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miércoles, 14 de diciembre de 2011

Veladas de invierno

Poco a poco iban volviendo los hombres del campo. Los días eran ya muy cortos y el atardecer transcurría tranquilamente en la "bilata" o velada a la mor del fuego. Yo no quería encadarme tan pronto y le pedí al abuelo que me dejara acompañar a Agustín a abrevar los abríos.
El mozo mayor ya había desaparejado los animales y Agustín, el chulo, que era de mi edad, los llevaría al abrevadero.

“Entre los criados existía un rígida jerarquía. En las casas fuertes, mandaba, naturalmente, el mozo mayor que tenía a sus órdenes a todos los demás: mozo mediano, mozo tercero, cuarto, quinto... hasta el mozo pequeño. Tanto mozos como pares de mulas y además un "mozo sobrau", que era un poco como reserva y para tareas alternativas. Aparte estaba el "mozo jada" para las viñas y huertas y el "chulo", que era un chavalillo que hacía de criado de los demás y que llevaba la comida al campo, llenaba los botijos, acercaba la bota al que lo pedía, cumplía los encargos, etc. Las contratas de los criados se hacían o se renovaban siempre por san Miguel, el 29 de septiembre. Cuando algún criado por la razón que fuera se marchaba de la casa antes de tiempo se decía de él "que había hecho sanmigalada".
Nos encantaba montar en los animales. (Mi Sabelona)
A mí siempre me dejaba montar el caballo viejo, que era muy tranquilo. Ibas a pelo, sin silla ni nada, pues únicamente les dejaban puesta la cabezada con un ramal. Yo quería hacerlo trotar, pero que si quieres. Parecía de piñón fijo y además debía de estar agotado de la jornada. Agustín siempre cabalgaba en el macho guita, que tenía un genio endiablado pero él lo dominaba como quería.
Al volver del abrevadero para encerrar ya hubo que encender el candil de aceite en la cuadra y cada animal se dirigió a su sitio de costumbre. Nosotros teníamos un par de machos, una mula, el caballo viejo y una burra.
La cuadra caía debajo de la cocina y tenía los maderos del techo llenos de telarañas.
No se podían quitar porque entonces las moscas se hubieran cebado con los animales. Y bastante tenían ya con las moscas de mula pegadas siempre a ellos.
Después de ayudar a echar el pienso me subía a la cocina y ya estaban todos en las cadieras del hogar. Allí cabía toda la familia y hasta los mozos pues era un lugar muy amplio.
La familia reunía en casa a tres generaciones: abuelos, hijos y nietos. Los hijos solterones que quedaban en casa eran los "tiones" y "tionas"; las nueras y yernas se llamaban "los jóvenes". El último nacido era el "caganiedos". En la montaña existían en algunas casas los "donados", que no pertenecían a la familia pero que se donaban a ella de por vida a cambio de ser tratados como uno más de ella.

En el centro del hogar se situaba el fogaril y la tizonera que es donde ardía el fuego.
Otros tizones se estaban calentando en el hueco que había al fondo, detrás del fogaril y que llamábamos la cobilleta, que se salía de la casa con un saliente de obra. La campana de la chaminera era inmensa y estaba atravesada por una viga -el cremallero- del que colgaba la cadena con numerosas argollas que en Castilla llaman los llares y en Aragón los cremallos: de ellos se colgaban los calderos.
De los cremallos siempre colgaban...

En la parte anterior del fogaril se veían los “morillos”, “caminals” “ofarrolls” (que de las tres formas los he oído nombrar), hierros verticales, uno a cada lado para apoyar los troncos y, delante de ellos, la losa branquilera. Debajo de las cadieras siempre había leña menuda, aliagas o fajuelos de vid que hacían de encendallo para avivar el fuego por las mañanas ya que nunca se dejaba apagar por la noche. Lo que quedaba del calibo o rescoldo se cubría de ceniza para que se mantuviera durante horas. Y recuerdo que mi abuela, cuando lo recogía con el badil antes de acostarse, siempre trazaba una cruz sobre la ceniza. Al día siguiente, con la ayuda de unas cuantas aliagas y el fuelle conseguía reactivar el fuego sin gastar ni una cerilla, que siempre hay que economizar. Solía decir: "El que quiera ahorrar, por un misto tiene que empezar".


En las horas de la velada el fuego ardía con una alegre “chera” (hoguera). No te podías poner muy cerca de él porque se te hacían “crabas” en las pantorrillas. Esto ahora ya no se estila, como tampoco los sabañones. Las crabas eran hinchazones de las venas que se ponían negras como si fueran varices y resultaban dolorosas.
De los cremallos colgaba la marmita con agua hirviendo y la abuela estaba terminando de cortar las sopas de pan que le iban cayendo en el delantal. Un par de pucheros arrimados al fuego y sostenidos por los “sesos” (hierros curvos para asentar los pucheros en el fuego) contenían vete a saber qué. En las “estreudes” o “trébedes” no se veía ninguna sartén de momento.
Mamá cogió las sopas ya cortadas y las echó en la marmita para escaldarlas, con unos dientes de ajo y un chorrico de aceite, teniendo buen cuidado de que los cremallos no se columpiasen porque trae mala suerte.

El hogar fue lo más representativo de la casa, tanto que durante la Edad Media la manera de contar los vecinos de un pueblo era por "fuegos". Y dentro del hogar, los cremallos o llares eran lo más importante. Así, en los ritos de agregación de animales domésticos encontramos algunas costumbres curiosas. En Perarrúa, cuando llegaba un gato nuevo a casa, se le pasaba por el cremallo. En la Ribagorza se le untaban las patas con aceite y se les restregaban por los llares. En Laspaúles, a los gatos y polluelos, para que no se marchasen de casa les hacían dar nueve vueltas a su alrededor diciendo "de casa te irás - a casa volverás". En Puyarruego, para que no huyese el gato regalado, le daban al animal tres vueltas alrededor del cremallo…



1 comentario:

  1. que grande eres bastian gente como tu es lo que hace falta por que sois la historia viva no hacen falta libros cuando ahi gente que sabe tanto como tu un abrazo fuerte

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