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lunes, 29 de octubre de 2012

De novios “ Los ajustes”

No había pasado demasiado tiempo cuando se decidió hacer el "ajuste". Como en mi pueblo no teníamos ningún lugar especialmente indicado para esta reunión-ceremonia se haría en casa de Cacho, que era terreno neutral y tenían amistad con las dos familias. Esto era importante y cuando los novios eran de diferente pueblo se buscaba alguna ermita o paraje a mitad de camino.
 Contaba hace tiempo que dudo si todavía se mantiene erguida la Carrasca Borracha en plena sierra de Guara, no lejos de la peña Peatra, encima de Bastarás, sin otra misión en nuestros días que asombrar orgullosa a los escasos paseantes que por allí se acercan. Y junto a ella, nada. Ni una mala caseta, ni una borda, nada.
Sin embargo, la Carrasca Borracha fue antaño un sitio de encuentros, lugar de descanso y charlas distendidas. Unto de reunión de montañeses, de las gentes que bajaban de Pedruel, Las Almunias, Rodellar o Las Bellostas con sus machos cargados de patatas para la tierra baja y los que subían de Angüés, Labata, Ibieca o Casbas con sus recuas portadoras de aceite o vino.
Y por poner otro ejemplo, también en Robres tienen su Peña del Ajuste. Está allí en Miralbuenos, que está junto al camino de Grañén. Se encuentra en un tozal y la vista desde ella es preciosa, aunque solamente sea para justificar el nombre de Miralbuenos, y más cuando el trigo todavía no quiere amarillear y los campos están cuajados de amapolas. Ya sabéis que a los de Robres los llaman “ababolicos” y a mucha honra que lo llevan ellos.
Lo más singular de la piedra es su nombre y el oficio que desempeñaba.
Todo el mundo sabe que el ajuste era el hito más importante en la concertación de un matrimonio en unos tiempos en que hasta la voluntad y el cariño de los novios parece que no pintaba demasiado. Los representantes de las dos partes, generalmente los padres, se reunían para fijar las aportaciones que los pretendientes harían a la boda.
Allí desmenuzaban, paso a paso, desde el ajuar de la novia hasta las tierras del novio, pasando por los gastos de la boda y los doblones en metálico que aportaría cada casa. Y todo sazonado por los comentarios del aponderador, que ensalzaba las cualidades del mozo casadero y la calidad de los bienes que traía.
Y claro que a veces se pasaba un pelín. Todos habéis oído hablar del aponderador de Burriana, que de tanto aponderar deshizo la boda.
¿Que no? Os lo recuerdo, aunque ya lo han contado otros con más gracia que yo.
Pues se ve que el aponderador de Burriana debía de ser un lince. Probablemente le habían prometido una buena comisión si la boda se llevaba a cabo. Por eso, a cada palabra del padre del zagal añadía su comentario visto con lentes de aumento. El padre comentaba:
-El mozo pondrá un campico que tenemos en el secano.
El aponderador le interrumpía:
-¿Cómo campico?, si en una hectárea y media que tenéis cogís más ordio que otros en ocho hectáreas. jY qué ardio! Que se lo pregunten al molinero, que no conoce otro de mejor calidad.
El padre continuaba:
-y también pone la burrica...
De nuevo el comentario del aponderador:
-¿Qué dices burrica?, si esa caballería tiene más chicha que dos bueyes juntos para tirar del aladro.
-Y el huertecico de abajo…
-¿Cómo huertecico? ¡Si allí se coge de un todo: tomates, pimientos, judías, patatas, y unas cebollas que para nada envidian a las de Fuentes! ¡Y qué bisaltos y ensaladas y borrajas! No conozco huerta mejor regada ni tierra mejor dispuesta.
Todo lo aponderaba que era .un gusto. Como el padre del mozo casadero veía que exageraba lo suyo, a fuer de noble también quiso aclarar:
-El mozo es trebajadero y bien dispuesto, y muy amoroso. Aunque es preciso avisar que tiene un pequeño defecto y es que ye una miajica corto de vista…
Y el aponderador, que no admitía nada pequeño, apuntilló:
-¿Cómo una miajica corto de vista?, si el zagal no ve tres en un burro.
Y aquí se terminó el ajuste y la boda. ..
Los ajustes no eran necesarios cuando se pactaba un matrimonio cruzado, es decir, un hermano y una hermana de la misma familia que se casaban con otra hermana y hermano. Lo llamaban también matrimonio a cambio y se dio con mucha frecuencia porque parece que era muy práctico para evitarse dotes ni particiones.
Aún recuerdan en Robres los más viejos el ajuste del siglo, que se hizo nada menos que entre casa Ruata de Alcubierre, cuyo vástago. Agustín, se unía con una mocica de los Rufas de Torres. (¿Había casas más fuertes? Como no fuera los Bastarás de Lanaja...). La lifara de la boda debió de dejar pequeñas a las bodas de Camacho del Quijote. Tuvo lugar en la paridera, no muy lejana, porque no había salas capaces de reunir a todos los invitados. ¡Ah!, los manjares que se consumieron y las bebidas fueron exclusivamente de la tierra.
En los ajustes no se escribía ni firmaba nada. Bastaba la palabra, cereña como la roca que hacía de testigo. Porque ése era el papel de la Peña del Ajuste: garantizar con su presencia casi sagrada el cumplimiento de todo lo que junto a ella se trataba.
... y ahora ya, a preparar la boda. Sobre todo, la novia, que ya podía venir a vistas con el novio, momento en que lo veía por primera vez y ya podría festejar sometida a la geografía del fogón y a la presencia de toda la familia. Más tarde, con las amonestaciones echadas se cortejaría a solas, con el novio a la puerta de casa o a través de la ventana.
Como he dicho, pocas veces se escribía nada en los contratos.
Cuando eran muy solemnes, se escribían las Capitulaciones, que nos resultan un verdadero tesoro de derecho aragonés. Y alguna vez, también la lista del ajuar o “plega” o “ajobar” de la moza, que de todas estas formas se llamaba.
Tengo a la vista precisamente una de estas listas de hace unos ochenta años. Os lo quiero leer porque no tiene desperdicio y nos resulta hasta divertido o tal vez enternecedor:
“Camisas, 22; enaguas, 12; servilletas, 12; manteles, 2; toballas, 6; toballones, 6; bestidos indiana, 14; ídem de lana, 9; refajos, 9; gabanes, 13; chambras, 10; delantales, 6; mantillas, 5; pañuelos para el cuello, 7; pañuelos de bolsillo, 12; más pañuelos para la cabeza, 16; sábanas, 7; botas y zapatos, pares, 6; manta de palencia, 1; cama de hierro, 1; colchón, 1; colchoneta, 1; colcha de percal, 1; jergón, 1; almadas, pares, 3; cofres, 2; medias, pares, 26; corsetes, 3.”
¡Cómo se reirán las mocicas de ahora!
Pero, en fin, así somos y así fuimos...


