía de puro vieja y la hacían trotar como si fuera un potro. O les limaban los dientes, o cualquier cosa. La gente no se fiaba de ellos. Entonces buscaban un amigo payo de aspecto inofensivo y bonachón que presentaba la caballería como si fuera suya y entonces era más fácil dar el pego. Ese era el “ramalero”. Luego se partían las ganancias o cobraban unas comisiones.
 
Los tratantes eran los profesionales de las ferias. Una frase hecha: “Tienes mas dineros que un tratante”. Su faena era comprar y vender. Y a estos si que no los engañaba nadie. Por eso muchos compradores acudían a ellos. Las registraban a las caballerías con mucha vista. Era mirar y remirar, palpar y hacer trotar. Comprobar si estaba herniada, si tenía bien la vista, la dentadura si estaba retocada…
Y la gente tenía otros trucos. ¿Qué trucos empleaban? Muchos. Yo pocos he oído. Si he oído que en algunos pueblos cuando tenían que llevar a un caballo a la feria, unos días antes les hacían una sangría porqué entonces relucía mucho su pelo.
Para conseguir también que el pelo reluciera mucho, decían que les socarraban el pelo y luego los cepillaban bien. Esto dicen que lo hacían los de Ibirque y quizá por eso los llaman “sucarramachos”.
La normalidad era desde luego la honradez, en el trato. Nunca se firmaba en ningún papel a la hora de cerrarlo. Un apretón de manos equivalía a cien escrituras.
¿Confiamos hoy a una palabra dada? Yo tengo mis serias dudas.


martes, 6 de agosto de 2013

Sobre el humor de nuestras gentes

Las salidas inesperadas, incluso en las proporciones, son buena cuenta de este humor que hoy tratamos, que por lo exagerado en sus resultados, nos hace sonreír. Estamos hablando del humor aragonés.
Este es un problema que se presenta cuando se amontona la tarea. En Almudevar tenían una expresión muy salada, ante una dificultad especialmente complicada: “Esto es más difícil que matar un burro a pizcos”.
Como se le amontonó la tarea a aquel montañés de Lasaosa, aquella tarde que paró a merendar: Estuvo merendando hasta las diez de la noche, por que no lograba igualar el pan con el chorizo: le sobraba pan y se cortaba más chorizo: pero luego le sobraba chorizo y se cortaba más pan… Ya era de noche cuando consiguió igualar.
El sentido de la proporción, o su contrasentido, vaya usted a saber, da con frecuencia en nuestra tierra origen al más puro humor –del hecho, no del contado- . Como la invitación de los habitantes de Luna. ¿Sabían – y estoy hablando muy en serio- que en 1969, cuando lo del Apolo XI, el dignísimo Ayuntamiento de Luna cursó (según me aseguraron) una invitación oficial a los astronautas Armstrong, Aldrin y Collins, primeros terrícolas que visitaron la luna, a visitar la otra Luna, la de Cinco Villas, como huéspedes de honor? Como no aceptaron ellos se lo perdieron, y a mí que no me vengan, pero su viaje quedó incompleto.
¡Las proporciones! Uno no tiene más remedio que recordar a Toño “El bruto de Benás”, que desde luego solo era bruto en su fuerza física, como os contaré.
Cierto día estaba contemplando una hermosa casa junto al río, pegadica a la misma glera. Y seguro que ensoñaba con su futuro. El dueño solamente tenía una hija que, naturalmente, heredaría la casa. En plena contemplación estaba nuestro mozo cuando pasó el amo por allí.
-¿Qué haces Antonio? ¿Te gusta la casa, eh?
-Pues si, señor, maja si que es.
-Pues mira, si te casas con mi zagala, la casa será para tú.
Toño se quedó pensando unos instantes, como haciendo cálculos. Pero pronto tomó la decisión:
-No señor, no. Que si viene una riada se llevará la casa, pero la moza se quedará.
En esto de las proporciones no es tan fácil coger a los montañeses. Los de Zaragoza que peinan canas, seguro que recuerdan a un famoso ansotano, cuyo nombre me callo, (El tío Rana) que visitaba con frecuencia la ciudad y además con calzón corto, lo que motivaba la incomprensible hilaridad de los zaragozanos.
 
