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lunes, 7 de enero de 2013

La boda: “el yugo” y el “si”

Recuerdo una costumbre que ahora se ha perdido. Durante la misa de velaciones, los novios, arrodillados, recibían lo que llamábamos el yugo. Era una especie de toalla alargada que cubría la cabeza de la novia y los hombros del novio. Digo yo si se llamará "misa de velaciones" por ese motivo, ya que en muchos sitios la tal toallita era un velo. Quise saber la razón de ese rito y la abuela me dijo que simbolizaba el caminar por la vida que ya siempre harían juntos los nuevos esposos; pero luego he oído otras explicaciones.
Algunos aseguran que el yugo recuerda la capa con la que se envolvía la cabeza de la novia cuando era raptada simbólicamente. Del mismo hecho se conserva todavía el simbolismo de tomar el novio en brazos a la novia para entrar en casa. Otros piensan que su finalidad era ocultar a la novia de la vista de los malos espíritus durante la ceremonia. Y no falta quien asegura que representa la ideología patriarcal de sometimiento de la mujer al marido ya que a éste le rozaba el yugo la espalda, mientras que la esposa era prácticamente cubierta por él.
La ofrenda mutua en el matrimonio forma parte de numerosas culturas. Así como la sumisión posterior de la mujer al marido.
Por citar una cultura que convive entre nosotros aludiré a dos ritos curiosos ya desaparecidos:
Cuando una mujer estaba enamorada fabricaba una torta en la que hacía una marca especial y la dejaba a la puerta del domicilio del hombre que pretendía; si él la recogía era señal de que aceptaba a la mujer y no le era permitido volverse atrás. Era pues la mujer quien elegía.
Pero luego ponía las cosas en su sitio el rito del rapto, por supuesto fingido: en un día determinado y puestos de acuerdo los dos novios, el joven, acompañado de dos o tres de sus parientes iba a casa de la novia. A una señal convenida, la prometida abría la ventana y se arrojaba sobre una manta que sostenían los parientes del novio. Los raptores huían mientras los padres y familia de la novia imprecaba y maldecía fingiendo oposición.
Comentábamos como cuando marchaban a la iglesia, en algunos lugares, los amigos del novio, entraban en el patio de la casa de la novia, y recogían allí a la novia para llevarla a la iglesia. Esta iniciativa partía de lejanas costumbres como el rapto de la mujer.
Pero entre nosotros había otra costumbre curiosa. "Al acercarse los novios al presbiterio para ser cubiertos con el paño y unidos por la estola, en algunos pueblos, hace poco todavía, se les ponía delante un “escriño” o comedero de bueyes a cada uno de los contrayentes sin duda por aquello de dar más semejanza a este acto, al uncir los bueyes a la esteva".
Portapaz
Aunque no era domingo, en la misa dieron también la paz. Se hizo como siempre, con el "portapaz" que era una especie de medalla metálica grande y cuadrada que tenía en su reverso un asa. El celebrante la besaba, se la daba a besar a los monaguillos y ellos la pasaban por toda la iglesia para que todos hicieran lo mismo, mientras decían a cada uno "pax tecum" y la limpiaban con un pañico que llevaban sobre los hombros a modo de humeral.
Bueno, todo el mundo sabe lo que es un casamiento y no voy a detallarlo. La gente estaba muy atenta para oír el sí de los novios, que se pronunciaba fuerte y claro. Algunos curas solían preguntar a los asistentes si lo habían oído bien y en caso contrario se lo hacían repetir.
En un pueblo de la Ribagorza que prefiero no nombrar era costumbre hacer repetir el sí a los novios porque "nunca" lo oían. Y dicen que un sacerdote ya viejecico, para evitar repetir la ceremonia hizo las preguntas tan fuerte, –y así las contestaciones- que se oyeron en el pueblo vecino. Al preguntar el celebrante a los asistentes si lo habían oído ellos, para no romper la tradición, dijeron que no.
En el momento en que se pronunciaron el sí, sonaron estruendosas las descargas de escopeta de los amigos de Urbez, en la plaza, a la puerta de la iglesia: así anunciaban al mundo -no al pueblo porque estaba todo allí- el nuevo matrimonio.
En algunos lugares, hace poco aún continuaba la tradición de las salvas fuera de la iglesia al dar el "sí". Antiguamente se hacía con trabucazos, en tiempos más recientes, con cohetes. También se hacía en la Ribagorza, y cuantos más trabucazos, más importante era la boda. Lo malo es que todos querían ser muy importantes...
Por el Sobrarbe, al primer tiraban un trabucazo en la puerta de la iglesia; al siguiente, otro: señal de que ya estaban casados.
En Gistaín, las salvas se disparaban por la noche, la víspera de la boda.
Los ojos de todos, naturalmente, estaban clavados en los novios. Todos atendían a los más mínimos detalles, mucho más que a las oraciones o la homilía del cura. Y es que había unas creencias curiosísimas:
Y una de ellas, era que la novia tenía que llorar. Dice el refrán: “la que no llora cuando se casa, llora después de casada”.
Pero son tantas las creencias que sobre el casamiento existían, que necesitaremos otro rato para comentarlas…


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