lunes, 22 de octubre de 2012

De novios

Urbez ya entraba en casa.  "Entrar en casa" era la aprobación oficial por parte de los padres de la novia para que un chico la cortejara. Generalmente no se hacía hasta muy adelantadas las relaciones.
La petición de mano en casi todo Aragón la hacían los padres acompañados del novio o, éste acompañado de aquéllos. Si el mozo no tenía padres lo hacían los cuñados o algún otro pariente próximo. En algunos sitios se daba con ese motivo el anillo de compromiso.
Para la negación de matrimonio por parte de los padres o tutores de la novia, el Derecho Aragonés preveía  una fórmula foral que se llamaba, y se sigue llamando, “Sacar la manifestada" que consiste en sacar a una joven mayor de edad, de su casa y ponerla fuera de la patria potestad bajo la tutela que designe el juez, para que pasado el tiempo legal, pueda contraer matrimonio con consentimiento judicial si los padres se lo niegan.
A mí me caía bien Urbez, porque nunca me había tratado como a un crío y me parecía bien para novio de mi hermana. Claro que para entonces ya se había hecho lo que entonces llamaban "petición de mano".
Un domingo vinieron a comer a casa Urbez y sus padres.
Mamá había sacado la mantelería de cruceta de las grandes ocasiones que guardaba en el arca con la ropa buena y cinco o seis membrillos para que le diesen buen aroma. La comida, naturalmente, sería en la sala. Normalmente comíamos en la cocina.
Ya desde la mañana mi hermana, toda nerviosa, estuvo preparando la mesa, con la vajilla buena, la serbilla para el pan, los salvamanteles que ella misma había bordado en la escuela y hasta fue a pedirle a tía Juana un par de fuentes preciosas que tenía. La abuela la ayudaba en todo y no sé cuál de las dos estaba más nerviosa y emocionada.
Después estudiaron el sitio de cada comensal. Por cierto que ésa fue la primera vez que vi a las mujeres sentadas a la mesa. Generalmente sólo los hombres lo hacían. Las mujeres servían y comían entre plato y plato en la cocina y hasta iban fregando la vajilla. Esta vez, y supongo que para acompañar a la madre del novio, mi madre y mi hermana ocuparon un lugar en el comedor.
Esos eran los que llamábamos "buenos modos". En concreto durante la comida las convenciones sociales y culturales exigían unas reglas que jamás se omitían. Al empezar un pan siempre se lo santiguaba haciéndole una cruz con la punta del cuchillo en la corteza. Esto era tan típico que incluso hemos oído en todo el pirineo: "Esta casa era muy fuerte, se hacían hasta ocho cruces a la semana" es decir que se comían ocho panes, de aquellos inmensos de dos o cuatro kilos.
En Aragón el pan siempre ha tenido un algo de sagrado. Si se daba una tajada de limosna a un mendigo, primero se besaba el pan y luego se entregaba. También se besaba la rebanada que se había caído al suelo al recogerla. El pan nunca se apoyaba en la mesa sobre la parte redonda o superior porque "sufría la Virgen".
El vino tenía otros rituales diferentes. Nunca se bebía hasta que lo hacía el que presidía la mesa. La medida en días ordinarios (no en un banquete) era clara: "un trago para la verdura y dos para la pizca". Esto, lógicamente no se tenía en cuenta en las comidas de "huéspedes", como tampoco se tasaba el trago. El ideal al beber en bota o porrón era de "siete buchadas y la boca llena".
Cuando se comía a rancho en el campo, el molino, etc. también había un moderador para la bebida. Cuando lo creía oportuno exclamaba: "¡trago!".
Todos dejaban la cuchara apoyada en la sartén común, bebían por turno y no volvían a coger el cubierto hasta que todos habían libado.
Una superstición muy extendida es que no se debe dejar el porrón sobre la mesa de forma que el pitorro o pico apunte a algún comensal porque es malo para él.
Es señal de buena suerte y alegría si se derrama involuntariamente la sal o el vino
A partir de esa ocasión, pues, Urbez podría entrar en casa para cortejar.