Se daba el caso de que nuestro montañés, que tenía un fortunón en maderas y ganados, decidió a su vez reírse de los de la capital, que a veces confundían su traje con sus posibilidades.
Una de las veces que fue a Zaragoza lo hizo en compañía de algunas personalidades montañesas que eran invitados suyos y, por supuesto, a uno de los mejores hoteles. El recepcionista tuvo la poca delicadeza de contestarles al solicitar habitación:
Para estos señores, sí, tenemos habitaciones excelentes. Pero para usted –añadió, desdeñando la indumentaria del ansotano- temo que sean un poco caras. Compréndalo pero es que el hotel es de primera categoría.
Esta observación le soliviantó. Echó mano a la faja, sacó su cartera (una de aquellas antiguas de seis o siete doblezes en acordeón), y mirándole fito fito a dos palmos de su cara, le espetó:
-¿Con que esto es caro para mí? Llame usted al dueño, que ahora mismo le compro el hotel.
Algo parecido le sucedió otro día en la taquilla del teatro. Fue a sacar una entrada durante la temporada del Principal, y el taquillero le hizo la observación:
-Le advierto que estos días una entrada vale dieciocho reales…
-¿Dieciocho reales? Pues entonces déme dos. Una para mi sombrero y otra para mí.
Y desde entonces, todo el mundo de Zaragoza podía ver cómo el ansotano sacaba siempre dos entradas, aunque hubiese escasez de ellas por la aglomeración. O tal vez entonces con mayor motivo, como sucedió en una ocasión en que hacía estreno una compañía de zarzuela en la ciudad a bombo y platillos. La expectación era enorme y antes del comienzo de la sesión una larguísima cola esperaba nerviosa junto a las taquillas, pero estas no abrían.
Cuando levantaron el telón, solamente había un espectador en toda la sala. Nuestro montañés, que se había permitido el lujo de gastarse un fajo de billetes comprando todas las localidades para burlar así a la crema zaragozana.
Pero eso no quedó así. En la temporada siguiente todavía recordaban aquella faena y con mucha anticipación se apresuraron todos a sacar sus entradas para no verse burlados de nuevo por el ansotano. Y se ve que sí, en aquel estreno, que por cierto era en una noche de lluvia permanente, la sala se vio abarrotada.
En los entreactos parece que todos hacían comentarios sabrosos sobre el montañés que no había podido salirse con la suya. Pero eso era no conocerlo del todo.
A la salida, la lluvia arreciaba más y más y todos acudían a la larga hilera de taxis junto a la entrada del teatro (aquellos coches de punto preciosos, tirados por caballos). La respuesta de los cocheros era la misma para todo el mundo: “Está ocupado, no está libre”.
En un entreacto y ante los comentarios que escuchaba, el ansotano había alquilado ya, para él, todos los taxis.


miércoles, 31 de julio de 2013

Masando pan

Andaba yo pensando qué haría aquella mañana cuando se me presentó una ocasión estupenda de contemplar otro trabajo para escribir más cosas en mi libretica. Ya lo había observado otras veces, pero entonces aún no se me había apoderado el gusanillo de la curiosidad.
El caso es que, al entrar en la cocina, mi tía estaba amasando el pan. Había colocado la artesa pequeña encima de una mesa y allí estaba manoseando la masa con esos movimientos precisos de los dedos que se hunden en ella, la estrujan, le dan la vuelta... y esto, ratos y ratos. Cuando yo la ví, ya llevaba una hora trabajándola y todavía estuvo dándole más. Ahora estaba rezando. Decía:
"Dios te crezca, masa,
como la Virgen en gracia" .
Luego hacía la cruz sobre ella y volvía a rezar:
"Masa, sube en la bacía
como Jesucristo subió
en el vientre de María" .
-¿Ya has echado la levadura, tía?
-Pues claro, eso se hace casi al comienzo. Y lo mismo la sal. ¿Ves ese mantoncito de masa que está allí apartado? Pues lo dejaremos fermentar y servirá de levadura para la semana que viene.
Porque se amasaba cada semana, a veces cada diez días.
-¿Y cómo sabes cuándo está lista la masa?
-Mira: ya está. La aprietas con un dedo, ¿ves?, y el hoyico se recupera enseguida.
Si no estuviera en su punto, si estuviese cotaza, se quedaría hundido.
-Pues yo creía que se notaba en los "ojos" de la masa.
-Sí, pero no hace falta.
Para que lo viera hizo en ella un corte con el cuchillo y salió, efectivamente, llena de ojos. La abuela, que nos estaba mirando, soltó aquí uno de sus dichos:
-"Pan, con ojos; queso, sin ojos..., vino, el de Godojos".
Cuando ya estaba todo a gusto de mi tía, metió la masa en una cesta, la tapó bien con un paño blanco y encima un trozo de manta, para que no se enfriara por el camino, y nos fuimos los dos al horno, pues yo quería ver cómo terminaba la cosa.
 
Antiguamente, todas las casas del pueblo tenían su propio horno, según decía mi abuela, pero yo no me acordaba de haberlo visto. Para cocer ahora siempre se llevaba a un forno del pueblo.
Cuando llegamos ya había tres o cuatro mujeres, cada una con su cesto. Luego vendrían otras. Cada una se dedicaba a dar la forma que quería a cada pan y lo mismo su tamaño para ponerlo a cocer, y le hacían su propia marca ya que en las hornadas se metían panes de diferentes casas. Alguna tenía hasta su marca de hierro que estampaba a manera de sello, otras daban un pellizco peculiar o hacían un pico...
En Chalamera, según mi informadora, Pilar Villas, señalaban el pan así: "raserada", que era un corte con la rasera; "nariz cruzada", que era un pellizco cruzado en el pan y "nariz", un pellizco sin cruzar. El trabajo de dar forma a los panes lo llamaban reparar. La mujer que quería entregaba un poco de masa. Con otros pocos se hacía un pan que se llevaba al cura para que celebrara una misa en sufragio de las almas del Purgatorio, por lo que lo llamaban "pan de las almas",
 
