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jueves, 27 de octubre de 2011

Noche de almetas

La festividad de Todos los Santos, el primer día de noviembre, aparece en el siglo IX a ruegos de Luís el Piadoso y de los obispos franceses. Queda esta fiesta consolidada en el siglo XI con la introducción de la festividad del día de difuntos, el día posterior a aquella celebración.
Ya los celtas rendían culto a los difuntos y también a principios de otoño, pues la caída de las hojas significaba la muerte del año y el nacimiento del siguiente… pero personas más cultas que yo, sabrán explicarlo.
Comienza el otoño, los días se van haciendo cortos y las noches más largas. Las almas vagarán más tiempo entre la noche y hay que recogerlas. Nada mejor que ayudarlas a asentarse en el lugar que deben estar, y para ello se les ayudaba con misas, y toda la imaginación de las gentes con lamparillas, velas, y todo lo que pudiera ayudarles en su camino. Si se conseguía, ese invierno sería tranquilo, sin ningún sobresalto por parte de las ánimas, pues estarían recogidas en el lugar que les correspondiera.
Las almetas nunca me habían dado miedo, lo prometo. Hasta cuando era chaval me caían muy bien. En aquella época en que no había reloj despertador en casa, si algún día tenía que madrugar les rezaba por la noche a las almas del Purgatorio para que me despertaran a tal hora. Nunca me fallaron.
Otra historia era el día de las Almas, el 2 de noviembre y es que ese día se masca en el ambiente el tema de los muertos y todo el pueblo vive el acontecimiento...
En casa se encendía el estadal, que era un rollo de cerilleta en un canastillo.
También lamparillas de aceite, que se distribuían por la casa en los lugares donde en vida habían vivido las personas que murieron. Esa noche no podía posarme en la cadiera, ya que como para los fallecidos había sido su lugar preferido, se llenaba de lamparillas.
He recogido esta copla en Pozán de Vero. La cantaba una mujer que no quería a su marido y se ha hecho popular:
“Ya te has muerto, Timoteo,
ya te llevan a enterrar;
no pienso llevarte luto
ni te quemaré estadal”.
Se rezaban las tres partes del rosario; se oían tres misas por la mañana y toda la noche estabas oyendo tocar a muerto, que impresionaba.
En todos los pueblos se decían y se oían tres misas. Se visitaba el cementerio. Se encendían candelas o lamparillas en casa.
Todo el mundo se quedaba en casa por la noche, porque salían las almas por el pueblo.
Ese día no se podía barrer la casa ni la calle, ni hacer ruidos o cantar.
En la iglesia se ponían velas en los banquillos, cada familia en su lugar correspondiente, que era como una especie de continuación del hogar.
En esa noche de almas, las gentes iban a la iglesia a recoger "agua bendita" para bendecir la casa. Los mozos esa noche hacían sus apuestas empujando a los valientes a subir al cementerio a dar "las tres palmadicas".
Consiste en saltar la tapia del camposanto y dar tres palmadas mientras dicen:
"Tres palmadicas doy aquí, que salga la “muerteseca” detrás de mí"
Las bromas demasiado pesadas algunas, en esta noche, muchas de ellas nos salían por sacar el propio miedo que entonces teníamos.
Los mozos mayores ponían en el campanario y por las esquinas de las calles unas calaveras para asustar a los pequeños y a las mozas. Se trataba de una calabaza ahuecada en la que se practicaban dos agujeros a manera de ojos y una raja larga debajo simulando la boca. Dentro, colocaban una vela encendida cuyo resplandor salía por los orificios de la calavera y su visión nos producía escalofríos.

Como podemos comprobar, antes de que apareciera la moda americana del “Halloween”, nosotros ya teníamos nuestras propias formas de hacerlo con su calabaza y todo… Parece que las nuevas modas… Su significado en castellano es noche de difuntos.

En casa ponían en el trinchante las fotos de sus difuntos con una lamparilla de aceite. Siempre se guardaba alguna prenda u objeto del difunto y también se colocaba si no existía fotografía. Era costumbre visitar el cementerio cuyos sepulcros y nichos se habían limpiado y adornado con flores el día anterior y el mosen acudía también a echar responsos a los difuntos de las personas que se lo pedían.
Más adelante, cuando fui monaguillo, me gustaba mucho la noche de las almas porque era como una fiesta y aquella noche no dormíamos para poder tocar las campanas cada hora.
Antes, habíamos hecho una "plega" por el pueblo y en todas las casas nos habían dado algo: pan, unas monedas, un huevo, una honda de longaniza, unas almendras... y en el cuartico de la sacristía estábamos toda la noche en un pienso.
Era majo entonces el día de las almetas.

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