martes, 16 de octubre de 2012

De ronda

Desde que había entrado en "el gasto" sentía unas ganas enormes de ser mayor. Me miraba al espejo para ver si ya atisbaba el vello sobre mi labio superior. Pero nada. Me habían asegurado que untándome con corteza de tocino me saldría pronto bigote, pero ni por ésas.
De momento, pues, me tenía que conformar con ser de los pequeños entre los mayores y caía perfectamente en la cuenta de que nadie me hacía caso en el baile. Todo lo más alguna broma cariñosa que, sin embargo, tenía la facultad de irritarme.
Para el buen tiempo el baile tenía lugar en la plaza y "los entrantes" éramos los encargados de tener el suelo bien limpio. A eso se reducía nuestra presencia. A lo mejor veías a dos chicas de nuestra edad formando pareja en el baile pero pretendías bailar con una de ellas, te hacía un mohín de desprecio y seguía bailando con la otra chica.
No nos valía ni siquiera el derecho de "robar la moza" que tenían los mayores: estaba una pareja bailando, se acercaba un mozo, pedía permiso al bailador y sin esperar su respuesta se ponía a danzar con la moza. El otro se retiraba sin más. Cuando se bailaba la jota, que era al final de la velada, el "robador" se colaba en medio de una pareja y continuaba él bailando a la chica.
El “Robar la moza” era costumbre admitida en todo Aragón. Sin embargo he podido detectar un personaje curioso en la zona de la Sotonera: “El bastonero”
Su nombre se puede presumir de donde le venía. Era una especie de alguacil o guardián del baile. Su misión consistía en impedir el derecho de robar la moza mientras hubiera chicas en el baile a las que nadie hubiese sacado a bailar.
Solicitar un baile se decía “embrecar”. Así, cuando un mozo quería bailar con una moza le decía: ”Yo t´embreco”, y ella contestaba: -“A yo m´en doi por embrecata ta ista y altra begata”.
En este estado de ánimo que me embargaba por entonces se puede suponer la alegría que me produjo Tomás, un mozo de mi calle cuando me dijo que si quería aquella noche podía salir a rondar con su pandilla.
-Te advierto que puede haber palos.
Comprendí la intención de su invitación. Había oído comentar que a una zagala de la carrera Altera la buscaban uno del barrio Baxo y uno de su propia calle. Ella no se había pronunciado por ninguno de los dos, así es que seguro que aquella noche la rondarían los del Barrio Alto y los del Barrio Bajo.
 
Como coincidieran las dos rondallas a la vez debajo de su balcón, seguro que habría madera. Yo estaba, pues, para hacer número.
Pero me sentía importante, pues me consideraba importante pensando, que a lo mejor dejaba de ser de los que barrían la plaza para el baile y ser considerado por las mozas.
Hacía dos semanas que todo se mascaba en el ambiente, desde que sorprendieron a uno de ellos tirándole a la moza unas piedretas a los cristales, que era un modo corriente de declaración. Ya lo explicaba la conocidísima copla:
“Ya se van los quintos, madre,
ya se va mi corazón;
ya se va el que me tiraba
piedrecicas al balcón”.
Cuando nos reunimos aquella noche de sábado, después de cenar, para comenzar la ronda; noté que todos escondían con disimulo algún garrote. Todos menos yo.
La rondalla nuestra era sencilla: dos guitarras, un laúd y un requinto. Pero sin embargo teníamos a Cherardo que era el mejor cantador de la redolada, por su voz, su estilo y su capacidad de improvisar coplas.
-Aquí tengo la lista de las mozas que hay que rondar dijo Tomás-. Por si acaso tengo señaladas con una cruz las que han masado esta semana.
Naturalmente, si había amasado pan, seguro que habrían hecho tortas como solían todas las casas con mocicas solteras.
Siempre se rondaba a todas las zagalas. Era obligado. La mayoría de las veces las coplas eran conocidas, de circunstancias y no tenían otra intención que la mera galantería que se debía a la moza.
 
- María sé que te llamas
tu apellido no lo sé,
pon un letrero en la puerta
mañana lo leeré.
 
A tu puerta hemos llegado
veinticinco de cuadrilla,
si quieres que te rondemos
saca veinticinco sillas.
 
La cosa se animaba al llegar a alguna casa con circunstancias especiales. En casa Cortés, la moza había dado calabaza no hacía mucho a un zagal. Había sentado muy mal entre la juventud del pueblo ya que se trataba de un mozo muy popular.
Antiguamente, cuando se hacía la petición de mano, era costumbre invitar a los solicitantes con alguna pasta con vino o, según la hora, convidándoles cenar. Y en el menú, mejor o peor se manifestaba la voluntad de los padres de la novia. La negativa no solía hacerse abiertamente por delicadeza.
La señal más corriente era darles de primer plato verdura con patata, que era tenido como pobretón. Si además se añadían unos trozos de calabaza, su mensaje era claro: no se admitía el noviazgo ni la boda. De allí la expresión "dar calabazas”.
 