Las conversaciones eran ininterrumpidas. El horno, al igual que el lavadero, era uno de los centros de información del pueblo. Allí se comentaba todo, naturalmente en tono confidencial. Yo me acordaba de aquella copla que cantó una vez Isidro:
"Madre, venga usted corriendo
y verá una cosa rara:
tres mujeres en el horno
y las tres están calladas" .
Cuando el panadero metió los panes con su larga pala, todavía rezaron otra breve oración, persignando la boca del horno:
- "Santa Vallezca bendita, te crezca, te cueza, te faga buen pan".
Ahora entraba ya la faena del panadero. Por ella y la utilización del horno cobraba generalmente en especie.
Antiguamente, el fuego estaba dentro del horno, y entonces una nueva tarea consistía en repartir la brasa, lo que se hacía con unas pértigas largas forradas de arpillera en la punta. Las iban mojando continuamente con agua para que el tejido no se quemase. Se metían los panes con la pala y se tapaba la boquera, cerrándola con barro. Luego vinieron las hornillas que calentaban el fuego desde fuera.
La mejor leña solía ser el coscojo, la carrasca, la aliaga... Una ventanica permitía observar el interior del horno para ver si el pan estaba ya cocido. Esto se sabía, sobre todo, por el color del pan. También la colocación de los panes en el horno tenía su arte, sobre todo para que no se "besasen" ya que entonces quedaba una marca fea y una parte sin corteza.
Una hora venía a tardar en cocerse. Luego se volvía a sacar, también con las palas, y se volvía a limpiar el horno. La ceniza se aprovechaba para hacer luego la colada de la ropa.
Las paredes del horno eran de adobas de buro, que no salta. Sólo más tarde se forrarían con ladrillos refractarios.
De siempre el pan de Aragón llevó fama de bien hecho. Especialmente cuando se hacía blanco, de flor de harina de trigo, para las ocasiones. Una canción popular nos lo recuerda:
"Al buen pan de Aragón,
muchachas, acudid,
que lo vendo barato
y me tengo que ir".
La verdad es que, en nuestra tierra, hasta con el pan se observó siempre una gran austeridad y su hechura se distinguía también con el rango de la casa. En tiempos se hacía pan doblado, mezcla de dos cereales, pan terciado -de trigo, ordio y centeno- y hasta se amasaba también otro pan especial de cebada sola o con salvado para los perros pastores y los mastines.
En Benasque, existían todas estas clases de pan: de harina de bellotas, de ordio y otros cereales inferiores, de centeno mezclado con patata, de mistura o "pan represet" (de trigo y centeno), de trigo sólo y de harina de fábrica.
 
Cuando las mujeres me vieron apuntar cosas, les hizo mucha gracia. La señora Chazinta me dijo:
-Apúntate este dicho: "Pan caliente y agua fría, si quieres perder la vida".
Mi tía protestó:
-El pan caliente es bueno con aceite y sal...
Pero la otra insistió en que ni siquiera así:
-Otro dicho: "¿Quieres pan caliente? - ¿es que quieres que reviente?".
Yo, claro, todo lo apunté.


lunes, 15 de julio de 2013

Joaquín Costa

He hablado más de una vez de nuestro Ramón y Cajal y volveré con él cualquier día. Compañero suyo en el Instituto de Huesca fue otro aragonés maravilloso y universal: Joaquín Costa. Y si el joven Santiago fue una auténtica calamidad como estudiante, Costa debió de ser el alumno ideal. Se matriculó un año después que Ramón y Cajal, pero con dieciocho años de edad. Recibió sobresalientes y premios extraordinarios, fundó siendo estudiante el Ateneo Oscense y recibió del director el encargo de suplir a profesores en algunas ausencias, prolongadas hasta treinta y seis días.
Costa se adelantó a su tiempo y luchó con toda su alma por su Aragón. Como un león. El “León de Graus” se ha llamado. Porque fue grausino por propia voluntad cuando Monzón, su patria chica, le volvió escandalosamente la espalda y al adelantarse a su tiempo tropezó, como es natural, con los españoles de su época. Esos españoles de los que diría Machado:
“En España de cada diez cabezas, dos piensan y ocho embisten”.
Recuerdo ahora la exclamación del político republicano al contemplar un gran rebaño de corderos: ¡Qué hermosa mayoría!.
La masa siempre es aborregada. También en nuestros tiempos.
Renuncia a pensar y delega en otras cabezas su capacidad de razonar. Lo vemos con muchos políticos, escritores, periodistas. Decía el epigrama:
“Por no saber Juan qué hacer
a periodista se echó
y el público lo leyó
por no saber qué leer”.
Cuando vayáis a Graus, deteneos ante la estatua de bronce de Costa. Es un monumento erigido por suscripción nacional en 1929, dieciocho años después de su muerte cuando se empezó a reconocer su mensaje.
En el mismo monumento aparece con letras doradas: “Escuela, Despensa, Política Hidráulica”.
¡Con qué razón decía García Mercadal que Costa, había muerto de asco, más que de otra enfermedad!
Vio los problemas de Aragón; apuntó las soluciones más evidentes, pero fueron cayendo todas en saco roto. En su tiempo, los políticos -aunque parezca raro- se preocupaban más de su medra personal que de los intereses comunes.
A nuestro pensador se le cita mucho, pero se le lee poco, y se le medita menos. Y casi todos sus renglones seguirían siendo válidos hoy.
Aunque le dolía España como al poeta, Aragón fue para él…
 
