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martes, 22 de enero de 2013

La Boda “endogamia” y “comida de bodas”

Al llegar a casa de Urbez, que era donde iba a vivir el nuevo matrimonio, esperaron a que se reunieran todos los familiares y amigos para enseñarles el ajuar.
A la novia le mostraron la habitación nupcial y luego pasaron todos a la “sala buena” para que vieran los regalos que les habían hecho y lo que ellos mismos habían aportado al matrimonio.
Algunos invitados, al ver entrar a la novia por la puerta de la parte de atrás,  les extrañó mucho, y hubo que explicarles que en nuestro lugar, nunca entraba la recién casada por primera vez en la casa por la puerta principal, sino por la secundaria. Pero esta costumbre existía en muchos lugares.
En mi pueblo no existía la costumbre de que el nuevo marido tomase a su esposa en brazos y entrase así en casa.
Si alguna vez había existido, ya había desaparecido.
Parece una reliquia de los tiempos, no demasiado lejanos en que era preciso defenderse de la endogamia. Todavía hoy en muchos lugares se prefiere que los novios sean del mismo pueblo.
 
Esto probablemente se debe a que en el pueblo se conocen todos y se sabe a dónde van a ir a parar las mozas.
El mosen del pueblo era partidario de que se conocieran los chicos y chicas de toda la redolada y de acuerdo con los curas de los pueblos circundantes organizaban el baile por turno, cada domingo en un pueblo distinto.
Se miraba mal al comienzo y con frecuencia los mozos eran recibidos a pedradas en el pueblo de al lado. Pero poco a poco se fueron acostumbrando…
 
 Nuestras coplas y refranes aconsejan insistentemente el casarse con gente del mismo pueblo. Por ejemplo, este dicho recogido en Biscarrués: "El que lejos se va a casar, va engañado o a engañar".
Antiguamente se creía que la leche acerca los corazones y en muchos pueblos si dos familias vecinas tenían niños y niñas pequeños y les apetecía una futura unión de las casas, las madres intercambiaban los bebés para amamantarlos una temporada con el convencimiento de que luego, de mayores, se enamorarían.
Estas predilecciones produjeron como consecuencia una endogamia notable, especialmente en los pueblos de la montaña, generalmente muy aislados. Todavía hoy puede detectarse en muchos poblados pequeños la repetición de cuatro o cinco apellidos entrelazados en las familias del pueblo.
Cuando busco personas nacidas y casadas en un mismo lugar, os paso este resumen de endogamia en tres zonas de la provincia de Huesca, distinguiendo los herederos de los que no lo eran:
Herederos. Valles Altos: de 239 matrimonios: dentro del pueblo 222 (92,88 %), fuera 17 (17,11 %).
En las depresiones intermedias: de 160 matrimonios: dentro del pueblo 154 (96,25 %) fuera 6 (3,75 %).
Y en la Ribera, de 130 matrimonios: 126 en el pueblo (90 %) fuera, 14 (el 10 %).
 
De los no herederos, en cambio. En los Valles Altos, de 314 casos: 191 dentro del pueblo (60,82 %) Y 123, fuera (39,17 %).
En la Depresión intermedia, de 152 matrimonios, dentro 142 (58,67 %) y 110 fuera (41,32 %).
Y en la Ribera, de 229, matrimonios 172 (75,11 %) dentro del pueblo y 57 (24,89 %) fuera.
 
Con frecuencia fue el clero el propulsor de los contactos de los jóvenes de diversos pueblos para evitar los problemas de los matrimonios consanguíneos.
Los matrimonios consanguíneos están prohibidos por el Código Civil en el articulo 84. Y, por supuesto el Derecho Canónico que inspira al Civil en este punto, hasta el punto de que aquello copia casi a pie de la letra...
El Derecho Canónico prohíbe tales matrimonios como impedimento de grado menor a los de consanguinidad en tercer grado de línea colateral y a los de afinidad en segundo grado de línea colateral.
Y declara matrimonio nulo cuando hay consanguinidad en línea recta, entre todos los ascendientes y descendientes tanto legítimos como naturales y en línea colateral, nulo hasta el tercer grado inclusive.
 
Yo me alegraba porque no había ninguna moceta en mi pueblo que me hiciera "tilín" y tendría que buscar fuera. Había una que...
El bullicio de la gente que entraba en casa me hizo aterrizar de mis elucubraciones.
Todo el mundo quería ver el ajuar, sobre todo las mujeres que en seguida se pusieron a ponderarlo todo: el trabajo de bolillos en las puntillas, los bordados en las mantelerías, la abundancia de sábanas, en fin, todo el mundo sabe lo que son estas cosas.
 