La chica no debía de esperar ronda. Por supuesto, no habían amasado tortas. Mejor, ya que nos imaginábamos que no estaba el horno para bollos y menos aún cuando la jota rasgó el silencio de la noche, tras la entrada de guitarras y laúdes:
Camisas te estás haciendo
con telas de las mejores.
Hazte todo lo que quieras,
todo... menos ilusiones.
Nos íbamos acercando a la calle Recta. Era el terreno de nadie y allí vivía la moza de la discordia. En la misma entrada de la calle, junto a la Cruz, Cherardo improvisó una canta. Iba dedicada a todas las chicas y con segunda intención dirigida a los barrioalteros. Por si podía quedar alguna duda, eligió el estilo de "la fiera", el más retador de todos:
Las mocicas de esta calle
ya saben bien lo que quieren:
buscan buenos cantadores
serenos y que no reblen.
Dos balcones se abrieron casi a la vez para dejar descolgar sendos capazos con tortas de anís y botellas de vino. Se ve que las chicas barruntaban el ambiente cargado y no querían bajar al patio para hacer personalmente el obsequio a los rondadores.
En éstas estábamos cuando por el otro extremo de la calle se oyó a la otra rondalla. También interpretaron su copla, esta vez con estilo "rondador" sin más. La letra no la pudimos distinguir. Casi era peor porque la imaginación podía urdirla a su gusto. Se podía suponer que los otros amenazaban. Por eso, cuando se hizo de nuevo el silencio, la voz de Cherardo se elevó clara, bravía, amenazadora:
Paso, que llega mi ronda
y es la dueña de la noche
cuando las guitarras callen
hablarán nuestros garrotes.
Y ahora sí, mucho más cerca, se pudo escuchar la contestación de la otra ronda, que desde luego no se amilanaba:
Los garrotes callarán
y callarán las guitarras
que esta noche van a hablar
los cuchillos y navajas.
El picadillo había subido de tono y ya eran inútiles las palabras.
Las jotas de picadillo han sido de lo más típico y sabroso en nuestro cante. El picadillo era veces diálogo entre mozo y moza y así se ha popularizado.
Pero inicialmente fueron rondalla contra rondalla. Es verdad que las más de las veces la sangre no llegaba al río y se contentaban con esos alardes bravucones y la inspiración que se plasmaba en las coplas alusivas. Sin embargo, no es menos cierto que a veces también terminaban los insultos como "el rosario de la aurora".
 
A mí me impresionó lo de los cuchillos y navajas porque con eso no había contado y con disimulo iba buscando el amparo de Tomás.
Pero la cosa terminó como menos esperábamos, aunque bien podía presumirse, ya que el ambiente cargado de los días pasados había trascendido a todo el pueblo. Las dos rondallas se iban acercando despacio, espiando los movimientos de sus contrarios, cuando de pronto, del patio de una casa, salió el alguacil con un farol en la mano. Detrás de él iba nada menos que el alcalde y a continuación una pareja de la Guardia Civil.
Yo creo que en el fondo, todos agradecimos su presencia.
La primera autoridad dijo con tono tajante y definitivo:
-Ahora a dormir todos. Por esta noche ha terminado la ronda.
Comprendimos que no había nada que hacer y cada rondalla se volvió por donde vino y comentando todos entre sí lo que hubieran hecho con sus adversarios de no haberlo impedido el alcalde y la Benemérita.


viernes, 28 de septiembre de 2012

La Sanmiguelada

San Miguel, fue erigido patrón de las localidades donde convivían cristianos, moriscos y judíos, hasta la expulsión de nuestro país de estos dos últimos, ya que el arcángel aparece en los libros de las tres comunidades. El Santo tiene dedicadas diversas ermitas y parroquias en todo Aragón.
Para San Miguel Arcángel (29 de septiembre) terminaba el ciclo agrícola o el año laboral y, así, los jornaleros finalizaban el contrato con sus amos o lo renovaban por un año más. Era la "sanmiguelada", fecha en la que se ajustaban las cuentas del año y se decidían para el siguiente.
Coincidía este día con el repaso de cuentas en las casas, con el ajuste de mozos y sirvientas, la renovación de médicos, farmacéuticos… era algo así como el balance de ingresos después de los gastos onerosos que imponía la recolección, entre fatigas, sudores y lágrimas…
Era el día de San Miguel, “revolvedor” en que la casa de labrador, asalariaba su servidumbre para el año próximo; firmaba el contrato de arriendo de sus domicilios o de sus tierras; vencían los pagaré, el préstamo o la hipoteca; y en dicho día se celebraba en muchos lugares, la feria de la servidumbre, a donde concurrían de casi todos los pueblos de la montaña y donde se celebraban ajustes y buscaban criados, como si se tratase de un mercado de ganado. Una feria de este tipo muy importante se daba en el lugar de Graus.
La llegada de San Miguel suponía un verdadero trasiego de gente joven de ambos sexos; servían en casas de labranza en los pueblos, y en la ciudad como doncellas, cocineras, o niñeras.
Los asalariados se vinculaban a las casas, por espacio de una añada, de sanmigalada a sanmigalada, que era la fecha crucial del calendario agrario y el hito temporal de renovación o rescisión de los contratos entre amos y jornaleros. En general esos contratos eran de carácter verbal, en los que la dieta de los jornaleros era muy importante, ya que ésta, se constituiría en uno de los factores de descontento de los jornaleros, ya que muchos de ellos se contrataban poco más que por la comida. La sociedad montañesa era eminentemente autárquica y la circulación del dinero estaba en estado muy embrionario. El refranero popular, hace gala de un enorme sentido irónico: “¡Ya van en menos las malas, que me quedan once meses y tres semanas!” Este axioma popular ha quedado como patrón definidor de las servidumbres sacrificadas. Estar hastiado del comportamiento del amo a la primera semana del contrato es harto significativo. La abstinencia de los jornaleros es un hecho muy divulgado por toda nuestra tierra. Dado el alto índice de testimonios orales, no podemos negar que la frugalidad no estaba exenta en la dieta alimentaria tradicional. El patrimonio y el gobierno doméstico tenía en la virtud del ahorro, una conducta de ejemplaridad. A veces la acción de ahorrar rayaba en la cicatería y en el egoísmo. Y de ello dejaron constancia los peones.
Eran también fechas de retorno de los pastores de las montañas para los que la climatología impedía continuar en los valles pirenaicos, y era el momento de regresar a la tierra baja, a los pastos de invernada. Este descenso se realizaba, en ocasiones, de forma escalonada. En Ansó, las ovejas subían a los puertos el 10 de julio y permanecían en ellos hasta el 29 de septiembre.