Mejor, se lo dejo decir al mismo Costa:
“Aragón es el ídolo de mi alma, después de Dios; patria adorada donde han nacido mis primeras ilusiones y mis primeros tormentos”.
Todo lo aragonés le interesa. Son abundantísimos sus apuntes (inéditos, claro) que hacen referencia a la fabla aragonesa, a las costumbres populares, hasta detalles tan aparentemente triviales como los apodos de los pueblos. Es curioso ver a este hombre que diserta sobre los grandes problemas de Aragón y España, recoger, en cuartillas sueltas con una ternura conmovedora coplillas como:
“En Bolturina “astados”,
todos de curas y frailes,
Secastilla vinateros
gente muy desagradable”.
O bien:
“En la Almunia poco trigo
porque el terreno lo trae.
En Fonz está la plaga
porque las doncellas paren.
En Estadilla los jueces
que sentencian las verdades.
En Estada está el tesoro
que los obispos traen.
Y todavía:
“¡A l'Aínsa, nabateros!
mucha bolsa y pocos dineros”.
No voy ni siquiera a glosar su figura. Otros lo han hecho ya espléndidamente y su figura ha hecho correr ríos de tinta. Pero sí quiero fijarme en un aspecto de lo más aragonés que he encontrado en él: la virtud defecto de decir siempre lo que pensaba.
Ahí va una anécdota que escribía Gil y Gil, catedrático y foralista aragonés, y que dedico a nuestros chavales de hoy:
Hizo que le presentaran a Costa, siendo estudiante, y muchos años después recordaba el cariño con que le atendió el pensador. Y recordaba también que en la conversación le preguntó don Joaquín:
-¿Estudias mucho?
-Bueno, no mayor cosa.
-¡Pues está usted robando el dinero a su padre!
Menos conocida, es otra anécdota que recogí en Estadilla.
Era alcalde de la villa por aquellos tiempos don Matías Blanco y le pidió a Costa que viniera a dar un mitin. Él fue primero a visitarlos y les preguntó qué ideas políticas tenían.
-Nosotros somos republicanos.
-¡Mentira! -exclamó con vehemencia-, porque en España no hay más que un republicano y medio. El republicano soy yo y Lerroux, que es sólo medio republicano.
Luego se arrepintió de lo dicho y le mandó recado al alcalde de que iría a dar el mitin. Pero también Matías Blanco tenía su orgullo y le contestó que si venía a Estadilla daría el mitin en el retrete.
Costa lo dio en privado, en casa Heredia.
En cuanto repasas despacio la vida de un aragonés, sale lo que sale…
¡Y en Costa también!


martes, 2 de julio de 2013

Videntes y curanderos “¿Seres diferentes?”

No me está permitido ser muy explícito al hablar de otro curandero, J.P. nacido en Agüero hace unos ochenta años y que actualmente vive en una capital cercana. Ejerce muy poco y es muy discreto.
Lo más característico suyo es que lo cura todo y sin necesidad de visitar al paciente. Mi informante es J. T. primo del curandero y me cuenta que pasaba una temporada muy mala y le llamó por teléfono. El le dijo: “Tienes tal y tal cosa”.
Era verdad y muy complicada: había estado en el entierro de un joven. Parece que el espíritu del joven se había colocado en él porque necesitaba reposo...
Otro caso interesante: una señora, amiga de mi informante fue a verle y le contó que sufría mucho, oía ruidos, presentía espíritus, etc. El telefoneó a su primo consultándole el caso y la curó sin tener ningún contacto con ella.
Lo siento, pero no puedo dar más detalles.
 
También curandero y clarividente es Millán Sancho, que nació en Huesca hacia 1945 y vive en un pueblo de los Monegros.
Hace el diagnóstico con sólo ver al enfermo. El mismo hace las medicinas, las da y cura.
Si es algo de articulaciones aplica masajes, si es algo interno receta hierbas de las que tiene un conocimiento casi exhaustivo.
Utiliza además una especie de pases con las manos. Ha hecho curaciones muy espectaculares como a un niño con la cabeza enorme y muchos tumores al que curó en una breve temporada.
Es además clarividente y encuentra cosas perdidas. Un amigo de mi informante que había perdido la bolsa y le preguntó, le dijo que la tenía colgada en una caseta en donde había estado merendando y allí la encontró.
 
