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jueves, 15 de mayo de 2014

Chuegos “Juegos”

Cuando recuerdas tu infancia, sueles acompañarla de los lugares transitados en esos primeros años. Cuando uno regresa al lugar donde empezó su vida, reconoce las piedras, los árboles, la plaza, las calles, el barranco, la fuente, el río, el pozo, el abrevadero… todos esos lugares eran donde corrimos y jugamos en aquellos años infantiles. No pueden decir lo mismo otros que cuando llegan a sus raíces, encuentran solo agua. Un pantano se llevó todos sus recuerdos.
Nadie tiene derecho de borrar la historia de una sola persona por hacer una presa. Pero esto es otro tema. Estoy hablando de juegos.
Los paisajes de tu lugar, son disparadores de la imaginación, y a la vez reafirmadores de una identidad, la de la infancia, que suele acompañar a uno durante toda su vida.
Cuando hoy a un pequeño le pretendes enseñar cualquier juego de los que nosotros empleábamos, te pregunta donde esta el mando a distancia para realizarlo. Para jugar no hacen falta tantas cosas. Solo imaginación. Y esta si que la practicábamos.
El reino vegetal, silencioso pero vivo, ofrecía a nuestros ojos infantiles, grandes posibilidades de diversión.
La trepa de los árboles era una actividad que realizábamos con frecuencia, haciendo competiciones para ver quien era capaz de subir  a los árboles más altos o a aquellos que ofrecían más dificultad por tener el tronco liso o por tener las primeras ramas muy altas.
Por supuesto, que si se trataba de árboles frutales, nuestra capacidad de ascensión y la velocidad con que lo hacíamos, aumentaba considerablemente. Por las noches, y en el tiempo que maduraba la fruta, solíamos realizar frecuentes visitas a los huertos en los que sabíamos que había material de alimento para darnos respetables atracones de cerezas, ciruelas, claudias, melocotones… No menos cierto que algunas de estas excursiones nocturnas, terminaban con algún mediano cólico o una buena diarrea.
Las flores, hierbas y frutos fueron siempre compañeros callados de juego. La llegada de la primavera era siempre un acontecimiento notable por la transformación que sufría el entorno natural que nos rodeaba.
Con las margaritas jugábamos a deshojarlas en un interminable “sí” o “no”, para ver si nos quería la niña de nuestros sueños. Recuerdo a Izarbe lo pesada que se ponía conmigo con deshojar margaritas. A mí era una niña que me resultaba empalagosa. Y además, si siempre le salía “no”…
Con los capullos de “ababols” (amapolas), que cuando abundaban en un campo no auguraban una buena cosecha, jugábamos a “flaire u monja”. Cuando la flor se hallaba todavía encerrada en las hojas verdes del cáliz, era de color blanco o levemente rosado o bien royo, según el estado de crecimiento en que se encontrase. Cogíamos uno de los capullos y preguntábamos a un compañero:
-¿Flaire u monja? El interrogado debía responder una cosa o la otra. A continuación, se procedía a abrir el capullo. Si salía blanco o rosa, la respuesta era monja. Si salía royo, flaire.
A los frutos del rosal silvestre, les llamábamos “tapaculos”. Teníamos prohibido comerlos, pues su nombre ya sugería, que si los ingeríamos, ya no podríamos defecar más y eso eran palabras mayores. Creo que respetábamos a raja tabla la prohibición. Los utilizábamos como cebo en algunas trampas para pájaros y para extraer la pelusilla interior y ponerla en la espalda de algún amiguico para que le picara un rato. ¡Siempre con buenas ideas!
"Tapaculos"
 
Uno recuerda una planta, cuya flor, tiene un cáliz muy desarrollado del que salen los pétalos blancos. Arrancábamos dicha flor y tomada por la base, la golpeábamos contra el reverso de nuestra mano, produciendo un pequeño estallido. Era por ese ruido por el que las llamábamos “tirapedos”.
En primavera también, nos comíamos los pétalos de las acacias. Era lo que llamábamos “el pan de los pobres”.
Las chordigas (ortigas) producían un fuerte escozor en aquella parte del cuerpo con la que entraban en contacto, debido a sus pelillos irritantes. En ocasiones, rozaban nuestras desnudas piernas involuntariamente y no parábamos de rascarnos. En otras, se las pasábamos suavemente por los brazos y piernas a algún compañero descuidado y en muchas ocasiones encorríamos a las zagalas con un manullo de chordigas.
Con la cebadilla silvestre (las espiguetas), jugábamos a meterlas por debajo de la manga de nuestras camisas y jerséis para luego ir frotando suavemente y comprobar cómo iban ascendiendo brazo arriba. También las utilizábamos para lanzarlas contra otros, con el fin de que se quedaran agarradas en el jersei, en el pelo… Alguno, buscando el más difícil todavía, se las llegaba a poner en la boca y a punto de ahogarse, pues la espigueta  ascendía con rapidez hacia la garganta.
Otra de nuestras aficiones era la de tirarnos “cachorros” (en castellano se llaman lampazo o bardana) unos contra otros. Primero nos aprovisionábamos bien en las cacharreras que crecían en márgenes de huertos, eras… para, a continuación, establecer batallas de todos contra todos, lanzando “cachorros” a la ropa o a la cabeza. De la ropa aún se podían sacar con paciencia, pero del pelo era más complicado y más de uno tenía que tirar de tijera para conseguirlo.
Como podéis ver, no necesitábamos ingenios electrónicos para divertirnos.


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