martes, 25 de septiembre de 2012

Redoladas

Los lugares de las redoladas siempre en nuestra tierra, han estado de greña. Aparte de los motes que se han regalado, las bromas, pesadas o suaves, como queramos denominarlas, en muchos lugares son recordadas como de si de una batalla de guerra, se tratara:
Es tradicional la sorna continua que hay entre Tardienta y Almudévar, aunque no sé cómo no la cortan los primeros, ya que siempre salen perdiendo. Será por aquello de la fama de brutos que llevan los segundos. El antiguo campo de fútbol de la Corona de Almudevar, ha presenciado centenares de encuentros, en el sentido más amplio de la palabra, entre los dos pueblos.
Bueno, lo de ese campo, también tenía su gracia. Recuerdo las casetas-vestuarios, con sus carteles respectivos: “Locales”, “visitantes”, “árbitros”. Pues bien, debajo de la palabra “árbitros”, alguien había añadido: “Heridos, 38. Muertos, 14, Desaparecidos, 24”
Este debía ser el primer gol psicológico al juez del encuentro (éste y la cercanía del canal, que se le recordaba muchas veces a lo largo del partido), porque lo cierto es que el Almudévar rara vez perdía en casa por entonces.
A resultas de uno de estos partidos, los de Tardienta llegaron una noche -con alevosía y nocturnidad, como se ve- y derribaron toda la flamante tapia de caña-pita que rodeaba el campo precisamente en vísperas de un encuentro con perspectivas de buena taquilla.
Los “saputos” (Almudevar), tragaron saliva, pero no dijeron nada. Esperaron pacientemente el momento oportuno que, según cuentan, se presentó el día en que iba a jugar en Tardienta, nada menos que la Unión Deportiva Huesca a beneficio de algo o alguien.
Pero el partido no se pudo jugar, después de vendidas las localidades con varios días de anticipación. Los saputos habían devuelto la “nocturnidad” acompañados de cinco tractores y -como suena-, les habían labrado el campo.
Almudebar
Esas bromas inocentes y no tan inocentes con que se obsequian de un pueblo a otro, parece que abundan en casi todo Aragón.
Cada pueblo pone de vuelta y media a sus vecinos resaltando sus defectos, reales o imaginarios. De ahí la cantidad de apodos y coplas con que se obsequian los unos a los otros.Los de Esposa -que no tenían molino- comentaban a propósito de otro pueblo: -“aquella tocina s'ha moríu de asco al ver o molino d'Aisa».
De un pueblecillo del Sobrarbe, me contaban en el pueblo de al lado, que eran tan espabilados, que cuando se recibió un impreso pidiendo datos de población, movimiento demográfico, clima, etc., no habían entendido esta palabra y habían contestado: -“En este Municipio no tenemos clima, pero si es preciso encargaremos uno a Barbastro”
Ellos me lo desmintieron y a su vez me contaron de los otros, que recibieron un oficio anunciando una posible convulsión sísmica y que intentasen localizar el epicentro, a lo que contestaron al cabo de tres días: -“Localizado y detenido Epicentro y nueve sospechosos más”
Más tarde me enteré de que era el mismo secretario el que atendía a los dos pueblos.
A veces los insultos se reparten a pares. El recurso de la rima se aprovecha con muchísima frecuencia para incordiar a los vecinos:
Ontiñena, tripa llena, si no de pan, de arena.
Albalatillo en cada casa un pillo.
Almuniente, buen pueblo, pero mala gente.
No siempre se meten con los habitantes, que muchas veces no tienen la culpa de su geografía, sino con el pueblo con auténtico desprecio del lugar: -“Serraduy, el diaplle s'en fui”. O bien: -“Tella, Tella, iDios me libre de ella!”
Cuanto más vecinos, más pedradas. Me acuerdo ahora de una anécdota ocurrida hace algunos años entre los vecinos de Lascellas y los de Ponzano.
Siempre estaban de picadillo. Y uno de los motivos era, a ver cuál de ellos plantaba un mallo mayor en la plaza del pueblo para la Pascua. Los de Lascellas pusieron uno, capaz de impresionar a cualquiera que no fuera de Ponzano, y además lo pintaron primorosamente.
Tres mocetones de Ponzano se fueron sigilosamente por la noche, se lo arrancaron y se lo llevaron para su pueblo. Luego aún les cantaban: -“El mallito de Lascellas, pintaron de colorete; y en la plaza de Ponzano, se divierten lo mocetes”.
Y aseguran que lo habían advertido, que el día de antes, clavaron en el mallo un papeler que decía en verso: -“Estate quieto, madero, te han de venir a buscar, Mariano, Bosque y Albero”.
Los comentarios duraron años. En Ponzano tienen una fuente muy raquítica y en cambio en Lascellas están la mar de ufanos de su estupenda y abundante fuente. Y esto me obliga a otra digresión, y a perdonar si incomodo.
Resulta que no tenían nada o muy poco de agua, cuando se presentó un buen día un peregrino, con acento francés, a quien acompañaba un perrico. Se trataba nada menos que de San Antonio Abad, que venía entonces de Ponzano. Allí había pedido San Antón de beber, cosa que llevaron muy a mal los vecinos, creyendo que los insultaba por su escasez y lo echaron a cajas destempladas del pueblo.
Llegó a Lascellas y pidió agua y por supuesto le dieron, aunque tenían el mismo problema que en Ponzano. –“Aunque fuera vino”, le dijeron. La fuente empezó entonces a manar con fuerza. El Santo les aseguró:
-En aquel pueblo nunca tendrán agua. Aquí nunca os faltará.
-¿Y cómo lo sabe usted?, le preguntaron.
-¿Veis este animal?
-Sí, un perrico muy majo.
-No es perro, que es un cerdo.
Efectivamente, el perrico se había convertido en tocino y así lo representa por todas estas tierras la iconografía de San Antón.
Con motivo del robo del mallo de Lascellas, las mujeres de Ponzano les decían a sus vecinas:
-“¡Ay, si la fuente se volviera mallo…!”
Y hemos entrado en otro aspecto o capítulo del humor altoaragonés: el del picadillo de pueblo a pueblo…
Otro ratico seguiremos.