Como remedio para muchos males se ha empleado el agua de San Cosme y Damián, que otros llaman aceite. El ermitaño, hombre muy interesante y amable me dice que el aspecto oleaginoso del agua se debe a unas capas de piedra bituminosa que atraviesa el agua antes de llegar al manantial de la cueva.
San Cosme y san Damián
Y ya que hablamos del ermitaño, diremos que Antonio Bonsón no es propiamente curandero aunque conoce muy bien las plantas medicinales y ha colaborado con eminentes botánicos.
Nació en 1943 en Torrelarribera en una casa que fue beatario dependiente de Obarra. El atribuye a esa circunstancia -entre otras- su facultad de predicción. Ha presentido muchas muertes (y me contó nombres y circunstancias que no vienen al caso).
Con sus familiares que viven en Barbastro se comunica telepáticamente avisándoles cuándo va a ir a verlos. Hay un algo de magia a su alrededor cuando cuenta sus apariciones, entre ellas de un ovni con todo detalle a distancia muy pequeña aunque no vio seres vivientes: sólo el aparato. Ha leído mucho y describe los fenómenos con las palabras adecuadas. Es valiente al vivir en un paraje tan extraño y sobrecogedor que además parece ser una zona de un gran magnetismo completamente solo, sin teléfono ni otro medio de comunicación.
Pero es un hombre de fe y asegura que no vive solo ni menos desvalido. En 1985 se cayó de un tejado y se rompió la columna. Así y todo supo ir hasta el coche, subir con él por la arisca pista hasta la carretera y conducir hasta Huesca, a la Residencia de San Jorge en donde entró por su pie. A partir de ese momento quedó inmovilizado. Eso lo cuenta con sencillez y convicción para indicar que no vive tan solo. Dios y los santos Cosme y Damián a los que tiene verdadera devoción lo protegen.
No hace curaciones. Tal vez porque no se lo propone y atribuye todos los favores al agua de San Cosme. Me decía con mucha simpatía:
-“Unos me llaman el loco de San Cosme, otros el brujo de San Cosme y otros el santo de San Cosme: yo creo que debo tener un poco de cada cosa...”
 
Quiero terminar este desfile de curanderos altoaragoneses con una interesante figura que no era de Huesca, ni siquiera de España pero que hace unos años visitaba con cierta regularidad la zona entre Robres y Tardienta.
Jaime Cristian era tal vez alemán y vivía en Reus en donde enseñaba idiomas. Tenía allí un apartado de correos y cuando lo llamaban de Tardienta y otros sitios acudía a visitar si es que se le permitía de lo Alto, como escribe en varias cartas a una de mis informadoras. . .
En Tardienta solía parar en casa de Torné en donde he comprobado el afecto que le tienen y cómo lo consideran santo.
No empleaba ningún método para curar: tocaba al enfermo y rezaba.
Tenía unos 55 años cuando visitaba estos pueblos y probablemente murió hacia 1975 que es cuando se pierde su rastro.
Mis informantes de Tardienta me contaban que una vez tenían un gran disgusto porque habían perdido la escritura de la casa. Se lo dijeron por teléfono y los tranquilizó “porque estaba bien guardada en un cajón”. Luego apareció en el Ayuntamiento.
Nunca aceptaba nada. Hasta llevaba ropa sin bolsillos para que no le metiesen dinero dentro. Ayunaba mucho. Cuando curaba no tomaba nada, si acaso algo de fruta. Al principio no quería venir a Tardienta porque decía que veía mucha sangre en todo el pueblo.
Otra informante que tuvo mucho trato con él y posteriormente bastante correspondencia me contó:
- “Hace dieciocho años tuve un derrame en un ojo (el izquierdo) y del otro veía muy poco. Me visitó Barraquer y no pudo hacer nada. Tampoco en Zaragoza. El doctor M. de Zaragoza tampoco me solucionó nada y les dijo a mis hijos que iba a quedar ciega enseguida y que me dejasen hacer lo que quisiera.
“Una cuñada que tenía en Tardienta me dijo que allí iba un señor que hacía cosas extraordinarias. Era alemán, me parece. Fui a verlo. Te saludaba juntando las dos manos. No me dijo nada. Al cabo de algunos días vino a verme a Grañén. Mi hija le preguntó: - “¿Se quedará sin ver?”. El miró hacia arriba y luego contestó: - “Me dicen que no”. No quiso nada: “si aceptara algo de usted -me dijo- ya no serviría de nada lo que hago por usted”.
“Yo tengo 74 años y aún veo. Todavía me sigue cuidando porque alguna vez he tenido caídas muy duras (la última en la cocina, desde lo alto de una mesa limpiando un armario) y no me ha pasado nada”.
Era un místico por lo visto. He tenido acceso a la correspondencia con la informante y vale la pena copiar algunos fragmentos de ella. Tenía una gran fe en Jesús y en el Padre y se nota que tiene familiaridad con la Biblia. Curiosamente, también aparece algún rasgo de creencia en la reencarnación:
“Mis hermanos no me verán corporalmente... mas ¿quién puede cerrar las puertas a espíritu alguno, mucho más si pretende difundir la luz del Creador y diseminar sus granitos de Amor Eterno?- Mucho me alegro de su mejoría y busque en su interior que es en donde hallará la fe que mueve las montañas y que teniéndola todos los seres latente tantas veces nos olvidamos de esta fe y en este olvido parece como si la vida nos pesase... Pero no! - Anímese pues y tenga a cada instante su pensamiento en El, pues en El vivimos. Y por si no puede, reclame la ayuda de Jesús”. (firma ilegible).
 