A ver el ajuar, podríamos dedicarle páginas sobre distintas formas de mostrarlo. Solo quiero recordaros una costumbre muy curiosa, que hoy menos mal, ha desaparecido. A la vuelta de la iglesia, se colocaba todo en la futura alcoba nupcial, y la novia, se acostaba en la cama y todos los invitados desfilaban por delante suyo y le echaban monedas como presente.
Luego se pasó al aperitivo. Todo estaba muy abundante pues mi padre echaba aquel día la casa por la ventana. En la montaña, en el valle de Chistau la comida solía ser en casa de la novia y la cena en casa del novio. Allí se repartían todos los gastos pues las arras que eran tortas para la gente los ponía la novia y las doce monedas de plata eran a cargo del novio.
Aunque se repartían las cargas no les resultaba más barato porque las dos familias iban de pique.
Los banquetes eran en otro tiempo tan largos y costosos que arruinaban a las familias rivales que querían competir en rango y jerarquía, de suerte que las leyes, tanto civiles como eclesiásticas, limitaron el número de asistentes, conforme al grado de parentesco. Sin embargo, aún en el siglo XIX había lugares en los que los excesos gastronómicos duraban hasta tres días.
Cuando los festejos de boda duraban dos días -lo cual ya no es corriente- los mismos recién casados son los que servían la mesa a los comensales en el banquete del segundo día.
En el domingo siguiente al día de la boda los nuevos esposos se trasladaban a la casa de los padres del cónyuge y allí celebraban un banquete juntamente con sus familiares, los cuales estuvieron durante las bodas ocupados en diversos servicios.
Por nuestro pirineo, era costumbre matar ganado ovino para el banquete de bodas. Los jóvenes procuraban apoderarse de la cola lanuda del animal muerto. Cuando la novia se estaba comiendo el plato más delicado, sin saber cómo se encontraba con la cola en medio de la comida y tenía que tirarla. A esta broma la llamaban "fer la patota".
Servían a la novia los bocados con más huesos y los mozos se arreglaban de manera que fueran a parar al plato de ella los huesos de toda la mesa de convidados. Decían que lo hacían para significar que el estado del matrimonio era duro y tenía sus escollos.
Cuando apareció sobre la mesa el "pan de bodas" de clara forma fálica hubo una bronca fenomenal y comentarios picantes que sacaron los colores a la cara de los novios. Y no era más que el preludio de las bromas que vendrían después.
El pan de bodas lo había amasado mi abuela con flor de harina, pero las mozas amigas de casa fueron las que se lo llevaron al horno y le dieron la forma que quisieron.
En Fraga y en otros lugares de la ribera del Cinca este pan tenía sólo corteza y era más o menos faliforme y lo tenía que comer obligatoriamente la novia.
En Teruel los panes de boda tienen unas características propias, ya que al repartirlos a pedacitos entre los asistentes o al comerlos los propios contrayentes se adquieren unas cualidades especiales.
Así, por ejemplo, hay panes de boda con poderes fecundantes que al ser consumidos por parejas jóvenes provocan en ellas un efecto de amplia descendencia, teniendo varios hijos, lo que era muy importante en sociedades tradicionales donde se demandaba fuerte mano de obra.
También existían otros panes con formas fálicas que tenían de ser consumidos únicamente por la novia.
Hablando del pan, recordaremos el currusco que se llevaba a la iglesia, entre la ropa o el bolso, y era guardado para siempre entre las ropas, para que nunca faltara en esa casa.
Pues también en algunos lugares esta tradición era parecida. En este caso se llamaban “panes perpetuos”, que una vez bendecidos en la iglesia el día de la boda, eran guardados por la novia durante toda la vida.
Otra participación en la boda era el “borregón”. El término "borregón" se ha empleado tradicionalmente para señalar aquellas reses de lanar cuyo tamaño no era todavía adecuado para el sacrificio porque como dicen los propios “fuevanos” "no da para un convite de etiqueta". A los jóvenes no invitados al convite de etiqueta de la boda, se les daba una pequeña compensación para que celebraran por su cuenta una lifara o merienda informal, de ahí que se les dijera "borregón". Además éste tenía, por otro lado, su aspecto de reciprocidad. Nótese que la juventud que participaba del mismo, compartía la despedida con los novios, rondaba a la novia y organizaba y costeaba un pequeño baile o festejo, abierto a la participación de todos los vecinos.
Seguiremos…             


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