 


martes, 18 de septiembre de 2012

El baile de la tarántula

Que la medicina popular hoy nos puede sorprender, no cabe ninguna duda. Que actualmente esas maneras de curar, para muchos de nosotros no son creíbles, también. Aunque yo, nunca entraré a valorar su efectividad. Muchas de las historias que os cuento, he tenido la suerte de presenciarlas, y… en muchas ocasiones, he quedado tan sorprendido, que solamente me atrevo a contároslas, y vosotros podéis crearos vuestra propia opinión.
La medicina popular aragonesa guarda sorpresas increíbles. Y estos remedios han sido -en muchos casos siguen siéndolo- el evangelio. Así, como suena. En bastantes casas de la Montaña guardan celosamente y oculto a las personas de fuera de la familia un “libré” con estos remedios escritos, a manera de “prontuario” para poderlo utilizar en cualquier emergencia.
Y hoy, quiero hablaros de uno de esos remedios. La picadura de la tarántula o “alacrán”.
La zona de Monegros, ya se sabe, es terreno de tarántulas. El señor Beturian me describe a la peligrosa: “No es ésa que se esconde por los agujeros y tiene unos ojos brillantes, no. Es la otra que tiene el cuerpo negro y redondo como una oliva. Esa no tiene cado y ésa es la mala”. Sin embargo la canción debe aludir a la primera, que no hay manera de cazar:
“La tarántula es un bicho muy malo
no se mata con piedra ni palo...”
Alguien me comentó: “…hace un par de años le mordió una a un hombre de Capdesaso, pero vino el médico, le clavó un par de inyecciones y listo”.
Antes no. La curación de “fizadura” (picedura) de alimaña era todo un ritual. Ya se sabe que tenemos además otros animales venenosos y bien que lo aclara el refranero:
“Si te fiza un bibora, no vivirás ni una hora.
Si te fiza un alacrán ya no comerás más pan.”
La pista de los ceremoniales de picadura de tarántula nos ha llevado a Sariñena y allí se curaba a base de música. Su picadura sólo se podía curar con guitarra o instrumento similar acompañado a coplas y canciones.
Cuando salía una de una fajina -generalmente- al recoger la garba y “fizaba” a uno lo llevaban corriendo a su casa y se le metía en la cama con tres o cuatro mantas encima. Se sacaban brasas del hogar y se cargaban bien dos o tres braseros. Las plañideras, enlutadas, comenzaban con sus ayes lastimeros.
Mientras, en la alcoba de al lado se comenzaba una juerga por todo lo alto. Se tañía, se cantaba, se bebía vino, se volvía a cantar y tocar sin parar y sin hacer caso de los gritos del enfermo ni de los quejidos de las plañideras. Al cabo de varias horas de este tratamiento -y sobre todo si el enfermo colaboraba bailoteando dentro de la cama- la enfermedad remitía.
No acertamos con la explicación lógica. Tampoco lo pretendemos.
¿Tal vez se pueda traducir a un tratamiento masivo para provocar el sudor que elimine las toxinas?
Antonio Lasierra de Sariñena, me decía que la tarántula tiene como una especie de guitarra en la espalda. Y me decía también que mientras tocaban los músicos en casa del enfermo, la tarántula en el campo también bailaba y cuando se agotaba moría, curándose el enfermo.
¿Os extraña? Pues estas curaciones he tenido la suerte de presenciarlas en mi infancia…