Y seguiría, y seguiría contando de estos personajes…
 
El lector habrá comprobado que he tenido verdadera suerte al tratar de recopilar datos. La mayoría de las veces he recibido la información directamente del propio curandero si es que vive o de sus familiares, que sin ningún resquemor me han permitido tomar notas, en algunos casos fotografías y siempre me han tratado con afabilidad, facilitando mi tarea.
Claro que esto tiene una desventaja: me han hablado de curaciones y no de fracasos, que sin duda los habrán tenido.
Pero nunca he pretendido hacer una valoración, ni siquiera un análisis de la medicina popular: simplemente una observación de lo que creen nuestras gentes. Constatar un hecho que allí está y forma parte de nuestro modo de ser.
Ya están lejos los tiempos en que algunos médicos denunciaban al curandero considerándole la competencia en unos casos y el ataque a la salud en otros. Con frecuencia hay una auténtica colaboración, una simbiosis entre el empirismo y la práctica.
Hoy se presenta a los curanderos en entrevistas y reportajes de los medios de comunicación y ellos mismos imprimen sus tarjetas aunque a veces velen discretamente su profesión con la palabra “masajista”.
¿Por qué habrían de esconder, ni tan siquiera disimular unos conocimientos ancestrales, heredados o adquiridos si pueden ayudar a disminuir el dolor?
He comprobado que jamás se salen del campo que dominan.
Sólo en casos contadísimos actúan como profesionales.
Casi todos curan por favor a vecinos, amigos o amigos de amigos. La “voluntad” que algunos de ellos aceptan, desde luego jamás los hará ricos.
Desde aquí mi agradecimiento y admiración hacia ellos. Y ojalá estas “charlas” más o menos desordenadas iluminen un aspecto más de nuestro pueblo en cuya alma trato de bucear.


domingo, 23 de junio de 2013

Videntes y curanderos ¿verdades o falsedades?

En “El Diario de Huesca” en Junio de 1888 se habla de unos curanderos -no especifica el número, pero hay que contar con dos o más- que hacen curaciones hipnóticas. Se les denomina “los Apóstoles” y tienen su “cuartel general” en Tabernas. Ese modo de hablar parece indicar que iban por los pueblos haciendo sus sesiones, aunque volvían a recalar siempre en Tabernas.
Ahora bien, en el pueblo, no ha quedado ni rastro de ellos.
Tampoco sabemos en qué consistían sus métodos en una época en que la ciencia hipnótica todavía estaba en mantillas.
Algunas personas mayores de Tabernas habían oído decir que hace unos cien años, en casa J. había reuniones espiritistas.
¿Estaban relacionadas con “los Apóstoles”? ¿O eran la misma cosa no muy bien conocida y definida en el pueblo? Es una pena que no dispongamos de más datos ni mayor información.
La primera noticia que tuve del curandero de la Almunia de San Juan fue a través de unos conocidos, completamente convencidos de sus poderes. Ellos me contaron esto:
“Es ciego. Diagnostica por lo que le dicen; luego, al tacto en la palma de la mano y en la arteria del cuello. No emplea hierbas. Es también adivino. Cuando estuvimos nosotros, enseguida adivinó que éramos tres, dos hombres y una mujer y que el que los acompañaba era el que peor estaba aunque no iba a visitarse.
“Mi hermano al final de la consulta le preguntó dónde podía haber perdido la alianza. El se concentró y le describió un campo cerrado con una gran piedra a la entrada y le dijo que perdió el anillo junto a ella aunque tal vez no la encontrara por haber labrado. Es verdad que lo perdió allí. Dicen que le preguntan para encontrar coches robados...”
Naturalmente que lo visité para que me contara lo que le pareciera apto para publicarse. No estoy autorizado para contar todo lo que me dijo. Se llama F. C. y no es ciego de nacimiento. Ya curaba antes de serlo. Descubrió como por casualidad sus dotes curando a un tocino. Y pensó que podía también hacerlo con personas.
 
Habla con voz fuerte, pausada, con autoridad, diría que solemne y casi profética y desde luego revela una riqueza de vida interior como sucede con frecuencia a muchos invidentes.
Aunque le había aclarado que no iba como paciente, me dijo que yo eso no lo sabía. Que muchos habían ido con otro motivo y habían encontrado en su casa algo que no buscaban y se empeñó en diagnosticarme dolencias antes de que empezáramos a hablar. Debo reconocer que no acertó en mi caso, a no ser que tenía los bronquios y garganta estropeados por fumar, cosa que puede asegurar cualquiera que hable un cuarto de hora conmigo. Me habló de dolencias de columna y quieras que no me “corrigió” una desviación y para hacerla me hizo crujir todo el rosario de vértebras. Me dio algunos consejos para mis malas digestiones y mi insomnio (?) y a continuación me habló de su vida y sus métodos, de los que no debo hablar a petición suya.
Lo encontré un hombre bueno, curioso, de gran convencimiento y fe en Dios y en sus propias facultades. Con una voluntad de hierro, que se contagia, y creo sinceramente que ha podido hacer curaciones espectaculares sobre todo lo que suponga la presencia de un factor psicológico determinante.
Me acompañó hasta la puerta. Recuerdo su despedida:
- Mira ahora el cielo, el sol, la vida... ¿No te parece todo más claro y brillante que antes?
 
En esa línea de curanderos hay que incluir a Emilio (omito su apellido y el pueblo en que vivió). Nació en Benabarre a finales del siglo pasado -1897- pero no vivió allí. Son muchísimas las personas que testimonian su calidad de curandero, y adivino.
Cuando me presento a conocerlo, su consulta parece una capilla, o mejor un museo de santos.
Hay docenas y docenas de cuadros de santos, de estatuillas, imágenes de Olot, según me dice él regalo de personas a las que ha curado.
Todo lo hace con medallitas de Santa Teresita del Niño Jesús pues me asegura que tiene una gran devoción.  También al Sagrado Corazón de Jesús, y a todos los santos.
Para que las medallas surtan su efecto deben estar bendecidas por él mismo tres veces, en días diferentes. El ritual es colocarlas sobre una estampa del Corazón de Jesús y rezar una larga oración en voz baja, que no se le oye aunque forma las palabras con los labios. Luego, las unta con agua bendita que tiene en un frasco y con saliva suya. Las seca con una toalla y las entrega. El agua bendita se la procura, el día de Sábado Santo, que lleva su propio cántaro a la iglesia para que quede bendecida.
A Emilio lo cuida un matrimonio de mediana edad que le profesa una auténtica devoción porque él curó a la señora que estaba paralítica en una silla de ruedas y ahora hace todos los oficios de la casa mientras el marido es el introductor de los enfermos o de los que acuden con otros problemas.
Porque Emilio lo remedia todo. A él llegan matrimonios con problemas familiares de todo tipo, igual de herencias que de malas relaciones entre los cónyuges o con los hijos; empresarios en apuros, enfermos de cualquier clase...
“El que lleva la medalleta -hay que llevarla siempre encima- bien colgada al cuello o en un bolsillo tiene una especie de seguro a todo riesgo, que le protege de todos los males: no ha de temer robos, ni accidentes de carretera, ni laborales, ni achaques a su salud”.
El me dice que han pasado por sus manos unos quince millones de personas, lo que evidentemente es imposible ya que aun visitando a diez personas diarias todos los días del año hubiera necesitado más de cuatro mil años. Lo que es cierto, sin embargo y lo atestiguan sus vecinos es que acuden a él muchas personas, a veces hasta autobuses de Barcelona.
Me comenta convencido: “Tengo ese don de Dios. Hago muchos milagros”.
A una pregunta mía contesta que sí:
- Sí, rezo horrores. Todos los días. Y el rezo es de Dios. La oración de las bendiciones de las medallas me la enseñó Dios mismo.
No está de acuerdo con la orientación actual de la piedad. Y esto me lo comenta sin que yo le pregunte:
- Todo tiene que volver a la religión de antes. Dios quiere a todos los santos y ahora los quitan de las iglesias. Pero lo peor de todo es matar. Dios no puede perdonar al que ha matado a otro.
¿El secreto de sus remedios?
- Todo lo hago con la mano y la saliva.


jueves, 6 de junio de 2013

Videntes y curanderos

Sin ánimo de analizar métodos y resultados. Sin intención de tomar parte alguna ni a favor ni en contra, vamos a repasar los curanderos videntes que conocemos por estas tierras. Como se ha podido observar, en ningún momento he juzgado la autenticidad o falsedad de los curanderos. El hacerlo corresponderá a la medicina especializada. El caso de los videntes y clarividentes entra en el terreno de la parapsicología y ella tiene la palabra.
Como persona que ha recogido costumbres y tradiciones oralmente, lo único que me interesa es la creencia de la gente. Y el dato está allí. Cada vez más personas acuden al tarot, a las pitonisas, astrólogos y adivinadores. ¿Dónde está el truco y dónde la ciencia? Yo, solo me limito a contemplar una realidad y darla a conocer.
En el Altoaragón la brujería no por menos estudiada es menos abundante que en cualquiera otra .región de España, bien sean meigas, lamias, sorguiñas o bruxas. Y el Turbón, Tella, Plan, etc. pueden rivalizar perfectamente con la Cernégula burgalesa o las navarras Urdax y Zugarramurdi.
Es lógico, pues, que junto a las brujas hayan pululado los “debinadores” o adivinos que deshacían los entuertos producidos por aquéllas, aunque sólo fuera detectando qué persona había producido el “mal de ojo” o el “incortamiento”.
.Pero aquí y ahora dejamos ese tipo de videntes -aunque tal vez en otra ocasión recojamos el tema casi inédito- y. nos limitamos al vidente que emplea su arte primordialmente para diagnosticar enfermedades y curar. Y digo primordialmente, porque casi siempre los mismos clarividentes, a manera de zahorís a distancia, se especializan también en encontrar objetos perdidos, coches robados, documentos desaparecidos...
 