miércoles, 5 de septiembre de 2012

De oficios: Los canteros

Tengo que retroceder a mis doce años, cuando ya me encontraba estudiando en los Salesianos de Huesca.
Repasaba yo mi cuadernico, pensando si podía añadir algún oficio que no se veía en el pueblo. Por ahora tenía recogidas observaciones sobre colchoneros, afiladores, ferreros, cañiceros, yeseros y carboneros. Veía que podía añadir estañadores, limpiabotas, vendedores ambulantes, serenos, carteros, guardias, pero ninguno me parecía tan interesante como los otros. Sin embargo, la ocasión me llegó cuando menos lo esperaba.
Era jueves y teníamos vacación por la tarde. Mi tia Rosario quería subir a la catedral, al Santo Cristo de los Milagros y me preguntó si la acompañaba y allá fuimos, pues. Ella llevaba un cirio y la mantilla. Ella tenía mucha devoción a ese Cristo de la capilla del Santísimo. Normalmente permanecía oculto por una cortina de terciopelo negro con bordados de plata y solamente se descubría algunos días. El Crucificado tenía una larga cabellera y la gente aseguraba que le crecía el pelo.
La catedral, como todas las catedrales del mundo, estaba en restauración. En el jardín del palacio episcopal habían improvisado un taller de cantería y se oía el martilleo de las piquetas.
A la salida de la iglesia le dije a la tía que me quedaba un rato para ver trabajar a los canteros si es que me lo permitían y me acerqué.
Un muchacho joven manejaba una especie de escoplo que luego supe que se llamaba el puntero. Con él pulía las esquinas de un sillar. Lo empuñaba con la mano izquierda que se cerraba sobre él, con el dorso hacia arriba y apoyada la muñeca para frenar y controlar el golpe de la maceta que manejaba con la otra mano.
Más allá, un señor mayor trabajaba otro sillar. Utilizaba una especie de martillo, pero con la cabeza intercambiable. Ese extremo que era el que golpeaba la piedra no era liso: tenía unas puntas alineadas en forma de cuadrícula. El hombre me miró de reojo y se paró un momento creyendo que quería hablar con él. Aproveché la ocasión para preguntarle cómo llamaban a ese martillo.
-Es la bujarda. Al golpear la piedra te va haciendo unos agujeritos regulares, un granulado.
-Por lo que veo, se puede cambiar el cabezal.
-Sí, según como quieras hacer la cuadrícula, más espesa o más clara; ésta es del siete; hay también del nueve y aquélla es del once. Se sujetan con este pasador. ¿Y por qué quieres saber tantas cosas?
-Yo quiero saberlo todo.
Soltó una sonora carcajada, pero me pareció que me miraba con simpatía.
-Eso nos pasa a todos. Pero es imposible. Sólo este oficio se tarda muchos años en aprenderlo. Es muy bonito.
Acarició la piedra con cariño y empezó a hablar como consigo mismo:
- La piedra es un ser vivo. Sí, tiene vida. Eso no lo sabe la gente ni los libros, pero en cuanto la arrancas de la cantera empieza a envejecer y endurecerse. Dicen que las rocas crecen: hasta un centímetro cada cien años. Por eso una piedra recién cortada es más amorosa, se deja trabajar..., pero si tardas un par de años, ya es mucho más complicado: la herramienta ya no va por donde tú quieres...
Contemplaba el sillar que tenía delante. Luego volvió los ojos hacia mí y continuó:
- La piedra vive. Y también enferma; es cuando le entra esa especie de carcoma que la deja como una esponja, como un leño podrido.
- Aquí hay mucha piedra enferma, ¿verdad? Por detrás de la catedral pasas la mano por una piedra y te llevas arena entre los dedos.
- Precisamente esa piedra se llama de arena. Los canteros trabajamos tres clases de roca: la de arena, la caliza y -con menos frecuencia- el granito. Ésta es caliza y puede ser de dos tipos: ésta que la llamamos negra y hay otra que le decimos puebla y que es más blanquiñosa.
- ¿También trabaja con hacha? -pregunté al observar una especie de astral doble, con dos extremos cortantes-. Ésa se parece a las hachas que llevan los romanos en Semana Santa.
- Sí, parece un astral. Se llama el tallante. Es la herramienta más preciosa del cantero.
Tiene un corte limpio y otro dentado. En realidad es el instrumento más antiguo en cantería y hay pruebas de que ya lo utilizaban los romanos. Nosotros lo empleamos cuando queremos darle a la piedra un aspecto de antigüedad, puesto que la deja con mellas desiguales, como sin acabar de pulir.
-¿Y ésas son ya todas las herramientas?
-También usamos el pico y el martillo. Y para sacar las piedras de la cantera, las cuñas y los barrones. Apenas se emplean los barrenos que rajan la roca por los sitios más imprevisibles y no permiten sacar entera la madre. La madre es el bloque entero, separada de otra madre por una franja de tierra. Las buenas alcanzan hasta veinte toneladas.
-¿Y cuánto se tarda en hacer un sillar?
-Con los métodos modernos, en tres o cuatro horas ya está listo para la obra.
Antiguamente duraba mucha más, hasta varios días de trabajo minucioso. Y por eso el tallista firmaba sus sillares con unos signos que se llaman de masonería. Cada uno tenía su propia señal.
Me daba apuro preguntar más, aunque admiraba la paciencia que tenía con un crío.
Daba la impresión de que disfrutaba hablando del tema y que además el tiempo no contaba. Trabajaba con lentitud y precisión como consciente de que era para la eternidad.
Le di las gracias y me fui hacia casa. Antes, me senté en un banco de la plaza y saqué mi libretica para anotar los términos que me eran nuevos, para que no se me olvidasen.
Lo que más me había impresionado es lo de que la piedra es un ser vivo. Y algo parecido me dijo de la arcilla un alfarero, como contaré otro día.