Hace mucho conocí a B. Puerto. Es ciego. Afable y acogedor, contagia su propia fe a las personas que trata. No tiene ningún inconveniente en que escriba y divulgue lo que me cuenta, amparado además por su título sanitario que le permite curar.
- “Vivía en Graus -me cuenta-. Era instalador electricista cuando a consecuencia de un golpe tuve desprendimiento de retina y aunque me operaron en Barcelona, me quedé ciego.
Esto fue hace algunos años. Ahora tengo cuarenta y dos. “Me afectó mucho. Quedé desesperado, acobardado. No hacía más que pensar “¿para qué vale un ciego?”
Se bajaba a la bodega de casa, en Graus y allí, a solas, se pasaba las horas rumiando su tragedia y preguntándose cómo podría sacar adelante a su familia ya que estaba casado y con hijos. En esa bodega, precisamente, fue donde empezó a tener visiones.
El sonríe al contármelo, como calibrando la ironía de “un ciego que tiene visiones”. Le dejo a él que narre estas visiones:
- “Primero era una cruz cuadrada, como cromada de oro por los bordes, que se me acercaba. Me impresionó mucho.
También una palmatoria con la vela encendida que viene y se me para delante. (Pasa del pretérito al presente, pues me confiesa que las visiones no han cesado). Un señor como envuelto en humo o una nube: lleva un libro de piedra en la mano. Nunca le vi los pies ni más abajo de la rodilla a causa de la nube. Los ojos negros, pero tiene como una coseta roja en la niñeta. Se me acerca, me mira, pero no me habla...”
No fueron -ni son- ésas las únicas visiones, diríamos de simbolismo religioso o sacral. También se le aparecen animales: me habla de un elefante, una tortuga, tres caballos blancos que se le acercan y se le quedan mirando.
Estas visiones le impresionaron pero no le asustaron, porque todas venían “en son de paz”.
A mi pregunta de cómo interpreta estas visiones, él, muy seguro me contesta:
- Todas estas visiones interpreto que son el bien. Ya las primeras veces las interpreté como fuerza curativa.
También él quiere saber mi opinión y si hay algo de malo allí. Yo lo tranquilizo y le digo que mientras piense en hacer el bien a los demás, no debe preocuparse. (Y yo, con el atrevimiento de dar consejos…)
- Sí, siempre lo empleo para hacer el bien, porque presiento que tengo una fuerza terrible que podría hacer mucho daño. ¡Hombre! Una vez una señora me timó con los cupones y le deseé una diarrea... Creo que marchó a todo correr...
La primera cura la hizo a una mujer muy gorda y con fuertes dolores de riñón. La curó y perdió once kilos. “Si les pongo la mano en el estómago, ya no tienen hambre”. Se empezó a correr la fama.
Curó a otra señora con cáncer en el pecho izquierdo, ya desahuciada de los médicos. Después de curada, que fue a San Sebastián los médicos le dijeron que nunca había habido cáncer allí... “pero ella y yo sabíamos que era verdad”.
- “Llevo veintitrés casos de cáncer curado”
Su método ya no puede ser más sencillo. No emplea hierbas porque dice que no las conoce. Sencillamente pone la mano en donde está el mal y se concentra. Con la mano así empieza a repasar una por una todas sus visiones. Generalmente le basta una sesión.
El diagnóstico es parecido:
- “Cojo las manos del paciente y ya sé lo que tiene”.
Como quiero saber si es el único con “poderes” en la familia, me dice que hay dos hermanos de su madre que también curaban. Uno de ellos, en Francia, aún cura.
Me asegura también que tiene una gran fuerza para hacer vibrar las cosas, moverlas sin tocarlas. Lo hace pocas veces porque “en casa si lo hago, los niños se asustan”.
Le pide a su mujer que me cuente lo que le pasó a ella una vez, por entrar en el cuarto sin llamar. Y me lo cuenta. Al parecer su marido estaba con la visión del señor de la nube (al señor no lo vio) y la nube, al abrir ella se retiró y desapareció por la cabecera de la cama. Se dio un susto de muerte pues no sabía nada aún de las visiones de su marido. No le dijo nada.
Sólo más tarde, parece que se calla algo, pero rubrica: “He pasado mucho miedo”.
El relacionar la medicina popular con lo desconocido, lo espiritual, lo extrasensorial, tampoco parece que sea precisamente de ahora. Ya hemos visto que grandes médicos medievales y renacentistas utilizaban un buen porcentaje de esoterismo.
Y tendremos que seguir hablando de ellos…
Hay tantas cosas que contar…