viernes, 10 de agosto de 2012

Personajes anónimos

Entre Huesca y Ayerbe han pasado por la historia pocos personajes tan famosos como Cachucha de Plasencia.
Si vais a Ayerbe y tenéis un ratico, deteneros en Plasencia del Monte. Ya no está la famosa balsa de antaño, la que dio su apodo de raneros a sus habitantes. Bueno, a falta de agua, echaras un buen trago de vino y sacad a conversación el nombre de Marianer y os aseguro que pasaréis un buen rato. Que os cuenten sus bromas y, mejor aún, sus salidas.
Ya murió hace unos cuantos años, Por los setenta. Le decía a su amigo, el señor Jesús de Ena, que no le gustaría morir sin haber estado en Zaragoza, y mira por donde fue a morir aquí.
Parece que lo barruntaba cuando se despedía de su amigo (se había quedado ciego, pera no había perdido su buen humor):
-Adiós, Jesús, que m'en voy ta Zaragoza, que m'han dicho que allí estaré mejor qu'os peces en o rastojo.
Aquí paró de correr. Que ya había corrido por su lugar... Bueno, él decía que llegaba a Huesca con dos pedaladas de bicicleta: con la primera... hasta Castejón, y la segunda “con cuidiau” que si no, se zampaba o Coso.
Y no era presumido. Si acaso presumía, era de mujer. Decía que la suya era guapísima, que lo único feo era la cara y el tipo. Y si le pinchabas, te contaba cómo conoció a su mujer, que la fue a buscar a Sarsa y se trajo la “mochuela”. Y conste que a los de Sarsamarcuello no los llaman “mochuelos” porque tengan los ojos saltones o algo así, si no por lo espabilaus.

Cachucha llegó a Sarsa. En el lavadero, a la entrada del pueblo, que antiguamente suplía las oficinas de información, se enteró si había mozas casaderas, que é! ya se estaba haciendo mayor y andaba soltero.
-Sí, señor: Pregunte en casa de Alagona, que allí hay dos o tres solteras.
Llama a la puerta. Habla con el amo y le expone su problema. Al padre de las mozas le parece bien, y mientras hablaban, sale una de ellas, que parecía una florecica de guapa y bien plantada. Y Marianer:
-Si es ésta, m'alegro mucho, que es bastante guallarda.
-No, la que se va a casar es otra. (Y sale la otra bastante fea.) Cachucha sugiere:
-¿No sería mejor con la otra?
Y el padre:
-No, que mi abuelo me dio un buen consejo. Siempre me decía: “cuando vayas a vender tocinos, mira de sacarte los malos, que los buenos ya vendrán a buscarlos a casa”.
Esa fue la única vez que Marianer Susín -Cachucha- no se salió con la suya.
Por ejemplo, dicen que siempre que viajaba lo hacía comodísimo, aun en aquellos tiempos en que a la gente le daba por ir en tren (que había valor para todo) y el sesenta y cinco por ciento de ellos, por supuesto, de pie por los pasillos o confortablemente instalados sobre su maleta de madera en la plataforma.
-Que no tendrás asiento, Marianer, le insistía su amigo Jesús de Ena.
-Ya lo verás, ya lo verás. Y tú apréndete el truco.
Distribuyendo “perdones” y “lo siento” a todos los del compartimento, se hacía una esquinica como podía, entre las protestas con sordina de los afortunados que llegaron antes.
A continuación empezaba a rascarse por todos los rincones de su geografía anatómica, terminando con el gesto inconfundible de cazar un piojo de su pelambrera y aplastarlo cuidadosamente entre las uñas de sus pulgares. No fallaba. A los pocos minutos la gente iba abandonando el compartimento, dejándole en señor absoluto de la situación, para poderse comer en paz su tortilla de patata y hasta echar su siestecica.
En los bares de Ayerbe, supongo que todos lo recuerdan.
Plasencia del Monte (Huesca)
Un año para las fiestas se juntaron cinco o seis “raneros” en casa Ovejero. Todos querían pagar la consumición, como suele pasar en esos casos, sin parar de porfiar. Cachucha intervino con su solución:

-Vamos a hacer una cosa. Yo le voy a vendar los ojos al camarero y al que coja, lo paga todo.
Dicho y hecho. Cuando le tapó los ojos al zagal, hizo señas a sus amigos para que salieran en silencio y allí se queda el buen camarero tentando paredes y derribando sillas en busca del pagano. Al ruido entra el amo del bar. El camarero lo agarra todo alborozado:
-iTú lo pagas todo!
-Ya me lo pensaba yo, comentaba el dueño del bar, que he visto salir a Cachucha todo cutio con cinco o seis más...
Pero la mazada buena de Marianer fue involuntaria, aquella noche bastante oscura en que había bebido más de la cuenta y marchaba solo para casa. Le entraron ganas de orinar y no se le ocurrió cosa mejor que hacerlo en la fuente de la plaza, que estaba desierta a aquellas horas. Allí se fue y allí se estuvo el hombre meando toda la noche, hasta que se hizo de día, porque como oía el chorrico del surtidor de la fuente...
Recuerdo lo mejor que me contaban de él. “Nunca corría. ¡Pero el campo lo tenía apañau, como ninguno!”
Que la ociosidad sea la madre de todos los vicios, está ya muy dicho, aunque no sé si está tan probado, ya que una fuente inagotable de salidas requiere el sosiego que nuestra civilización de las prisas y el dinamismo ha perdido para siempre.
Dichosas prisas; nada podemos hacer con calma. Cuando de crío estando a la mesa dejaba yo los cubiertos sobre ella, mi abuela me reprendía:
-Mialo, como o sastre d'o lugarón, que para hablar se quitaba el dedal.
Todavía sigo envidiando yo al sastre del lugarón; y a mi abuela, que tanta sabiduría popular había ido almacenando durante años y años. A ver si me vaga un día y me pongo a contar más cosetas de ella.